13 ago. 2013

Ah, la musiquita de Marcel Proust…

El centenario de la publicación de Por la parte de Swan, el primer volum de A la búsqueda del tiempo perdido que Marcel Proust tuvo que imprimir a cuenta de autor ante el rechazo de las principales editoriales (“Está lleno de duquesas, no es para nosotros”, opinó el calificado lector de la editorial Gallimard, André Gide), está propiciando una magnífica cosecha de reediciones, nuevas traducciones y estudios alrededor de esta gran, exquisita y lentísima novela del siglo XX. En catalán aparece la traducción del segundo volumen A la sombra de las muchachas en flor por Valèria Gaillard y se anuncia otra de Josep M. Pinto, tras las clásicas
firmadas por Jaume Bofill i Ferro, Maria Aurèlia Capmany, Jaume Vidal Alcover o Joan Casas Fuster. En castellano se reedita Por la parte de Swan en traducción de Carlos Manzano, después de las realizadas por Pedro Salinas, Consuelo Berges y Mauro Armiño. También aparece en castellano el libro de la criada del escritor, Céleste Albaret, titulado Monsieur Proust. No es un libro de potins, dado que Céleste Albaret y su hermana Marie son los dos únicos personajes de toda la obra que aparecen en ella con el nombre real. En Francia disfrutan con dos novedades: Proust est une fiction, de François Bon, y el Dictionnaire amoureux de Marcel Proust, del padre e hijo Jean-Paul y Raphaël Enthoven.
Por mi lado, todavía me entretengo de vez en cuando traduciendo un párrafo de Proust que no me acaba de gustar en ninguna de las versiones editadas. Lo releeo, lo declamo en algunas sobremesas de concurrencia propicia y compruebo cómo suena la luminosa musicalidad de las largas frases proustianas, cargadas de subordinadas aparentmente retorcidas, que en realidad responden a un orden exacto, aunque exijan un esfuerzo de recorrido solamente gratificado al final, como en este caso del capítulo “Combray” de Por el lado de Swan: “De este modo permanecía a menudo hasta la madrugada pensando en los tiempos de Combray, mis tristes noches sin sueño y la imagen de muchos días que últimamente me retornaba por el sabor –-en Combray lo habrían llamado el “perfume”— de una taza de te y la asociación de los recuerdos con aquello que muchos años después de haber abandonado la ciudad sabía ahora sobre un amor que Swan mantuvo antes de mi nacimiento, con una precisión de detalles más fácil de lograr a veces a propósito de la vida de personas fallecidas tiempo atrás que de nuestros mejores amigos y que parece imposible, como lo parecía hablar de una ciudad a otra, mientras ignoramos por qué senda se ha evaporado tal imposibilidad”. 
Ah, la musiquita de Proust…

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