22 jul. 2014

¿Dónde han ido a parar los recitadores de poesía?

Saber recitar, ser capaz de declamar un fragmento poético en público, era antes una habilidad casi popular, practicada con frecuencia en las sobremesas al mismo nivel que las canciones de fiesta. Hoy los rapsodas son un oficio extinguido, la capacidad de recitar en público se ha visto devaluada. El bachillerato de letras ya no forma recitadores ni público amante de los recitadores. Por eso me maravilla cada vez que, en una última manifestación residual, alguien todavía se arranca en una sobremesa propicia con un poema elegido, memorizado y declamado con sello personal. El otro día experimenté de nuevo esa fortuna momentánea, cuando el actor Joan Anguera (en la foto) quiso
contribuir a la sobremesa de una “cargolada” en casa del cantante rosellonés Pere Figueres con el recitado de un poema, junto a las canciones que interpretaba el anfitrión a la guitarra.
Escogió “L’ós Nicolau”, de Salvador Espriu, aunque es igualmente un reconocido especialista del recitado de Shakespeare, de Josep M. Sagarra y de la prosa de Josep Pla. No se limitó a un fragmento, sino que recitó entera la larga tirada de versos, con incorporación del lenguaje caló, que concluye: “Ha bailado el oso Nicolau donde yo quiero que se me entierre: en Sinera, a orillas del mar”. 
Retornar la plena vida fonética a un poema ya solo se encuentra al alcance de grandes actores como Joan Anguera, pese a haber sido una práctica más general. La exhibición espontánea, llana y experta de Anguera me llevó a recordar otras sobremesas grabadas en la memoria por el mismo motivo, como la noche en que un abogado italiano amigo de la familia contribuyó espontáneamente a la velada en la casa barcelonesa de Xavier Muñoz con el recitado, aprendido en el bachillerato de su país, del soneto de Dante: “Tanto gentile e tanto onesta pare la donna mia quand’ella altrui saluta, ch’ogne lingua deven tremando muta, e li occhi no l’ardiscon di guardare. Ella si va, sentendosi laudare, benignamente d’umiltà vetusta; e par che sia una cosa venutada cielo in terra a miracol mostrare. Mostrasi sì piacente a chi la mira, che da per li occhi una dolcezza al core, che’ntender non la può chi non la prova; e par que de la sua labbia si mova un spirito soave, pien d’amore, che va dicendo a l’anima: sospira”. 
Néstor Luján, que era otro recitador exquisito, escribió a propósito de las comidas que celebraban los colaboradores del semanario barcelonés Destino: “Y quisiera cerrar estas notas con el recuerdo de una comida inolvidable y una sobremesa extraordinaria que celebramos en Casa Nieves de La Escala. Aquel día estábamos Josep Vergés y Joan Teixidor, y subieron Joan B. Solervicens, Brunet y Josep Pla. Tras hablar de todo lo divino y lo humano, Joan B. Solervicens, a ruegos de Manuel Brunet, comenzó a recitar versos (Solervicens, Brunet y Pla coincidieron el año 1937 en Roma y eran amigos). Recuerdo que entró en las estrofas del Canigó de Verdaguer con una violencia de titán aterradora. Aquellos versos únicos de Verdaguer hacían ponerse de pie. Luego le pedimos que recitase el Canto quinto del Purgatorio, que era el que emocionaba más a Solervicens y lo recitaba de un modo prodigioso. Y al llegar al final, cuando Dante habla de la dulce sienesa Pia di Tolomei --que su marido injustamente hizo morir encerrada en una torre--, Solervicens se transfiguró. Y recitó el final de una forma inolvidable, exprimiendo el jugo de oro de cada palabra:’Ricorditi di me che son la Pia: Siena mi fè, disfecemi Maremma salsi colui che'nnanellata pria disposando m'avea con la sua gemma’. Entonces el entusiasmo alcanzó casi los delirios del sagrado tarab que, según dicen, sacudía a los oientes árabes al escuchar a los grandes recitadores. Josep Pla lloraba" (Nèstor Luján: "Records personals de Manuel Brunet". La Vanguardia, 20-6-1989).

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