9 oct. 2013

Los introvertidos somos buena gente, que corra la voz

Ser introvertido, reservado, retraído es una característica de la personalidad que hasta hoy se ha visto atacada con frecuencia en un mundo que admira la exuberancia verbal, el ruido desatado y la rapidez agitada, aunque sean superficiales o sobre todo si lo son. Ser introvertido no es lo mismo que ser tímido, vergonzoso, débil, poco sociable ni menos aun solitario, indolente o soso. Representa una estrategia de supervivencia tan legítima y eficaz como la otra. Los introvertidos podemos ser igual de afectuosos y participativos –o más— que los extrovertidos que se llevan la palma en los encuentros sociales gracias a su desparpajo. Simplemente, si podemos elegir, preferimos la distancia corta al escenario, un grado de lentitud más reflexiva por encima del exabrupto, incluso la calidad de algunos murmullos y algunos silencios por encima de la palabrería. Todo eso lo teníamos asumido, pese a costarnos ser aceptados sin que nos confundan. Pero faltaba que una escritora norteamericana como Susan
Cain lo convirtiese en el best seller Quiet: The power of introverts in a world that can't stop talking (versió castellana aparecida el 2012 en RBA bajo el título El poder de los introvertidos en un mundo incapaz de callarse).
Ahora acaba de editarse la versión francesa y esta semana la autora declara en Le Nouvel Observateur: “Si partimos de la base que los introvertidos tienen la misma cantidad de buenas ideas que los extrovertidos, significa que a menudo las malas ideas expresadas con convicción se imponen por encima de las buenas. Los individuos charlatanes son considerados más inteligentes que los discretos, aunque las pruebas de inteligencia demuestren la inexactitud de esa percepción. Más se habla, más se atrae la atención del grupo y por consiguiente se gana en potencia a medida que la reunión avanza. No se adjudica suficiente atención a las buenas idees de los introvertidos”.
Lo sabíamos, pero que lo recuerde un best-seller americano siempre ayuda.

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