3 jul. 2013

La abdicación, también, de la reina Paola de Bélgica

Hoy se ha anunciado la abdicación del rey Alberto y la reina Paola de Bélgica en favor de hijo. Confieso que durante mis años de residencia en Bélgica mantuve una atracción platónica por la joven princesa Paola de Lieja, más tarde coronada reina, por lo que representaba en un país donde polemizaban continuamente a propósito de su conducta. Para reprobarla o admirarla, Paola era un punto de atención y un tema de conversación, uno de los pocos puntos alternativos de atención y conversación de la actualidad belga. En el fondo lo que se debatía a través de las opiniones contrapuestas sobre el comportamiento de Paola era el carácter de la nación, las distintas maneras de situarse ante el legendario "malestar belga", que algunos identificaban sin tapujos con el sueño vegetativo, el nirvana del tedio, la plácida vida cotidiana en el país húmedo, estabilizado y mal avenido. La agraciada joven italiana Paola Ruffo di Calabria aparecía por fuerza bajo el cielo líquido de Bélgica como un contraste permanente y mercurial. El contraste gustaba o no. La princesa era guapa e indómita. No era preciso mucho más para
convertirla en material de controversia. En otras latitudes habría desentonado menos, veinte años después le habrían hecho menos caso, pero entonces Paola ponía a Bélgica en contradicción, alteraba el tedio nacional. Frente al sentimiento trágico de la corte teologal de Balduino y Fabiola, ella proclamaba la alegría de vivir y el beneficio del placer, mientras se escapaba periódicamente a Italia. En un país desganado, su avidez irritaba. La llamaban "la princesa de la maleta". 
Atribuyeron a Paola una amistad poco discreta con el cantante Salvatore Adamo, que era igual que ella un inmigrante italiano residente en Bélgica. También aparecieron fotos de la princesa tiernamente enlazada con un joven conde francés en una playa de Cerdeña. Se repetía que vivía separada del marido. De golpe, aquel punto culminante del escándalo larvado fue también el de inflexión hacia una nueva etapa impecablemente ordenada. La falta de sucesión de Balduino y Fabiola daba una oportunidad a Alberto y Paola. Era el momento de revisar el estilo de vida. La princesa se alineó con la discreción ambiental y, en efecto, llegó al trono sin obstáculo ni pesar. 
La reina Fabiola había concordado a la perfección con una de las caras del carácter belga, del “malestar belga”. En cambio la princesa Paola tuvo, en su juventud, la gran virtud de concordar con la otra cara. El país siempre le ha quedado a deber un fugaz destello de luz solar, una calidez, el aliento de un sueño.

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