25 mar. 2014

Elogio vivido de la primera luz del día

Algunos días llego por la noche asqueado y siento la necesidad de acostarme para agarrar la fase REM del sueño lo antes posible y borrar la conciencia fatigada de las horas vividas. Unas horas después, en cambio, me sorprende que el hechjo de ver clarear me procure, sin proponérmelo, una ilusión tan nítida, tan acusada. Para mi esa primera luz no es algo consuetudinario ni mecánico. La primera claridad de la aurora me despierta la avidez de mirar el mundo. Al devolver los rayos de sol naciente el brillo a las cosas, el alba se me impone como un prodigio de vitalidad del escenario y, de rebote, también del espectador. La misma atmósfera que la noche anterior me parecía agotada, comparece plena de promesas, suave y acogedora como una
sábana limpia, un alma de niño barnizada con colores nuevos y a punto de entrar en un estado de recóndita euforia que se ofrece a ser compartida. La primera claridad del día me produce una sensación de pequeño prodigio, me lleva a esbozar una sonrisa, enfocar la mirada, avivar el paso, acoger la caricia del sol con un saludo celebratorio y con la esperanza activa de no llegar a la noche defraudado.
El primer sol de la mañana es tierno y afectuoso, no ingenuo. Sabe de dónde viene y qué se dispone a hacer, guiado per una seguridad muy asentada. La luz que insinúa, la plenitud meridiana que anuncia me inspira confianza. El sol naciente es una garantía de continuidad, regulada desde mucho más arriba que las veleidades de las reglas humanas. 
Ninguna otra hora del día posee los mismos colores esa primera tirantez, el descubrimiento del primer gozo de los sentidos, la prenda de culminación de un ciclo cotidiano. Ninguna otra hora del día posee esa misma luz proyectada de súbito, en pocos minutos, desde la oscuridad general hasta el destello improviso, casi iba a decir inesperado. El aspecto del escenario del mundo cercano pasa en pocos instantes de un estado visual a su contrario, cada mañana. Todo lo que se había hecho oscuro, incierto o huidizo revive con un brillo de contrastes recuperados, ungidos por una energía recién nacida, visiblemente complacidos por la aparición de la calidez de la luz, tonificados por otros tonos de las mismas cosas. 
Algunas mañanas me maravilla ese cambio de estado de ánimo. La primera hora del día es para mi la más impelente. Las siguientes tienen sin duda otras virtualidades, cuando el sol está en la cumbre. La del anochecer resulta posiblemente más sabia, más vivida, pero también más castigada por los excesos de intensidad y más abrumada por su condición de canto del cisne, reflejo crepuscular del apogeo, justo antes de ponerse de fatiga. 
La sensación de sorpresa al despuntar el día no la experimento tan solo al instante de abrir la ventana ante algún paisaje excepcional, como el de Verdaguer en “Els dos campanars” del poema Canigó: “Mes l’endemà al matí, al sortir lo sol, recomençant los càntics que ells acaben, los tudons amb l’heurera conversaven, amb l’estrella del dia el rossinyol. Somrigué la muntanya engallardida com si estrenàs son verdejant mantell; mostrà’s com núvia de joiells guarnida; i de ses mil congestes la florida blanca esbandí com taronger novell...”. 
La compruebo igualmente en mi entorno urbano cotidiano, en la calle de casa, cuando las madres o los padres del barrio llevan a los niños a la escuela con un paso decidido y puntual, cuando los tenderos levantan las persianas y despliegan la mercadería con una confianza renovada en el negocio, cuando el kiosquero apila y ordena los diarios aun manchados de tinta fresca, cuando los adolescentes se congregan en la esquina para ir en grupo hasta el instituto y se alocan explicándose las fabulosas aventuras de la última velada ante la pantalla de los videojuegos o colgados del teléfono móvil, cuando el indigente que duerme en el portal del parking se revuelve entre cartones sin querer admitir que el día ya ha arrancado. La cara de tota esta gente, salvo el indigente, refleja de mañanita la confianza que extraen de la primera luz, imprescindible para despejarse. La humanidad recién duchada, salvo el indigente excluido de todo, revive con la luz naciente como una derivación, una consecuencia. 
La claridad de la mañana también tiene, desde luego, circunstancias cambiantes. Las nubes se instalan algunos días de una forma que parece monolítica e inamovible. Son mañanas fatigadas antes de comenzar, carentes del ciclo vivificador de la luz, propensas otro tipo de recogimiento, a un tránsito de espera durante el que las horas se amalgaman en una emulsión más viscosa, de una fluidez más lenta de pasar. Conozco a personas a quienes les gusta, tal vez porque les complace la introspección y saben disfrutar más que yo de los grises y los melodramas, conciliadas con el lado sombrío de la vida. Las mañanas de lluvia la atmósfera da paso a una función clorofílica replegada sobre sí misma, aunque igual de necesaria para la alternancia de las condiciones de vida que nos caracterizan, nos gusten más o menos.

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