14 sept. 2013

Réplica a Quim Curbet sobre el carácter del otoño

Quim Curbet es un  escritor que me gusta. Su blog Barretades.cat me deslumbra muchos días con alguna fulguración del oficio, que a veces anoto y guardo como una lección. Avanzándose a la fecha del 21 de septiembre, días atrás dedicaba un artículo al cambio de estación. Estaba bien planteado, pero disparó mis resortes instintivos contra la tradición y el prestigio de la melancolía. Curbet empezaba con la frase siguiente: “El otoño es la metáfora que utiliza la naturaleza para explicarnos la inevitable decadencia del cuerpo, de todas las cosas que nos rodean y, sobre todo, la decadencia terminal de las sociedades
humanas”. Admitía la posibilidad de belleza otoñal diciendo: ”La decadencia, igual que los otoños, nos ofrece paisajes excelentes, que parecen iluminados por el mejor Caravaggio”, pero el clavo de del artículo radicaba en el paralelo que establecía entre la languidez del otoño y el de las ideas progresistas que las últimas décadas habían dado pie al Estado del bienestar y la estabilidad de las clases medias: “Todo se hunde, pero no pasa nada. Los ricos ya tienen de todo y los pobres pronto no tendrán nada que perder. La decadencia es un lujo, el crepúsculo un gozo estético y las ruinas incluso un atractivo turístico. Gocemos y aprovechémoslo hasta el final, luego vendrá un oscuro invierno que durará años”.
En el espacio dedicado a comentarios de los lectores, me atreví a replicar sucintamente: “Todas las estaciones están hechas de decadencias y renacimientos”, y me quedé con el gusanillo de explicar mi sensación discrepante. En efecto, el otoño ofrece paisajes excelentes, momentos del año culminantes, barnizados por la luz licorosa y amansada de después de la vendimia. Las horas de luz se acortan, los días no. Los días maduran, se aquietan, se aplacan, se preparan a hivernar cuando llegue el frío punzante. Llueve algo más, afortunadamente. Aparecen las mejores setas, la uva “de km 0”, los higos, las confituras y los suntuosos platos de caza con gusto a bosque. En las playas resguardadas y los días propicios se está mejor que nunca. 
No siento la supuesta melancolía del otoño como un presagio triste, cenizo y enfriado, un símbolo de decaimiento. El otoño me estimula igual que las otras estaciones a acometer y sentir las cosas propias del momento, que son muchas. La estación tercera no representa ninguna panacea, ningún liderazgo, pero se defiende perfectamente frente a las ventajas e inconvenientes de las otras tres. Por más que me esfuerce, no le veo como particularidad ninguna metáfora de la naturaleza sobre la decadencia terminal, sino más bien una espléndida metáfora del gozo de la maduración.
Claro que se dan en otoño decadencias terminales, como en cualquier estación. Claro que el rebrote general es característico de la primavera, pero en otoño y en invierno también rebrotan algunas cosas y algunas promesas. En el supuesto que nuestra civilización haya entrado en una fase otoñal, cosa muy posible, no significa su condena a muerte, sino la necesidad de acumular fuerzas para reverdecer. 
En otoño he vivido algunas de las experiencias más vitales. Un año me encontraba en Nueva York alrededor de Halloween y me sorprendió el empeño de mis parientes residentes allí por llevarme a comer a Bear Mountain y contemplar la caída de la hoja en los bosques de la zona, aunque fuese día festivo y tuviéramos que soportar colas de carretera y largas esperas en los restaurantes del lugar. Con el máximo respeto hacia el entusiasmo de los demás, observé que la caída de la hoja y la explosión de colores otoñales en los bosques de Nueva Jersey resultaban igual de atractivos que en tantos otros bosques, parques o jardines de mi país de origen, incluso en el reducido parque urbano situado delante de casa, que es donde sigo el fenómeno cada año. 
Mis parientes norteamericanos se obstinaban en considerar que me habían conducido a un espectáculo natural único, de reputación universal y características incomparables. No les podía defraudar y me extasié educadamente. Los bosques de la Costa Este de Estados Unidos y Canadá son de dimensiones superlativas, acostumbrados a un estado de conservación envidiable, favorecidos por una avanzada reglamentación preservadora y por la devoción de los usuarios que les rinden culto en fechas señaladas. Mi unidad de medida, en cambio, se ha formado en un país de minifundios y matices locales. El gigantismo no me admira por sí solo. Al contrario, me inquieta más que su reducción a escala alcanzable. 
Al llegar el otoño veo cada año en las revistas ilustradas reportajes exuberantes sobre el indian summer o veranillo de San Martín de los grandes bosques norteamericanos, con las fotos de la caída de la hoja y su exhibición de colores. Recuerdo la ilusión con que me lo enseñaban sobre el terreno. Si no me desplazo al Montseny, al Pirineo o a cualquier otra comarca, tomo el ascensor y bajo a mirarme los arces del pequeño parque de enfrente, encajonado entre edificios y ahogado por la circulación. Me siento en un banco de piedra, asisto embelesado al equivalente de indian summer que tengo materialmente a mi alcance y agradezco a los anfitriones norteamericanos haberme llevado a Bear Mountain para inocularme con tanta firmeza una de las ilusiones activas del otoño.
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