29 feb. 2012

Rico de lo que dio, y en su ruina tan puro

El último verso de la segunda de las Elegías de Bierville, de Carles Riba, lleva tiempo rondándome por la cabeza y últimamente más aun. Tal vez no sea necesario buscar motivos de actualidad para recordar a los grandes clásicos, aunque haya. La visita del poeta en verano de 1927 a las ruinas del templo de Poseidón en el cabo Súnion, cerca de Atenas, también le retornó poderosamente a la memoria al hallarse en
el exilio francés el año 1939. En aquellas circunstancias escribió esta célebre y bellísima elegía (en traducción de Alfonso Costafreda):

¡Súnion! Te evocaré desde lejos con un grito de alegría,

a ti y a tu sol leal, rey de la mar y del viento:

por tu recuerdo, que me yergue feliz de sal exaltada,

con tu absoluto mármol, noble y antiguo yo como él.
¡
Templo mutilado, desdeñoso de las otras columnas

que en el fondo de tu salto, bajo la ola riente,

duermen la eternidad! Tú velas, blanco en la altura,

por el marinero, que por ti ve bien dirigido su rumbo;

por el ebrio de tu nombre, que a través del desnudo monte bajo

va a buscarte, extremo como la certeza de los dioses;

por el exiliado que entre arboledas sombrías te vislumbra

súbitamente ¡oh preciso, oh fantasmal! y conoce

por tu fuerza la fuerza que le salva de los golpes de azar,

rico de lo que dio, y en su ruina tan puro.

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