2 abr. 2014

El desembarco resonante de Cuixart y Floreal en Palafrugell

Cuando en 1971 el pintor barcelonés Modest Cuixart se instaló en Palafrugell todo el año, procedente de su anterior residencia a Riudellots de la Selva, desde donde ya frecuentaba los establecimientos nocturnos palafrugellenses, era un pintor consagrado a escala internacional. Tan consagrado que pudo permitirse comprar, rehabilitar y habitar una de les casas modernistas más destacadas de la villa, la antigua Casa Miquel o Chalet de Can Mario, en la calle de la Garriga. Había sido levantada por el fabricante corchero Joan Miquel Avellí, diseñada en 1910 por Josep Puig i Cadafalch y construída por su alumno Josep Goday, suegro de Cuixart, que en adelante la ocuparía con la
segunda mujer, Victòria Pujoldevall, a quien conoció poco después de afincarse en Palafrugell.
La llegada de Cuixart constituyó un desembarco aristocrático en toda regla, aunque el pintor mantenía relaciones con todos los círculos sociales, tanto los institucionales y burgueses como los artísticos, populares y noctámbulos. Así, el contacto de Modest Cuixart con Josep Pla resultaba inevitable y no fue muy plácido, como dos gallos en un mismo gallinero.
Coincidieron en una de las cenas cotidianas de la pequeña burguesía local en el Círculo Mercantil. Josep Pla quiso poner a prueba al recién llegado y disparó de entrada : “¿Está usted enterado de que este es el pueblo que tiene más hijos de puta por metro cuadrado?”. Modest Cuixart no se intimidó en la respuesta: “¿Entre ellos no debe contarse usted?”. Y el escritor tuvo que conceder: “Veo que gasta usted un humor muy fino...” (Concep Iribarren: “Els grans tertulians de la Vila: Cuixart o l’encant de la bohèmia”. Revista de Palafrugell, marzo de 2010). 
No chocaban tan solo los representantes de dos épocas, sino que aquel diálogo encarnaba, en 1971, el vuelco que el país había experimentado. El nuevo domicilio de Cuixart se encontraba adherido a las instalaciones industriales de la fábrica corchera Amstrong. La misma calle de la Garriga conservaba una proporción de viejas “casas de cuerpo”, les pequeñas edificaciones menestrales de planta y piso. Una de aquellas casitas fue mi primer domicilio palafrugellense, al lado del chalet del pintor Cuixart y también de otra casa para mi igualmente ilustre, aunque mucho más humilde: la antigua barbería de Josep Puig, es decir el legendario cantor Pitu Hermós (hijo del no menos legendario Hermós de Josep Pla) y director del terceto tamariuense conocido por “Abelardo Niño Hermoso”.
Según Josep Martinell, “era barbero de barrio y viudo. Las malas lenguas, que tanto abundan, decían que su mujer se había suicidado porque él no podía cumplir los deberes matrimoniales” (Josep Martinell: "La memòria trossejada. Notes del quadern groc". Revista de Palafrugell, abril del1998). 
En algunas ocasiones la grúa municipal me requisaba el coche, estacionado reglamentariamente delante de casa, dado que el señor Cuixart convocaba una fiesta con invitados importantes y los vehículos oficiales tenían que poder detenerse con comodidad en aquel tramo de calle. La decisión me obligaba a ir a recuperarlo a un depósito municipal situado fuera de la villa. El perfil institucional de Cuixart, en Palafrugell, siempre fue tan acusado como los demás que sostenía simultáneamente. 
Modest Cuixart no frecuentó mucho a Josep Pla. En una larga entrevista que le hice en 1980 para un semanario barcelonés, el pintor declaraba: “A Josep Pla, pese a ser prácticamente vecinos, le he visto muy poco. Yo le admiro, pero qué quiere que le diga, él piensa de una manera y yo de otra”. 
Modest Cuixart era un excelente conversador y un anfitrión muy amable, cuando quería. Seguramente por eso me atreví a decirle sin tapujos, y publicarlo en aquella entrevista: “Antes de presentarme en su casa he leido tres libros sobre su pintura: Conversación con Modest Cuixart, de Paloma Chamorro; La pintura de Modest Cuixart, de Juan Eduardo Cirlot; y Modest Cuixart, de Jean-Jacques Lerrant. Permítame que le diga que, después de leerlos los tres, no he entendido nada de su pintura. Puede pensar, si así lo desea, que soy un zoquete. ¿Pero no cree usted que la crítica de arte y la literatura de divulgación sobre la pintura hablan un lenguaje auténticamente marciano, un lenguaje que no significa nada? ¿De qué sirve escribir sobre pintura si no se logra decir nada inteligible?”. 
Con infinita condescendencia, me contestó: “En general siempre ha sido así. Honradamente hablando, yo no aun no entiendo muchas cosas sobre Velázquez. Tiene razón que el lenguaje es a veces un problema de cultura muy difícil. Recuerdo que a Cirlot siempre le decíamos que no se preocupase tanto por el ‘magma’, siempre estaba hablando del ‘magma’. Pero finalmente todas las manifestaciones humanas son incomprensibles. Con muchos años de cultura se puede llegar a entender que Velázquez es importante, pero dudo que llegue a entenderse la esencia de Velázquez” (Xavier Febrés: “Modest Cuixart: entendre’l, si més no escoltar-lo”. L’Hora, Barcelona 3-3-1980). 
Más que por mis preguntas, tuve la impresión de que le interesaba mimujer, joven y atractiva, que me acompañaba en aquel encuentro (y en la foto adjunta). En el momento de desperdirnos, Cuixart le dijo jovialmente, y así lo transcribí al final de la entrevista: “Usted, de la forma como la han parido, que Dios se lo conserve muchos años”. Era una frase que Josep Pla hubiera podido pronunciar perfectamente. Su amigo y acompañante Josep Martinell, no lo creo. 
El joven pintor Floreal Radresa fue en aquel mismo momento el segundo revulsivo en los ambientes culturales y sociales palafrugellenses. Era el nieto de Francesc “Panxo” Isgleas Piarnau, dirigente guixolense de la CNT y conseller de Defensa del gobierno de la Generalitat durante la Guerra Civil. El nieto practicaba la misma ideología que el abuelo, con ímpetu renovado. Havia nacido en el exilio de Perpiñán el 1946, se había criado en París con la abuela y a continuación en Bruselas con la madre. A los 19 años regresó para estudiar en la Escuela Massana de Barcelona y a los 23 se instaló en el municipio de origen del padre, Domingo “Mingo” Radresa, fundador del Ateneo Libertario Ferrer y Guardia de Palafrugell y ahora marchante de vinos. Floreal llegó con su compañera, la restauradora belga de obras de arte Joëlle Lemmens. 
Modest Cuixart y Floreal Radresa serían en adelante dos puntales de las tertulias de Palafrugell, en las que ya no participaba Josep Pla, pero sí Josep Martinell. Con Cuixart y con Floreal la cara y la cruz del mundo del arte se retroalimentaban cordialmente y cada una reprochaba –o envidiaba— algunos aspectos de la otra. Con las nuevas incorporaciones, la tertulia de Martinell en el bar can Pela perfiló un nuevo triángulo de actividades en el bar L’Arc, junto al arco de la antigua muralla que se asoma a la Plaça Nova, y en la discoteca La Gruta de la calle de las Ánimas. 
Las paredes del bar L’Arc vivieron el incremento de la temperatura de la tertulia, con exponentes recuperados de la generación anterior, junto al siempre dispuesto Martinell: el popular Tomás Cervera de Chez Tomás, el galerista Lluís Heras, los pintores Josep Puig y Rodolfo Candelaria, el anticuario y ex jugador del FC Barcelona Narcís “Ciso” Filosía, el profesor de catalán Jordi Pujol i Cofan... Las nuevas levas aportaron jóvenes pintores com Lluís Bruguera, Toni Agustí, Quim Solé, Joan Abras, Pere Maldonado, Albert Viladrosa, Jordi Sábat, Eduard Bigas Boera, Victor Dolz y Gaetano “Tano” Pisano, la crítica de arte Maria Lluïsa Borrás, el anticuario Lluís Coll, el herrero artesano Lluís Felip Caranta, el caricaturista Miquel Ros... El restaurante L’Arc de la nueva época acabaría por entrar en la leyenda. 
A partir de 1991 me incorporé a la dirección del Gabinete de Prensa de la Universitat de Barcelona y dejé de vivir todo el año en Palafrugell. Seguía acudiendo con regularidad, pero ya no volví a residir de forma estable. El trato con los amigos de la villa se hizo más esporádico. Me convertí en “el fugitivo Xavier Febrés”, como escribía Martinell. Siempre he observado con una admiración encendida, atónita e indestructible a las personas a quien las circunstancias de la vida les han permitido mantener una constancia personal y profesional sin altibajos, sorpresas, rupturas ni giros argumentales, como a algunos de los citados.

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