30 sept. 2014

El altar de Pérgamo proclama en Berlín una renovación, antigua y actual

La joya de la corona de la Isla de los Museos de Berlín, el altar de Pérgamo, recibe cada año 1,3 millones de visitantes admirados tanto por la pieza monumental bien conservada como por el dispositivo museístico que le montaron los alemanes el año 1930, en una sala de grandes proporciones con luz natural filtrada a través del techo de cristal. La acaban de cerrar para restaurarlo a fondo, en una operación que se prolongará durante quince años y que obliga a hablar de nuevo de esta obra excepcional del siglo II aC, así como del interés helenístico de los alemanes. El templo de Pérgamo fue redescubierto en 1871 por el arqueólogo
alemán Carl Humann y su parte de frontal de 35 metros de ancho trasladada a piezas a Berlín, con permiso del desinteresado ocupante turco de la antigua ciudad griega, situada a 30 km del mar frente a la isla de Lesbos. A raíz de la Segunda Guerra Mundial fue desmontado de nuevo y llevado al Museo del Hermitage de San Petersburgo, quien lo devolvió a los alemanes en 1959.
El altar de Pérgamo proclama en Berlín que algunos de los mayores helenistas de los últimos siglos han sido alemanes. La antigüedad clásica se vio reivindicada en Alemania de forma pionera desde el siglo XVIII por Johann Joachim Winckelmann, fundador de la nueva visión de la historia del arte como disciplina moderna y de la recuperación del ideal helénico como canon estético, seguido por los poetas-filósofos del primer romanticismo como Novalis, Schiller, Hölderlin, Goethe… 
El Primer programa de sistema del idealismo alemán, redactado en común hacia 1796 por Schelling, Hegel y Hölderlin, se refería a los clásicos grecolatinos no solo como una mitología literaria, sino como una mitología de la razón. Tomar conciencia del legado clásico representaba un humanismo nuevo frente al rigorismo protestante, una reivindicación de los sentidos, una transformación cultural y social, un deseo de renovación y modernidad de la burguesía germana en ascenso, por encima del aristocratismo anclado en el prestigio del pasado medieval. 
El Siglo de las Luces –las luces del conocimiento colocadas en en lugar que hasta entonces ocupaba la luz divina— tomaba el nombre por contraste con la oscuridad, el oscurantismo, las supersticiones de la Edad Media. En el ensayo Qué es la Ilustración, Emmanuel Kant lo definió de modo contundente: “La Ilustración significa el movimiento del hombre para salir de una puerilidad mental de la que él mismo es culpable. Puerilidad es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra persona. Esta puerilidad es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino de decisión o valor para pensar sin ayuda ajena. Sapere aude. ¡Osa servirte de tu propio entendimiento! Esta es la divisa de la Ilustración”. 
El Siglo de las Luces no fue solamente francés, no fue solamente el siglo de Descartes, Montesquieu, Voltaire y Rousseau. También fue el de Emmanuel Kant en Alemania, el de John Locke, Thomas Hobbes, David Hume y Adam Smith en Inglaterra, el de Benjamin Franklin en Estados Unidos. El altar de Pérgamo trasladado, expuesto y ahora de nuevo en restauración en Berlín lo evoca, lo proclama.

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