1 oct. 2014

Monica Bellucci se hizo inmortal en la Plaza del Duomo de Siracusa

La doble página central del diario La Vanguardia estaba dedicada ayer a la bellísima actriz italiana Monica Bellucci --con las fotos correspondientes, claro está. Tras leer el artículo no se adivinaba ningún motivo de actualidad, ningún pretexto noticioso que diese pie a la doble página sobre la actriz. Llegué rápidamente a la conclusión que la Bellucci no necesita ningún motivo concreto para que le dediquen una doble página central –con las fotos correspondientes. Sin embargo, por más vueltas que le den a su figura, para a mi será eternamente la protagonista de la película Malena, dirigida el año 2000 por Giuseppe Tornatore en
escenarios sicilianos y especialmente en la Plaza del Duomo de Siracusa, que es uno de los lugares más bonitos del mundo.
En el sur de Italia y con mayor razón en Sicilia, la llamada Magna Grecia representó tres mil años atrás el Nuevo Mundo, la América de Grecia. De aquel modo Siracusa se convirtió en la Nueva York helénica, la segunda ciudad en importancia después de Atenas. Hoy uno de los privilegios de Siracusa es su Plaza del Duomo, el centro de gravedad rambleante del barrio histórico, con múltiples edificios institucionales en su perímetro y las terrazas de café igualmente institucionalizadas. Son uno de los puntos donde la belleza urbana de la Italia barroca provoca una fascinación más adictiva e incombatible, uno de los puntos donde no se es preciso más que sentarse y dejar pasar el tiempo y la gente para que se produzca el milagro de la posesión fugaz de la belleza. 
La catedral es una transformación convicta y confesa del templo griego de Atenea, uno de los más célebres de la antigüedad, al que añadieron la fachada barroca tres el terremoto de 1693. La plaza de la catedral goza del honor de estar cerrada al tráfico rodado. La iluminación nocturna la convierte, también de noche, en un punto excepcional. El carácter no deriva tan solo del dibujo del espacio y las piezas arquitectónicas, sino del tipo de vida que le pone la gente gracias a la facilidad climática para utilizar la calle, el aire libre urbano, esmaltado por el sol meridional. La luz solar ha creado aquí una educada escuela, incluso en el alumbrado eléctrico, como entendió perfectamente el director Giuseppe Tornatore al situar en esta plaza varias secuencias del film Malena, el primero que rodó con capital norteamericano tras ganar el Óscar a la mejor película extranjera por Cinema Paradiso. 
Aquellas secuencias de Malena no estaban protagonizadas solamente por la belleza de la Plaza del Duomo siracusana, también por la belleza de la actriz Monica Bellucci, quien se paseaba igualmente majestuosa, mientras la devoraban con ojos lascivos y hambrientos todos los figurantes de la escena, así como los espectadores posteriores. La película resultó una obra menor, excepto en la localización de los exteriores y la exhibición de la Bellucci, dos acusados factores de atracción. 
La actriz no interpretó ningún papel relevante, más allá de la ostentación de su figura relevante. La belleza pasiva de la Plaza del Duomo y la belleza activa de la Bellucci llenaban la película, en un duelo en que ambos elementos sostenían la nota. Las dos bellezas procedían de méritos muy distintos, sin embargo me pareció que la exhibición de una Venus en movimiento de la era del cine no luciría nunca más como la insípida y agraciada Bellucci mientras paseaba rumbosa por la Plaza del Duomo de Siracusa. 
Cualquiera puede repetir aquellas secuencias en vivo y en directo todos los días del año. Se trata de contemplar el paso de las imperfectas bellucis reales en las terrazas de café de la Plaza del Duomo siracusana, mientras el observador se deja excitar el paladar y enturbiar ligeramente la mente bebiendo un amaro con ghiaccio, tal vez dos. Una plaza sin terrazas de bar es una plaza viuda. Siempre que puedo regreso a la Plaza del Duomo de Siracusa a beber un amaro con ghiaccio, tal vez dos, mientras cada nuevo cliente de la terraza se acerca a mi solitaria mesa a pedirme permiso para despojarla de alguna de las cotizadas sillas vacías. Les contesto con espontánea amabilidad: "Prego, signora, si accomodi. Mancherebe...". 
Allí la condición de solitario desentona y paga suplemento como en todas partes. Aun así, la vida siempre me ha parecido un poco mas piacevole en Italia. Admito mi falta de neutralidad, feliz de comprobar allí, siempre, que me queda una ilusión fantasiosa frente a la muralla de la realidad. Auguri a tutti!

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