24 oct. 2013

Que nuestro planeta salte en pedazos provoca escasa inquietud

La cuestión me da vueltas desde hace un tiempo como berbiquí girando en falso. ¿Cómo gobiernos y ciudadanos en general se inquietan tan poco ante las  amenazas de supervivencia que pesan sobre su planeta, demostradas por científicos y ecologistas, si seguimos por el mismo camino de consumo de energía y recursos disponibles? El crecimiento demográfico (pasaremos de 7.000 a 9.500 millones de habitantes en 50 años) exigirá producir más comida las próximas décadas que durante los últimos siglos sumados. El cambio climático causado por las emisiones contaminantes a la atmósfera desertizará o bien
inundará amplias zonas geográficas, cuyos habitantes intentarán emigrar como sea hacia países más afortunados que basan su nivel de vida en el consumo de unos recursos que se agotan y un crecimiento económico que no se mantendrá al ritmo de las necesidades.
El escenario dibujado con lujo de detalles por las previsiones no tiene nada de ciencia-ficción. La escala sin precedentes del problema, alertado con reiteración, no halla en la conciencia de los responsables ni de los ciudadanos la magnitud que necesitan adoptar las soluciones. Tal vez porque la cuestión solo puede resolverse mediante el decrecimiento de algunas cosas para ganar en otras menos ostentosas y más sencillas. Eso requiere voluntad de cambio de mentalidad, de conducta, de sistema de producción (de negocio) y de concepto de bienestar. Es más fácil pasar a nuestros hijos la pelota (hinchada hasta estallar) que cambiar voluntariamente de mentalidad o de conducta. La clave de la cuestión que me da vueltas debe ser esa, aunque resulte poco alentador admitirlo.

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