1 abr. 2012

La estupidez de las “fronteras naturales” (2)

El Estado francés tiene una neurona bloqueada de nacimiento, la del jacobinismo. La “identidad regional” es una noción ajena, por no decir contrapuesta, a los ideales fundacionales de la Revolución de 1789. Una de las primeras disposiciones de la Asamblea Constituyente fue en 1790 la estructuración del país en departamentos fuertemente sometidos al gobierno central, según la política defendida por los jacobinos en contra de los girondinos. De hecho, aquella decisión continuaba la política anterior de la odiada monarquía. En Francia el centralismo ha sido sucesivamente monárquico, revolucionario,
bonapartista y republicano, con una obstinación propia de aquella neurona bloqueada, de aquella ofuscación por crear una nación uniforme y no solo unitaria.
Debe admitirse que la política centralizadora de la Revolución Francesa implicó factores de progreso frente al feudalismo, las fuerzas reaccionarias, el atraso rural, el caciquismo. Era un centralismo modernizador, lo que no pueden decir otros Estados vecinos del sur. El Estado francés ahogó a las identidades regionales a través de una administración pública más igualitaria y eficaz, a través de la extensión de la escuela "laica, obligatoria y gratuita", y también de la guillotina lingüística uniformizadora. 
Ante aquel proceso histórico, la clase política rosellonesa, formada esencialmente por los alcaldes, ha destacado en general por su mediocridad. Se ha mostrado incapaz de manejar la principal riqueza de la región, que es el carácter de frontera terrestre más transitada del continente europeo. Se trata de una política atenazada por el pánico ante cualquier idea que, sin cuestionar la adhesión a la República francesa, pudiese parecerlo por el hecho de defender propuestas innovadoras. Los políticos roselloneses han adoptado la misma actitud que su burguesía rentista, asentada en una sólida y soñolienta placidez. Tal vez ha habido alguna excepción.



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