22 oct. 2014

Algunas puestas de sol dignas de aplaudir: gustos personales y generales

El sol sale para todos. También se pone para todos y da lugar a crepúsculos que, algunos días, constituyen el gran momento del espectáculo sin taquilla del cielo. En Barcelona el sol se oculta por la colina de Sant Pere Màrtir. Cuando vivía en un piso alto orientado a poniente, dejaba cualquier tarea que estuviese realizando para embelesarme ante aquellos instantes de luz muriente y al mismo tiempo deslumbrante, triunfal, cuando el día se convierte en atardecer iluminado, culminante, de un palpitante color de calabaza. No llegaba hasta aplaudir, porque eso queda reservado a algún crepúsculo de los dioses en los
jardines del Pincio de Roma, el malecón de La Habana, el Corcovado carioca, el paseo marítimo de Málaga o La Caleta de Cádiz, el mirador de San Nicolás granadino frente a la Alhambra y Sierra Nevada, algunos chiringuitos de playa de Mallorca (el Mirador de Sa Foradada en Deiá), de Ibiza (el Café del Mar o al lado el Café Mambo) o el Caprice Bar de Mikonos, la laguna rosellonesa de Leucata como platea trémula del macizo de las Corberas, en Saldes ante el Pedraforca, en Salardú ante el Montarto, en Meranges ante la sierra del Cadí, en el Fangar del delta del Ebro o en la playa de Roses. Donde la aplauden más es en los chiringuitos de Ibiza, aunque tengo la impresión que el público y los disc-jockeys ya llegan con la euforia incorporada.
Dicen los cronistas latinos que las primeras legiones romanas que llegaron al Finisterre ibérico se estremecieron, víctimas de un “religioso terror”, al ver el disco solar hundirse en las oscuras aguas del Atlántico. Josep Pla escribe que cuando los pintores Santiago Rusiñol y Joaquim Mir se encontraban en Mallorca, acudían juntos a contemplarlo desde el Castell del Rei, en Pollença. “Un día que el ocaso no les gustó, lo silbaron”, asegura.
Julio Cortázar confiesa en el cuento “Un tal Lucas” que si fuese cineasta se dedicaría a cazar crespúsculos y pondría en ello la misma exigencia que con las palabras, las mujeres y la geopolítica. Los norteamericanos de la revista Travelers Digest invirtieron los dólares necesarios para recorrer el mundo y fotografiar las diez mejores puestas de sol a su entender: en el Taj Mahal, en Ciudad del Cabo, en la isa de Sentosa (Singapur), en Santa Mónica (California), en les pirámides de Gizeh, en la playa de Ipanema, en el Grand Canyon del Colorado, en las Maldivas, en Santorini y en el Serengueti (Tanzania). 
Yo sigo prefiriendo el tramonto desde el Pincio romano y el de la colina de Sant Pere Màrtir barcelonesa, que solo alcanza la grandiosidad que merece en esos instantes tan cotidianos, tan victoriosos.

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