14 may. 2014

De una consolación a otra, con algunos descubrimientos

El concepto de consolación se asocia hoy a unos artilugios de sex-shop. En cambio yo guardo un glorioso recuerdo de haberme consolado muy bien en la austera hospedería de la ermita de Nuestra Señora de la Consolación. Ofrece una acogedora situación boscosa a escasa distancia del mar. Se trata de la ermita de Collioure en que los autóctonos celebran tradicionalmente las romerías y comidas festivas, cuando la locura de la temporada turística se lo permite, especialmente en las fechas señaladas del 1 de mayo, el domingo siguiente al 15 de agosto y la fiesta patronal del 8 de septiembre. De aquellos días he guardado, de rebote, un interés por la advocación. Me ha llevado a comprobar que en todas partes se venera esa Virgen, patronímico de las Consuelos. Ahora también opera con el nombre de Consolación un hotel rural de lujo en Monroyo (Matarraña). En París me ha refugiado algunas veces en la calma de la bellísima capilla neobarroca Notre-Dame de Consolation, cerca del puente del Alma, abierta todo el día y a veces
con oferta de conciertos. He descubierto asimismo que Consolación es el título de distintos tratados filosóficos de Séneca, de Cicerón, de Plutarco y de Boecio, así como un género de oratoria grecolatina destinado a confortar a los familiares en un funeral. También es un género musical, en el que han descollado las “Consolaciones” de Franz Liszt para piano, entre ellas la pequeña joya de la nro. 3, como la ermita de Collioure que fue el detonante de mi curiosidad. Verdaderamente, quien no se consuela es porque no quiere.

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