14 abr. 2014

Josep Pla era un grafómano, no se hable más

El volumen de la producción literaria torrencial, oceánica, selvática, desbocada e irrefrenable de Josep Pla tiene un nombre: grafomanía o su derivado graforrea. Padecía incontinencia creadora. Se trata de una anomalía, una alteración, una alienación, un desorden, un delirio, un exceso, una obsesión. También un legítimo recurso personal en la lucha contra el tedio. Caer en el desorden compulsivo de la grafomanía no puede constituir un juicio de valor, literariamente hablando. Hay desórdenes y excesos geniales. A algunas personas les agrada la abundancia acumulativa, es su perfecto derecho. Otras prefieren una destilación más depurada, articulada, construida, lo cual no garantiza nada por sí solo. En cualquiera
de ambos casos, queda fuera de duda que las dimensiones editadas de la obra de Pla son de una amplitud ostensiblemente exagerada. Se le debe aplicar aquello que él mismo decía, en el volumen 33, El passat imperfecte, a propósito de Léon Daudet: “No se puede olvidar que con una pluma en la mano, Daudet era un poseído, un juguete dominado por fuerzas desconocidas”.
Josep Pla pidió al editor de Destino, Josep Vergés, que sus últimas obras completas editadas a partir de 1966 se pareciesen lo más posible a la colección especializada francesa de La Pléiade. La similitud se detuvo en el aspecto formal, sin la calidad de la revisión crítica. La colección que Pla ponía como modelo a seguir no tiene ningún autor con más de doce volúmenes. Tan solo Voltaire alcanza los catorce, si sumamos los de correspondencia (23.000 páginas en total), seguido por Balzac con doce volúmenes y 21.000 páginas, y Víctor Hugo con nueve volúmenes y 14.000 páginas. La irregular obra completa de Josep Pla en Destino tiene ¡47 volúmenes y 30.000 páginas! 
En el ensayo de Mario Vargas Llosa La tentación de lo imposible, que en 2004 dedicó a la copiosa novela de Víctor Hugo Los miserables, escribe a propósito del ritmo de trabajo del autor francés: “La fecundidad del poeta y dramaturgo emblemático del romanticismo en Francia produce vértigo a quien se asoma a ese universo sin fondo. Su precocidad fue tan notable como su capacidad de trabajo y esa terrible facilidad con que las rimas, las imágenes, las antítesis, los hallazgos geniales y las cursilerías más sonoras salían de su pluma”. 
En el mismo libro se pregunta: “¿Cuánto tardaría aquel titánico lector en leer las obras completas de Víctor Hugo? No menos de diez años, siempre y cuando esa lectura fuera su única y obsesiva dedicación en la vida”. 
El perspicaz Gabriel Ferrater, por su lado, anotaba en el ensayo Tres prosistes: “Pla es un escritor demasiado prolífico y desigual”. Aunque acto seguido añadía: “Si reculamos desde Ring Lardner hasta Mark Twain (quizás pasando por Sherwood Anderson en algún punto del camino), encontraremos a Pla en muchos momentos. Pla, desde luego, no ha alcanzado a escribir un Huckleberry Finn, pero esparcidos por su obra se encuentran los elementos genuinos para hacerlo: una sensibilidad maravillosa ante la naturaleza y la habilidad de poner en palabras las puras sensaciones de lluvia o sol o hierba o agua de mar (ahora dice que se ha impuesto captar el blanco exacto del ajo), y una pasión y un realismo morales muy grandes”. 
Exactamente, esparcidos por su obra. La tarea, la distracción y el placer del titánico lector es rastrear laboriosamente esos “elementos genuinos” de la genialidad del grafómano a lo largo de los 47 volúmenes y las 30.000 páginas de la obra completa, sin contar las ediciones anteriores distintas.

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