22 jul. 2013

Debería estar prohibido banalizar a Chet Baker

En este mundo hay pocas cosas sagradas que reclamen un respeto sin fisura. Una de ellas es el legado del trompetista y cantante Chet Baker, que acaba de ser banalizado por la pianista y cantante brasileña Eliane Elias en su disco “A tribute to Chet”, en el intento absurdo de tender un puente comercial entre el jazz cool más sublime y la bossa nova más edulcorada. El crimen me duele especialmente, porque durante largo tiempo la música de Chet Baker ha sido mi preferida de las noches de amor, alternativamente con la Sinfonía nro. 2 de Sibelius, según las circunstancias cambiantes. Las líricas baladas íntimas de Chet acarician como una piel enamorada, en la voz y la trompeta del "James Dean del jazz" que acabó devorado por las drogas y los excesos. La escultural y fotogénica brasileña las ha convertido en hilo musical de ascensor. No tiene perdón
adulterar una maravilla como: "Let's get lost, lost in each other's arms. Let's get lost, let them send out alarms and though they'll think us rather rude. Let's tell the world we're in that crazy mood. Let's defrost in a romantic mist, let's get crossed off everybody's list to celebrate this night we found each other, mmm, let's get lost...".
Siempre me quedarán los discos originales de Chet Baker y la Sinfonía nro. 2 de Sibelius, alternativamente. La música de Chet personaliza las cosas en una voz y un intrumento individuales, rodeados por la leyenda del chico malo. La de Jean Sibelius es más abstracta, deja más terreno a la imaginación en sus cuatro movimientos (rápido-lento-rápido-rápido), altibajos acusados, enardecimientos y languideces, superficialidades y honduras.
El Allegretto del primer movimiento facilita un intenso recorrido inicial, hace que la tensión crezca y da paso a una reexposición del leit-motiv antes del primer clímax, cuando la sección final evoca claramente la introducción planteada al principio. El segundo movimiento, el Tempo andante, arranca con un pizzicato delicioso, aunque el tema esperado tarde un buen rato en  aparecer. El tercero es un Vivacissimo fulgurante, encabezado por un movimiento rapidísimo que en la parte central cambia de tempo para enlazar con el cuarto, de final triunfante. 
Ni Chet Baker ni Jean Sibelius tienen nada que ver con el hilo musical de ascensor ni con los tributos comerciales. Requieren una cierta capacidad de estremecerse realmente, o al menos de forma creíble.

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