22 sept. 2014

Salir en la tele para vender libros, para vender cualquier cosa

Hace poco me decía, apesadumbrado, un conocido escritor: “Tan solo mantengo mi participación en tantas tertulias políticas de las teles para después vender libros”. Me contaba que de esta forma le pedían muchas más presentaciones de sus obras a lo largo del país y le invitaban a actos públicos de todo tipo, en los que de paso puede publicitar o vender sus libros. Vender más ejemplares le da acceso a un mejor trato por parte de las editoriales y a algún premio literario de vez en cuando, todo en función de su aparición regular en la tele y, en alguna medida, de la calidad de lo
que escribe. Si no saliera en la tele, la difusión de sus libros caería en picado.
Hasta hoy dábamos por sabido el fenómeno de los autores “mediáticos”, los profesionales de la televisión que ocasionalmente escriben algún libro y aprovechan la popularidad para vender más que nadie. Pero ahora son los propios escritores, al menos algunos, quienes se plantean la carrera literaria alrededor de ser vistos por el potencial público lector como “aquel que sale en la tele”, convertido en una especie de llave maestra. 
La tendencia no es exclusiva de los escritores. El nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha participado en pocos días en programas televisivos de entretenimiento como “Sálvame” o “El Hormiguero”, dentro de una estrategia confesa que pretende emular el capital adquirido por el dirigente de Podemos, Pablo Iglesias, en las tertulias políticas de la tele. También los economistas, por poner otro caso, han generado últimamente auténticas estrellas de la televisión, utilizadas como oráculos, por no decir gurús, de la situación general y su futuro. El papel reservado hasta ahora a tonadilleras, toreros, actores y otras figuras consideradas “populares”, se ha extendido como condición imprescindible de proyección social a las profesiones que habían permanecido a relativa distancia del fenómeno. La televisión se ha convertido en un sospechoso monopolio de popularidad. 
Vi nacer a la televisión en las casas particulares como uno de los inventos más fascinantes y adictivos de mi infancia, aunque ya entonces parecía sospechoso el vivo interés del ministro de Información del gobierno de Franco, Manuel Fraga Iribarne, en repartir televisores subvencionados a todos los centros de reunión social de pueblos y ciudades del país. Pronto ya no fue preciso subvencionarlos de aquella forma. 
En la televisión de hoy –y de rebote en la radio y la prensa escrita-- todo se presenta fragmentado y desmenuzado, dentro de una rapidísima cascada cotidiana. La razón de ser de las cosas que suceden no siempre interesa, solo su flash simplificado. La información se puede trocear para comercializarla, el saber no tanto. Informarse es recibir datos, saber es que cada uno los entienda con sus medios mentales. 
El objetivo no es hoy que la gente entienda, solo que consuma con rapidez. Se ha enquistado la fiebre de la rapidez en la difusión de la noticia, como si saberla en el mismo instante o pocos minutos después de producirse fuese un valor principal. Se ha convertido en un consumismo de usar y tirar titulares, en vez de asimilar lo que cada información pueda tener de importante para cada uno en términos individuales o colectivos. La idea de reflexión se ha visto recubierta por la etiqueta abusiva de aburrimiento. La lentitud se ha visto ridiculizada. 
La información se ha transformado en una mercadería a beneficio de determinadas empresas e instituciones. La cultura de masas en sus manos fomenta el retroceso hacia el saber limitado a las minorías capaces de resistir el bombardeo de información con recursos de discernimiento por encima de la media. La televisión no es intrínsecamente perversa, es fácilmente perversa. La distancia entre una cosa y otra es el equilibrio de cada momento entre la presión de los negocios y el interés colectivo de la sociedad. La novedad que vi nacer en los domicilios particulares en mi infancia se ha convertido en el punto focal de aquellos domicilios y en un dispensador abusivo de popularidades. Y ha generado en poco tiempo negocios fabulosos, déficits públicos similares y una idiotización interesada.

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