17 abr. 2014

Buenos Aires, el localismo y la cosmópolis (1)

Algunas décadas viajé con regularidad a Argentina. Las obligaciones asociadas a mis estancias dejaban tiempo libre y lo dedicaba a vagar por itinerarios e intereses que los visitantes no suelen recorrer. Siempre he sido un amante de los supuestos saberes inútiles, empujado por una curiosidad que solo necesito argumentarme a mí mismo, sin más exigencia que destilar una satisfacción personal. Ahora conozco un poco al país y a algunos argentinos. He escrito algunos libros.  No me sentía forastero en aquella tierra austral, para mi era como regresar a casa, a una de las casas. Tuve familia en Argentina, formé parte de aquellos círculos genéticos sin ninguna vacilación sentimental, ni suya ni mía. Hice allí recorridos diversos, excepto los turísticos. Nunca disimulé mi origen, pretensión que habría resultado inútil ante el acento fonético de gallego irredento que mi habla denota sin culpa. Como mucho intenté precisar la variante talanca (catalán en argot local al resve –-al revés). A veces, durante las sobremesas argentinas, mis interlocutores se sorprendían al escucharme aludir a la reforma educativa de Sarmiento, al estilo de tango bailado por Virulazo o a las particularidades de la carne de las
vaquitas de raza Herreford, por poner unos ejemplos a vuelapluma. Solo pretendía que fuese un comentario, una simple opinión, una expresión de interés sin designios de nueva colonización cultural. Soy un partidario convencido del localismo --más exactamente del localismo ilustrado— y por eso conozco sus riesgos y susceptibilidades. Comprobé que a algunos autóctonos no les agradaba que los forasteros opinen sobre su tierra.
Los críticos literarios más conspicuos de mi país –eso significa Julià Guillamon, claro-- sostienen que la novela El món de Joan Ferrer, ambientada en Buenos Aires por César August Jordana, es una de las mejores de la literatura catalana del exilio, casi como un arquetipo. No lo dudo. Pero en contra de la tendencia dominante, nunca he creído que la ficción novelística sea la única que logre narrar el estado de espíritu de las personas, los escenarios y las circunstancias. También puede hacerlo cualquiera de los géneros de la llamada no ficción. Todo depende del acierto en cada caso, sin privilegios de método a priori
Para mi algunas de las mejores páginas escritas por mis compatriotas sobre Argentina se hallan en un supuesto informe económico, titulado Sangre nueva, escrito en 1905 por el secretario del Fomento del Trabajo Nacional y abogado letraherido Frederic Rahola Trémols. También las he encontrado en las aparentes rusiñoladas del libro Del Born al Plata del pintor y dramaturgo, en las anotaciones periodísticas derivadas de los cinco viajes realizados por Josep Pla, en los inspirados pasajes sobre la pampa de alguna conferencia dictada allí por el filosofo José Ortega y Gasset y en las greguerías centelleantes del Ramón residente en Buenos Aires.
No son géneros de ficción novelística en ninguno de los casos citados. La literatura no se acaba con las novelas, ni siquiera con las buenas. También es una simple opinión que tal vez deba contener.

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