14 feb. 2012

Venga, celebremos el día de San Valentín

Hoy, celebración de San Valentín, he recordado de repente un fragmento de mi dietario Alguns rastres marcats a la neu (La Magrana 2007) que habla precisamente de eso: “Cada vez me sorprende más la frecuencia con que novelas y películas giran alrededor del triunfo del amor, en una proporción poco ajustada a la realidad, tal vez como efecto compensatorio y evasivo, como utilidad pavloviana de la ficción. Resulta muy difícil abrir una novela o entrar en una sala de cine
sin encajar una historia de amor que vence todas las dificultades y alcanza lo que parecía imposible o al menos improbable: la prodigiosa sencillez de poder amar y ser amado con un mínimo de serenidad y de futuro.
Dicen que el amor es inventarse al otro y mejorarlo, dicen muchísimas cosas del amor. En una de las entrevistas concedidas en el momento de cumplir sus rumbosos cien años, Pepín Bello declaraba: "Lo mejor de la vida es el amor, la única cosa verdaderamente grande. El amor es distinto de la vida, es mejor". 
Sus palabras eran una forma elegante de apuntar la importancia de la cuestión sin desentrañarla en absoluto. La aportación de aquel estrecho colaborador de la Generación del 27 en la Residencia de Estudiantes madrileña (Lorca, Dalí, Buñuel, Alberti, Ochoa) fue precisamente la elegancia discreta con que capeó los cien años de aventura, sin dejar nunca de estar. 
En la vida real, entrar en la intimidad de otra persona y convivir con ella acciona a menudo un mecanismo de idealización que no acabo de entender y que desemboca con tremenda facilidad en la decepción. Soy partidario de enamorarse sin límites, pero el hecho no depende de la predisposición ni de las preferencias, sino de las oportunidades que reserva la azarosa fortuna. También depende del buen orden de los sentimientos de cada persona o, en sentido inverso, del desorden mental y sentimental que arrastre. La experiencia acumulada ayuda o bien altera, según el grado de digestión en que se halla. 
Llegados a un cierto nivel de madurez, encontrar un nivel de sintonía íntima con un congénere me parece prodigioso, en el sentido de altamente infrecuente. Cuando lo he encontrado he tendido a valorarlo, no a idealizarlo. No le he pedido la luna en un cesto, solamente que nos sintiéramos cómodos y afortunados mirando a la luna juntos, cada uno con sus ojos. 
Yo creo en los milagros, sin perder de vista la escasa frecuencia con que se producen. No les pido que sean fabulosos, tan solo milagros terrenales, inevitablemente imperfectos, magullados por algún defecto venial, algún chichón. El milagro del amor radica en la sintonía inesperada, comprobada y materializada, no en la insalvable distancia que lo separa del ideal. Otras personas prefieren ahogar su vida sentimental en los evasivos efluvios del ideal, por eso cuando los milagros se encarnan les niegan credibilidad. 
Yo creo en los milagros, más aun cuando se producen. Otros dejan de creer en ellos cuando se producen, como si perdiesen la gracia inalcanzable. En realidad no habían creído nunca, jugaban al engaño, a la complacencia de la confusión, al resentimiento orgánico, al bla-bla-bla”.

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