9 abr. 2014

La pasión de Italia: el corazón, la letra, la memoria

No he vivido nunca en Italia, pero la he recorrido en todas direcciones en épocas distintas y le he dedicado algunos libros. Algunos colegas han tenido oportunidad de residir allí como corresponsales de prensa, otros han vivido en Italia en el marco de la carrera diplomática o consular, de los estudios artísticos becados, en la curia vaticana, a modo de profesores invitados o bien como perfectos rentistas diletantes. No me sitúo en ninguna de esas categorías, tal vez por mi vieja inclinación a la libertad de movimientos, aunque a veces pienso que la pasión que le he mostrado me ha llevado a vivir allí más que los residentes. Comencé a frecuentar Italia de
joven, con el tren de pasajeros (más bien de mercancías humanas) que invertía veinticuatro horas de traqueteo entre Barcelona y Roma. Salía por la tarde de la Estación de Francia y obligaba a cambiar por la noche en la frontera francesa de Cerbère.
Las literas de los compartimentos del tren nocturno se convertían de nuevo por la mañana en espartanos asientos colectivos en la frontera italiana de Ventimiglia. De modo que desembarcaba a primera hora de la tarde en la Stazione Termini romana sin haber cenado ni almorzado ni casi dormido, pero anhelante por tocar el sueño con la mirada y los dedos. 
El trayecto ferroviario resultaba baqueteado, quizás por eso predisponía a valorar la llegada. "É pericoloso sporgersi", tarareaba durante el viaje, saboreando el redactado del cartelito de la ventanilla del vagón como distracción de las largas horas en que lo miraba sin escapatoria, como un ejercicio práctico de italiano, un aperitivo de la música fonética que ansiaba escuchar.
Una vez sobre el terreno, me producía una satisfacción muy intensa que algún amigo, un camarero o una tendera me dijera ante mis voluntariosas expresiones en la lengua del lugar: "Complimenti per il suo italiano!"... Me sentía el hombre más feliz del mundo, convencido de que aquello no me lo dirían nunca en Francia con mi francés ni en Inglaterra con mi inglés, aunque fuesen más trabajados que el italiano espontáneo. 
Encontraba el aire de Italia impregnado por una sintonía, una suavidad y una inclinación que se materializaba de forma recíproca. También podría llamarse amor, supongo, amor correspondido. Muchas otras capitales resultan complicadas e imprevisibles, mientras que en Italia me podía sentir como en casa desde el primer instante. Nada de lo que sucediera desmentía la convicción prejuiciosa de que todo latino tiene dos tierras maternas, la suya y esta. 
A veces mi trayecto ferroviario acababa antes, de madrugada, en Génova o en Milán. Era la hora más mágica y también más inhóspita para desembarcar con la maleta en la mano en una ciudad, sobre todo si a partir de allí todavía tenía que establecer correspondencia con otro medio de transporte para llegar a destino, en algún punto secundario del norte del país. Procuraba encontrar la mejor luz al escenario italiano recién estrenado al alba y apenas maldecía entonces las incomodidades.  
También podía ocurrir que la llegada a Roma fuese solamente la etapa intermedia y tuviera que transbordar a otro tren para llegar a Nápoles o Sicilia. Por alguna razón este último tramo a bordo de los trenes italianos me parecía más cómodo, más adaptado a lo que el usuario podía esperar del servicio público de un país avanzado. Desde los tiempos de Mussolini, los trenes italianos cumplen (salvo en caso de sciopero, que es otra de sus características arraigadas). 
Así, siempre estaba dispuesto a tomar el rudimentario convoy hacia Italia. Las primeras veces iba de vacaciones, aunque el sesgo profesional y las amistades del gremio me llevasen a aprovechar la estancia para escribir alguna entrevista, algún reportaje, algún artículo de impresiones. En forma de libro, escribí por primera vez sobre aquel país en El Mediterrani ciutat, una serie de reportajes publicada en el suplemento dominical de La Vanguardia y acto seguido ampliada en la versión editorial, para describir la actualidad del carácter urbano de ambas orillas de nuestro mar. 
Todas las ciudades del periplo se situaban alrededor del millón de habitantes o lo superaban, excepto Venecia, cuya grandeza no radica en las cifras. En aquel trabajo describí Argel, Túnez, Estambul, Atenas, Marsella, Barcelona, Valencia y, en lo referente a Italia, cuatro de las que había recorrido con el primitivo y entusiasta sistema ferroviario: Roma, Génova, Venecia y Nápoles. Le añadí Milán y Turín en la versión ampliada como libro. 
En Génova apelé a una imagen del poeta y premio Nobel genovés Eugenio Montale, quien afirmaba que su ciudad es "una larga serpiente que ha ingurgitado a un elefante". Se refería al papel histórico del puerto industrial, desplegado en el centro del espectacular anfiteatro urbanizado sobre la orla de la bahía, al pie de la ladera de los Apeninos ligures. Génova no ha sido nunca una ciudad con puerto, sino un puerto con ciudad. Todavía hoy la reconversión de las antiguas instalaciones portuarias hacia otros usos colectivos protagoniza las principales renovaciones urbanas. 
En Nápoles la hospitalidad de la profesora Alessandra Riccio, los encuentros con la novelista Fabrizia Ramondino y las cenas con Giuseppe Grilli me introdujeron a algunos repliegues de la gran capital del sur y a la certeza de que Dios no ha solido estar muy a menudo del lado de los big south en el proceso de formación de los Estados modernos. Tengo un recuerdo igualmente vibrante de los días transcurridos en Parma y sus afueras, en la piana padana --el paisaje del poeta Attilio Bertolucci--, un escenario sobre el que tan solo redacté un corto artículo. 
Experimento la misma sensación deslumbrada a propósito de mis estancias en las montañas de Trento y sus destilerías de grappa, Verona y el mirador de sus lomas sobre la elegante sinuosidad urbana del río Adige, la capilla pintada por Piero della Francesca en el cementerio del pueblito de Monterchi (antes de que la trasladaran a otro edificio más anodino), la altiva acrópolis desconchada del valle siciliano de Agrigento, las tardes de lluvia en Capri, la belleza fuera de circuito de la isla de Ústica y tantos otros puntos de Italia que he transitado con devoción, con amor. 
Me devuelven un recuerdo poderoso y al mismo tiempo demasiado inconcreto, a diferencia de los lugares de aquel país a los que he dedicado libros enteros. Solamente el corazón y la letra impresa han sido capaces de fijar la cantidad de escenas vividas, la memoria no tanto.

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