1 oct. 2013

Retorno a la biblioteca parisina de Sainte-Geneviève, por puro placer

Conservo, por mero azar, el carnet de usuario con foto de una de las veces que me inscribí, el año 1981, en la venerable biblioteca parisina de Sainte-Geneviève que se alza en plena plaza del Panteón, en lo alto del Barrio Latino. El afortunado edificio histórico de fachada renacentista y apoteosis de la arquitectura de acero y vidrio en el interior contaba con modernas instalaciones, de modo que los libros eran servidos por una especie de pequeño tapis roulant hasta el punto de lectura del solicitante, dentro de un admirable funcionamiento práctico y resolutivo. Una biblioteca no es un depósito de libros, sino una forma determinada de
ponerlos al alcance. No es coleccionismo, es gestión.
La cartulina está cumplimentada a mano y la foto grapada me presenta muy jovencito. En cambio no conservo ni la más vaga memoria de qué fui a buscar allí. Solo sé, esto sí, que sigo amando hasta hoy la biblioteca Sainte-Geneviève de un modo particularmente intenso, aunque no sepa por qué. No dejo nunca de acudir, cada vez que viajo a París, sin un objetivo muy preciso, por el placer del reencuentro. Algunas fidelidades no necessitan tener motivo estrictamente funcional. Voy a bouquiner, a revolver, a vagar entre las páginas de los libros como quien busca un testigo del tiempo, un camino iluminado, un destino insistente. 
También conservo las fichas de solicitud de algunos de los libros que consulté aquella vez. Puedo deducir que guardaban relación con la investigación que estaba llevando a cabo, a tientas, para un libro mío, pero es una deducción muy genérica. No creo que sacase nada en concreto, excepto la intensa estima por el establecimiento, esta sí perfilada. Me ha ocurrido con otras bibliotecas de distintas ciudades en las que he trabajado de paso por algún interés del momento que hoy me resulta difícil rastrear en los libros que he ido publicando, algunos hace ya muchos años. 
La cartulina rojiza con mi foto grapada es como un certificado de haber vivido, de haber trabajado, de haber explorado. Aunque no sepa bien por qué, eso no es lo que más importa. La cartulina me procura una satisfacción biográfica, el rastro de una labor tal vez difusa, pero bien real. Quizás al inscribirme con ímpetu juvenil en la venerable biblioteca parisina de Sainte-Geneviève tuve los ojos más grandes que el estómago y no extraje de allí un trabajo definido, palpable y acabado que ahora pueda recordar. Sin embargo guardo la sensación de haber abierto un camino afectivo que luego he recorrido con familiaridad, de haber vivido un primer amor por la casa que ha tenido la suerte de hacerse estable. No sé de qué me ha servido con exactitud, pero esa carencia no me molesta. Me siento suficientemente satisfecho con poder seguir amando la biblioteca Saint-Geneviève por el placer.

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