29 jul. 2014

La dificultad comprobada de entrar en el laberinto, no solo salir

El editor italiano de libros de lujo Franco Maria Ricci ha presentado en Milán el nuevo volumen ilustrado Labirinti y para celebrarlo ha anunciado que en 2015 abrirá un laberinto de 3 km con cañas de bambú dedicado a Jorge Luis Borges en su residencia campestre de Fontanellato (Parma), donde alojó al escritor argentino en alguna ocasión, así como alojó sus obras en la colección Biblioteca de Babel del sello FMR. La explicación ofrecida por el editor Ricci es, de momento, lo más sustancioso de la iniciativa en Fontanellato: “Una tarde quise ofrecer un cocktail en honor a Borges con cuatro amigos, pero se presentaron 500 desde toda
Italia. Un delirio. En los días sucesivos logramos quedarnos algo más solos y, paseando por el parque, con el acuerdo ya establecido sobre la Biblioteca de Babel, tuve el impulso de decir a Borges: ‘Me gustaría construir un laberinto, ¿me da alguna idea? Pero no un laberinto cualquiera, quiero hacer el mayor laberinto del mundo’. Entonces Borges me disparó el tiro de gracia: ‘El mayor laberinto del mundo ya existe y no se puede superar: es el desierto’. Me desanimó, aunque posteriormente he soñado de nuevo con mi laberinto”. 
El laberinto de Ricci dedicado a Borges en Fontanellato se ha visto adelantado por el de la Fundación Cini de Venecia, en la isla de San Giorgio Maggiore. Inauguró en sus jardines el año 2011 una réplica a menor escala (3.250 arbustos de boj) del que construyó el diseñador inglés y “laberintologista” Randolph Coate con 12.000 arbustos de la misma especie en la aristocrática finca Los Alamos de la familia Aldao-Bombal (hoy hotel rural de lujo) en la ciudad argentina de San Rafael (Mendoza), inspirado en el poema borgeano “El jardín de los senderos que se bifurcan”. 
Me hubiera gustado recorrer pausadamente esos dos laberintos dedicados a Borges, si en el primer caso hubiese conocido su existencia y en el segundo me hubieran dejado entrar. Visité en dos ocasiones la ciudad de San Rafael, en 2008 y 2009, y nadie me habló de ningún laberinto. Pocos meses atrás reservé por correo electrónico una visita al de Venecia, tal como indica su web que debe hacerse, pero una vez llegado a sus puertas el acceso se encontraba suspendido porque la fundación acogía no sé qué congresos. La entrada a algunos laberintos es laberíntica, con una cierta lógica interna. Me contenté con recitar en la reja el poema de Borges “El hilo de la fábula”: “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”... 
Desde los albores de nuestra civilización los laberintos ejercen un atractivo mítico gracias a la leyenda del Minotauro y el hilo de Ariadna, recuperada por el Renacimiento en la versión de juguetones jardines neoclásicos. Para conmemorar el tercer centenario del que sigue abierto en el palacio de Hampton Court (a orillas del Támesis y media hora de tren de Londres, cuya solución del recorrido figura en el artículo correspondiente de la Enciclopedia Británica), los ingleses decretaron en 1991 el Año de los Laberintos y sumaron 15 nuevos a los 88 existentes en el país. También Italia, como foco del Renacimiento, dispone de laberintos ilustres: el de Villa Barnarigo en la localidad de Valsanbizio di Galzignano (Padua, inaugurado en 1688 a lo largo de 3 km de recorrido ajardinado), el del Giardino Giusti en Verona o el de Villa Pisani en Stra, también a las puertas de Padua.
En Barcelona el Laberinto de Horta, abierto en 1802 en la finca de los marqueses de Alfarrás y actualmente parque municipal, es el más importante de toda España y una muestra notable de jardín neoclásico, abierta al público de par en par, cada día, sin reserva previa.

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