10 may. 2013

Eso solo lo entendemos quienes conocimos a Boris

En Palafrugell y sus playas conocí a viejos cantores devorados por la pasión permanente de “entonar un par” a la primera ocasión, durante horas y horas, como un pozo inagotable. Ellos me llevaron a comprender que la etiqueta de habaneras era reciente y postiza. De lo que se trataba era de cantar en pandilla y cantaban de todo, con preferencia por temas de moda, valsecitos, baladas, romanzas zarzueleras, boleros, rancheras, tangos, polcas, mazurcas, sardanas o incluso alguna habanera. En la foto adjunta se ve a Tito Jiménez, Mélio Vicens medio oculto en el ángulo superior, Josep Bastons a la guitarra, Franciscu Rovira, Ricard Balil y yo. Los viejos ya no están. Emeri Vicens Climent, el
abuelo Mélio, nos dejó en 1993, Franciscu Rovira Gelpí el 4 de setiembre del 2003, Tito Jiménez Pujadas poco después. Ahora los viejos cantores somos nosotros, que les escuchábamos con condescendencia y hoy echamos de menos su estilo entrañable y espontáneo, aunque nada improvisado. Ahora intentamos honrar lo que oímos. Como dice el amigo Joan Castelló Escudé a guisa de sentencia, eso solo lo entendemos quienes conocimos a Boris.
Los sábados por la tarde nos citábamos en el bar Batlle de Calella de Palafrugell una pandilla desorganizada, dentro de la cual tan solo dos o tres personas resultaban irremplazables. En primer lugar, la hospitalidad de Joan y Tomás Palet Ponsatí, que a cambio de nuestras libaciones nos permitían ocupar el céntrico establecimiento. La cantada no arrancaba si no comparecía Josep Bastons. Con la guitarra y la benévola autoridad de su dirección musical, era la pieza indispensable. Sin él Mélio, Franciscu y todos nosotros nos quedábamos algún sábado apagados y mudos. A veces se presentaba Ricard Balil y entonces la guitarra podía cambiar de manos sin ceder empuje.
Las habaneras no fueron nunca un género individualizado en aquellas cantadas. Bautizarlas de esa forma fue iniciativa de los recuperadores de un estilo en extinción en Calella de Palafrugell, a raíz de la publicación de su recopilación del 1966 y la organización de la cantada pública que se derivó, los primeros en imponer la evidencia –coercitivamente, si era preciso— de que los géneros de música popular no equivalen forzosamente al desmadre ni la vulgaridad. Hoy la Fundación Ernest Morató de Palafrugell asume el mismo espíritiu, con los medios disponibles.
El boom de la habanera tuvo el epicentro en Calella de Palafrugell, lo que eclipsó en exceso la presencia del género en otras localidades. En Cadaqués el abuelo Ramón Planells (fallecido en 2003 a los 101 años) las interpretaba desde 1946 con el grupo Cap de Creus. En L’Escala el compositor de sardanas Avi Xaxu (Josep Vicens i Juli) acompañaba con la guitarra a las voces de taberna de Jaume Esquelleta, Berto Refredillo (Albert Nicolau) i el Lill (Damià Bonhome). En Begur destacaban Lluís Maneras y el Tuixa (Alejandro Ferrer). En Tamariu el legendario terceto de Aberlardo Ninyo Hermós. En Calella de Palafrugell el trío de Pepet Gilet, Tianet Lladó y Josep Esteba (el Blau). En Palamós el abuelo Mundu (Raimon Castelló) y el trío Costa Brava de Joaquim Vives Plaja, Joaquim Oliveras y Vicenç Rabasedas (el Rosalenc), así como Moisés Regolta o Pere Molla. En Sant Feliu de Guíxols el terceto de Miquel Jacomet, Rafael Lecuona y Jordi Riera, igual como Arnald Maymí (el Canari) y su hermano Víctor Maymí, Juanitu Bou (el Currillu), Josep Mont, Frederic Charles, Joaquín del Rosal, Paco Amador o Miquel Solés...
En Cuba los viejos cantores y músicos cubanos del movimiento Buenavista Social Club necesitaron la intervención movilizadora del músico norteamericano Ry Cooder para relanzarles internacionalmente. Aquí, por mi lado, sigo pensando a menudo en lo que aprendí del estilo de los abuelos calellenses. Y en Boris, claro.

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