9 may. 2012

Venecia y los amores muertos

Nunca he encontrado la forma de entristecerme en Venecia ni se me ha ocurrido ambientar en ella ningún desengaño. La ciudad me ha impelido más bien a explorar la vida con la energía de su belleza, con la fuerza de su excepción. Me empacha la literatura decadentista que le ha caído, la llorera de los estetas, la musiquita de los mitos melancólicos. "Que c'est triste Venise au temps des amours mortes", cantaba Aznavour. A mi no me lo ha parecido nunca, ni siquiera cuando he paseado en ella mis amores muertos. Me
pregunto cómo se puede identificar con amores muertos un lugar que acoge a todo el mundo de entrada con una navegación majestuosa a lo largo del Canal Grande. ¿Dónde está la decadencia en esta ciudad sin ni un solo campo de ruinas? ¿Dónde ven el hundimiento, el spleen crepuscular, el apogeo de la nostalgia en un escenario capaz de ofrecer mañanas resplandecientes, mediodías deslumbrantes, tardes de plenitud, crepúsculos pictóricos y noches silenciosas como en ninguna otra parte, mientras se impacienta y brama el resto del mundo?
Yo tan solo he visto el espectáculo inagotable del curso de la vida, la curiosidad infinita del viajero conducido sobre las ondulaciones del agua por carrozas de motor o de remo. "Una ciudad mundo", dijo el historiador Fernand Braudel. Eso sí, una ciudad mundo.

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