4 nov. 2013

Fracasar no es pecado, ahora ya lo dice “La Vanguardia”

De entrada me sorprendió encontrar en el último suplemento dominical de Economía de La Vanguardia toda una página titulada “Fracasar no es pecado”, escrita por el periodista económico Jordi Goula alrededor del ciclo de debates “Fra-casos oportunos” de la UOC, destinado a convertir el estudio del fracaso empresarial o personal en instrumento de gestión de la recuperación, en valor de futuro. Al cabo de unos instantes de desconcierto me di cuenta que no tenía por qué sorprenderme tanto. El principio básico enunciado en el título a toda página se había visto repudiado hasta ahora por la aceptación general de la agresividad
competitiva de los ganadores –o supuestos ganadores-- pero hoy regresa al primer plano del brazo de la cantidad de perdedores causados por la crisis en poco tiempo. Forman un volumen difícil de disimular, se convierten en protagonistas por la fuerza del número y por las condiciones injustas que les han arrastrado a llevar el sambenito, hasta ahora estigmatitzado como una culpa individual. En general, cuando la mayoría de interlocutores percibían la sensación de estar tratando con un perdedor se alejaban supersticiosamente, lo veían como una persona sin atractivo, un triste pusilánime, un títere desencuadernado, un vulgar loser. Ahora el derecho al fracaso se ha democratizado y las derrotas han pasado a formar parte del curso general de las cosas.
En cualquier juego, reto o empresa el hecho de ganar o perder depende sin duda de los méritos de cada uno, aunque no solo de eso. También depende del papel de los demás y de algo tan azaroso como la suerte. Sería imposible que hubiese solamente ganadores, triunfadores, afortunados. Yo diría que los perdedores somos más de la mitad de la humanidad y merecemos un respeto, una dignidad. El peso muerto de la mala imagen costaba mucho arrastrar y nos ponía más difícil la mejora de la situación. Ahora se empieza a entender que la derrota también puede comportar progresos, descubrimientos, superaciones, cambios de mentalidad, oportunidades de renovación. 
Cuando un perdedor logra verse con les mismas capacidades potenciales que antes y va de nuevo por la calle con la cabeza alta, entonces ha resuelto una gran parte del su problema. No resulta fácil. El mundo está básicamente dividido en clases sociales y por consiguiente en el dominio de los valores e intereses de una minoría de ganadores por encima de la mayoría de perdedores, pese a que una elevada proporción de perdedores tengamos los mismos méritos o más que ellos. Hacer ostentación de las victorias --justas o injustas-- debería ser considerado més reprobable que admitir haber perdido y ser capaz de seguir luchando. 
La única sociedad sostenible es la que tiende a equilibrar la salvaje ley del más fuerte con una visión solidaria de conjunto, una defensa del respeto de todos frente a la falta de escrúpulos y el afán de lucro de algunos depredadores comprobados. La única sociedad sostenible es que la que se muestra capaz de gestionar sus crisis y generar nuevas oportunidades a fuerza de reconocer los errores. Los errores de los perdedores y los errores de los ganadores.

1 comentarios:

  1. En alguna instancia se puede decir que los fracasados son los nuevos ganadores. Véase los bancos.

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