29 abr. 2013

Tengo un gran recuerdo de Perugia, donde nunca me ha sucedido nada

En épocas más debutantes también padecí en Florencia el “síndrome de Stendhal”, la alteración provocada por la excesiva absorción de belleza en la capital del Renacimiento. Encontré una solución que, todavía hoy, sigue sin fallarme. Alquilo un coche y me escapo extramuros durante 150 km hasta Perugia (ya sé que en castellano se llama Perusa, pero me gusta más en versión original). La pequeña capital de la región limítrofe de Umbría no tiene que soportar el peso del liderazgo de la Toscana y mantiene perfectamente la nota sin la misma presión. Diría incluso que la iguala, en unas dimensiones más abarcables que facilitan la desalteración y los descubrimientos espontáneos. En Florencia o en Siena siempre se está a la merced de las
emociones fuertes. En Perugia nunca me ha sucedido nada y también por eso amo tanto su alta belleza serena. De entrada, antes de llegar la carretera bordea el inacabable lago Trasimeno y ese recorrido predispone a una cierta calma.
Los capolavori resultan aquí menos masivos. En la Galería Nacional de Umbría, en el Palacio de los Priores, contemplo una de las grandes pinturas seriadas de Piero della Francesca, el Políptico de San Antonio, pintado en 1469 para la capilla del convento de clarisas de la ciudad, con una “Madonna in trono col Bambino” en el centro, coronada por una aureola dorada de intensos reflejos, ante los que puedo quedar ensimismado largo rato con una paz desconocida. Hasta adopta un diminutivo el principal pintor renacentista de la ciudad, Pietro Cristoforo Vanucci, más conocido por Il Perugino, pese a haber sido maestro del joven Rafael y discípulo de Piero della Francesca. El diminutivo contribuye a una admiración menos tensa. 
Hago la passeggiata por las sinuosas calles medievales, las plazuelas minúsculas, los miradores asomados al “corazón verde de Italia” y los porches del centro histórico, bajo los que suelo mirar el azul del cielo hasta que me parece blanco. Dejo para el final el do de pecho, el peatonal Corso Vanucci, que recorro mientras paladeo los famosos baci (besos) o bombones de avellana azucarada, hasta desembocar en la plaza mayor, la plaza de la monumental fuente románica (los románicos no construían solo iglesias). Cuando aprendí a querer a Perugia todavía dejaban sentarse en los escalones de la fuente. Era el lugar más afortunado de descanso y encuentro espontáneo, sobre todo de los numerosos jóvenes de una ciudad de 150.000 habitantes que cuenta 30.000 estudiantes y una conocida Universita Italiana per Stranieri, desde mucho antes de inventarse el programa Erasmus. 
Actualmente Perugia dispone de un minimetro, un moderno trenecito urbano diseñado por Jean Nouvel que une el centro histórico con el barrio residencial, suponiendo que sea necesario el desplazamiento. En julio se celebra un festival de jazz de referencia internacional y la paz ciudadana se altera un poquito, por unos días. Pero todo eso son recientes factores sobreañadidos. El auténtico centro de gravedad de Perugia sigue siendo la passeggiata alrededor de la fuente, donde años atrás tantos amantes de la belleza aprendimos a desalterarnos, a charlar en italiano improvisado, a detectar la serenidad de algunas obras maestras y sentir la caricia intensa de la emoción, tan intensa como en Florencia o en Siena y más suave aun. La intensidad necesita más equilibrio y serenidad que síndromes.

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