19 jun. 2012

Una mirada oblicua a la Sagrada Familia

Nací y crecí a la sombra de la Sagrada Familia. Era la plaza a la que iba a jugar y a patinar en la pista de cemento. No me fijaba en el templo y, si en algún momento lo hacía, me parecía una mole horrorosa, incomprensible, capaz de despertar medio miedo con su presencia espectral. Ahora es aun más voluminosa y más incomprensible. El pasado año registró un 40 % de incremento de las legiones de turistas visitantes, con 3’2 millones de entradas vendidas y 31 millones de euros de ingresos por este concepto. Constituye el monumento o museo más visitado de toda
España. El recalentado barroquismo post-gaudiniano se ha convertido en nuestra Disneylandia particular. El año olímpico de 1992 contaba apenas 600.000 entradas, pero al parecer la visita del Papa en noviembre de 2010 y su proyección televisiva mundial dispararon el fenómeno. Los promotores calculan que con el actual ritmo de ingresos acabarán las obras entre el año 2026 y el 2028. Cuando la vuelvo a ver, muy de vez en cuando, me provoca aquel mismo desasosiego, el medio miedo de mi niñez, ahora más razonado y ampliado.

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