5 ago. 2012

El carácter fuerte de la violinista Oksana Solovieva, en vivo

Escuchar los matices cambiantes a cada interpretación en vivo de la misma obra es la superioridad de la música y la emoción más intraducible del mundo al lenguaje limitadísimo del alfabeto convencional. Gozarlo a menos de dos metros de distancia de los ejecutantes, bajo las bóvedas de un palacio gótico en pleno centro de Barcelona por el módico precio de 6 € (antes de la subida general del IVA), es el privilegio que ofrece el ciclo de mini-conciertos que, con el nombre de “30 minuts de música al Museu”, ha diseñado Xavier Chavarria para el Festival Mas i Mas. Este mes de agosto el certamen vuelve a llenar la programación musical de la ciudad, con una capacidad de imaginación que debe agradecerse al productor Joan Mas y su equipo. El ciclo de mini-conciertos, repetidos tres veces al día, se celebraba en La Pedrera y ahora en la
antesala del Salón del Tinell, que forma parte del Museo de Historia de la Ciudad (MUHBA).
Hoy he acudido a escuchar a la joven violinista Oksana Solovieva, a dúo con Albert Giménez al piano. Interpretaban la querida “Sonata para violín y piano” de César Franck. He decidido sobre la marcha quedarme también al siguiente pase –de algunos platos se tiene que repetir sin retención—en el que ofrecían otra “Sonata para violín y piano” de Enrique Granados y las “Variaciones geográficas sobre El cant dels ocells”, de Albert Guinovart. El primer concierto lo han rematado con un “bis” de lucimiento, la “Berceuse” de Gabriel Fauré, capaz no solo de acunar al alma más rebelde, sino de llevarla a la beatitud completa. El “bis” del segundo ha sido un “Nocturno”, una exhibición de versatilidad compositiva del mismo Guinovart. 
Oksana Solovieva toca con una fuerza y una exquisitez de carácter –incluso en algunos instantes con un punto de mal carácter, diría yo-- que me llamó la atención desde el primer día en que la escuché, concretamente el 16 de octubre de 2009 en la sala Almazen del Raval barcelonés, en un concierto de folklore argentino actual durante el que acompañó “La chacarera de un triste”, de los hermanos Simón, e interpretó en solitario el tema de Astor Piazzolla “Café 1930” de forma inolvidable. 
El violín no es un instrumento melifluo, algodonoso y de cándidos pizzicatos. Exige una energía acusada, unos brazos enérgicos, un temperamento perfilado y a menudo belicoso. Oksana Solovieva extrae de su J. B. Ceruti (construido el año 1800 en Cremona) unos equilibrios prodigiosos entre la dulzura y los momentos trágicos de las cosas, entre los movimientos más suaves de la vida y los más insurrectos. Nacida a San Petersburgo, comenzó los estudios de violín a los cinco años, a los dieciocho los prosiguió en Estados Unidos, desde 2003 forma parte de la orquesta sinfónica del Gran Teatre del Liceu y actualmente trabaja en su doctorado de Música en la Universitat Rovira i Virgili. La foto que ilustra este artículo no es ninguna manipulación mía. Procede de su página web y me parece otra muestra del referido carácter.

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