15 abr. 2014

Abracé al plancton contra mi pecho, en Cala Jóncols

Años atrás las vacaciones de verano duraban más que hoy y dejaban tiempo suficiente para dedicar una semana entera a la expedición a bordo de la barca familiar desde Calella de Palafrugell hasta Cadaqués. Las mujeres y los niños se dirigían hasta ahí en coche con la intendencia necesaria, los hombres hacíamos el trayecto por mar. Sabíamos por experiencia que las horas de navegación podían variar mucho, así como las incidencias. Algunos años la navegación resultaba plácida e inocente. Aunque fuese larga e incómoda, la esperábamos como uno de los momentos culminantes del veraneo, la ocasión de reencontrar el paisaje desde un ángulo insólito que tan solo aquella travesía anual
nos ofrecía.
Superado el cabotaje de Tamariu, enfilábamos la aspereza del cabo de Begur como si fuesen las columnas de Hércules de nuestra aventura anual. Los caminos que conocíamos de memoria por tierra, se nos aparecían ahora desde otra óptica, con una inédita obertura de compás. Cada año renovábamos la sensación de que la auténtica boca del escenario del paisaje es esta, des del mar, como si recorrerlo el resto del año a pie representase apenas transitar las bambalinas, el patio interior. 
Las cuatro millas abiertas del cordón dunar de la playa de Pals, el último fleco del llano formado por la desembocadura del Ter, todavía punteadas entonces por las descomunales antenas de Radio Liberty, se hacían inacabables a bordo de la barca, por poco que el viento se opusiera. Nos veíamos zarandeados, empapados y encogidos sobre la orla, sin abrigo posible. 
La colosal geología de los cabos de Sant Sebastiá y de Begur nos abrumaba al verlos caer a plomo sobre el mar con su indiferencia cósmica, altiva y truculenta, contemplados desde la posición insignificante de la barquita que los sorteaba justo a sus pies gigantescos. Experimentábamos de nuevo la misma sensación en Cap Sa Sal, recubierto en su verticalidad por la tétrica vidriera oscura, de enormes proporciones, dispuesta por el gran hotel de 325 habitaciones abierto en 1962, de la cima del acantilado hasta el agua.
Los embarcados tomábamos paciencia, conteníamos la respiración hasta doblar el cabo Salines y vislumbrar la playa de Montgó, el instante preciso de contemplar la elipse perfecta del golfo de Roses, la extensa llanura drenada por la Muga y el Fluviá, algunos días con la majestad del macizo del Canigó como telón de fondo. Este punto representaba el inicio de una travesía aun más inacabable que el arenal de Pals, aunque por alguna razón nos parecía un sacrificio más llevadero, tal vez por la proximidad de la llegada, seguramente por la abundancia de puntos de referencia como La Escala, Empúries, Sant Pere Pescador, Roses, cala Montjoi y el cabo Norfeu, el último de los obstáculos a superar. 
Al pie del Cavall Bernat que se alza en Norfeu pasábamos rozando la silueta rocosa del Gato, sentado y escrutador. Rodear al Gato significaba el final satisfecho del trayecto. Desembarcábamos y nos instalábamos durante una semana en cala Jóncols, acampados en una cueva natural de la adyacente playita del Canadell, para librarnos a un ocio contemplativo y polinésico gracias a los márgenes de tolerancia de la ley que imperaban por aquel entonces, cuando aquello era un natural parque natural, sin mayúsculas. 
En todo el sector de cala Jóncols, a medio camino entre Roses y Cadaqués por la vieja pista de tierra de veinte km de recorrido, la ley era controlada por José Gómez Rodríguez, nuestro amigo Pepe, empleado y luego propietario del hotelito y restaurante situado en esta playa, conjuntamente con su hermano Juanma y la madre Rosario a los fogones. Era una ley sui generis, claro está, pero al mismo tiempo perfectamente establecida. Nos conocía desde años atrás, nos dejaba permanecer en la cueva y nos proporcionaba el agua dulce necesaria. 
De hecho Pepe podía tener encontronazos entre su ley y la ley general que a veces llegaban a salir en los diarios, pero eso no impedía que fuese tirando con el empuje de siempre. Era un andaluz enclenque y vivísimo, ostensiblemente bizco, de una simpatía natural que le había llevado a prosperar a lo largo de los años entre el público del establecimiento y de la playa de Jóncols. 
El sueño que materializábamos cada verano era vivir una semana con mujeres y niños en la cueva del Canadell como unos robinsones auténticos y discretamente heroicos. La vida gravitaba alrededor de la barca, dado que la playita de la cueva tan solo tenía acceso por mar. Por la mañana salíamos a calar alguna vieja pieza de red de pesca, también en los márgenes de tolerancia de la ley. De vez en cuando agarrábamos una langosta pequeña y unos cabrachos feroces y carnosos. 
Los suquets al fuego de leña, cocinados bajo una estrictísima normativa de ingredientes básicos (solamente aceite, ajo, tomate, pescado del día, patatas, agua y sal), deparaban un perfume sublime, ditirámbico y evanescente. Las siestas eran de una perfección sin mácula, puro nirvana intangible y lejano, sopor de una abstracción evaporada. 
Por la tarde acudíamos con la barca a buscar agua dulce a cala Jóncols y saludar a Pepe. Generalmente lo alargábamos hasta Punta Figuera para tentar a unos cuantos sargos. Con una piedra en la mano machacábamos anchoas sobre las rocas y los sabrosos pedazos arrastrados por las olas hacían subir a flor de agua una bandada centelleante de sargos alocados, que se dejaban coger con el anzuelo casi al robo. La cena resultaba de nuevo suculenta, dentro de las mismas normas de dieta. 
Por la noche, antes de calar la pieza de red clandestina, nos zambullíamos en el agua mansa de la playita para hacer brillar sobre nuestra piel tostada el fenómeno luminiscente del plancton, como no lo he vuelto a encontrar jamás en ninguno de los siete mares del mundo. Mientras las partículas luminosas del mar se adherían a nuestro braceo y jugábamos a abrazarlas, maravillados y atónitos, la luna rielaba sobre la ondulación del agua del Canadell, a la sombra ciclópea del cabo Norfeu, unos surcos metálicos, irisados, diamantinos. 
Se imponía a aquella hora una ataraxia melancólica, un deseo de fundirse con el paisaje para siempre. Las madrugadas eran silenciosas y lentas, hasta que un rayo de sol anaranjado iluminaba el pequeño escenario y nos despertaba con la expectativa anhelante de acudir a cobrar la red, a la búsqueda de la langosta viva del almuerzo. 
Pepe nos miraba a lo lejos con una sonrisa maliciosa y comprensiva, acostumbrado a los anhelos de los robinsones de las vacaciones pagadas. Allí aprendí algunas lecciones de peso, algunos de los conocimientos básicos imprescindibles.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada