21 nov. 2013

Mi “five o’clock cannolo” en Palermo, que no me lo toquen

En mi juventud empecé a querer a Palermo --esa Bogotá de la Europa mediterránea-- porque la primera visión que ofrecía al bajar del avión era toda la ladera de la montaña alfombrada por una plantación extensiva de limoneros ubérrimos, que titilaba como una constelación de amarillo deslumbrante bajo el cielo enardecido de la capital siciliana. Aquel primer vistazo desde la pista de aterrizaje del aeropuerto Punta Raisi constituía un recibimiento de impacto, un golpe seguro del fascino siciliano. Ahora los limoneros ya no están y la montaña pelada proyecta un tenebroso color parduzco. Prefiero no saber qué ha ocurrido con los limoneros de Palermo, me lo imagino sin necesidad de detalles. Al bajar ahora del avión procuro no
levantar la vista, abandono el aeropuerto cabizbajo y me apresuro a consolarme en el centro de la ciudad con otros atractivos que descubrí tiempo atrás y que me gusta ripristinare, regenerar a la primera ocasión. Por ejemplo mi particular ceremonia del five o’clock cannolo con una copa de vino de Marsala en la terraza o los salones (según el momento del año) del Antico Caffè Spinnato, en la calle peatonal Principe di Belmonte.
Me gustan con delirio los canalones dulces sicilianos, los cannoli de ricotta y también el marsala, sin embargo no son los principales componentes de mi rito íntimo. El ingrediente primordial es la avidez de la mirada sobre el escenario humano de la céntrica cafetería, donde creo adivinar una emulsión de casi todo lo que me interroga a propósito de la grandeza de la isla y la atracción insorteable que me inspira desde tanto tiempo atrás. 
Los dulces han jugado siempre un gran papel en el Mediterráneo, aunque la pastelería represente el estadio más vulnerable de la infinita gama de preparaciones comestibles. Malograr o bastardear un pastel es el peligro culinario más fácil y rápido de todos. La pastelería constituye una de las especialidades que ha sucumbido peor a la industrialización, por eso se convierte en joya rara encontrar en Sicilia una cultura que la ha mantenido en la cima del nivel histórico y ha sabido ponerla al día.
Los cannoli y la cassata son una de las más nobles expresiones del alma siciliana, el monumento a una manera de vivir y celebrarlo. Una manera medio árabe, medio volcánica, abigarrada por dentro y revestida por fuera con la suavidad equilibrada y solar de la capa de azúcar glaseado y la cereza confitada más cercana a la idea de pezón trémulo de una ninfa, cuando la pieza ha salido bien. 
En Palermo se pueden perder o bien ripristinare muchas ilusiones y yo mismo estoy dispuesto a renunciar a unas cuantas con tal de seguir amando a esta ciudad sobre el terreno. En última y extrema instancia estaría dispuesto a renunciar a acariciar de nuevo con los ojos las carnosas cúpulas semiesféricas de San Giovanni degli Eremiti, estaría dispuesto a dejar de hacer la reverencia amantísima al busto alabastrino de Eleonora d’Aragona en el museo del Palazzo Abatellis, incluso podría renunciar a mi particular subida al altar en la escalinata del Teatro Massimo (la mayor sala de ópera de Italia y tercera de Europa), inmortalizada en la última secuencia de la película “El Padrino 3”, de Francis Ford Coppola, con música de fondo del Intermezzo de la ópera “Cavalleria Rusticana”, una de las escenas más conmovedoras de la historia del cine y de la música.
En Palermo podría ceder en casi todas mis costumbres, pero regresaría ni que fuese tan solo por la tentación lasciva de mi five o’clock cannolo, con una copa de Marsala, en el Antico Caffè Spinnato. E poi magari amarti.

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