6 oct. 2014

Un baño de bosque en el Montseny, la montaña del otoño

Los bosques de abetos situados más al sur de Europa, los castaños corpulentos, los robles enrocados, los álamos y chopos de ribera, las copas densas de los olmos, la redondez de los almeces, el refinamiento infuso de los tilos, las encinas retorcidas y las hayas filiformes dan al Montseny un aire de balada centroeuropea, de selva negra germánica, de alpina helvética. Las brumas matutinas se levantan como un souflé de la alfombra de helechos y enebros, de los setos de arándanos y espinos, las matas de brezo y barrón, hasta disolverse en el cielo. Jaume Bofill i Mates se adjudicó el pseudónimo poético de caballero medieval Guerau de Liost y con este nombre
publicó en 1908 el poemario La muntanya d’ametistes. “El Montseny es en su obra el símbolo de la pureza, del paraíso perdido, de las formas de relación perfectas”, escribe el crítico Enric Bou. Josep Carner, a quien está dedicado el libro, lo calificaba sin pizca de ironía ni malicia como una “Divina Comedia vegetal y rupestre”. Y el prologuista de la Obra Poética Completa de Guerau de Liost, su primo Jaume Bofill i Ferro, sentenciaba en un arrebato noucentista que hoy suena a mandolina tardoromántica: “Ningún rincón de Cataluña se ha visto sometido a una elaboración intelectual tan intensa y tan acabada, a una corrección tan sapiente. Es ahora un país depurado, arbitrado, pulcro”...
La piedra preciosa de la amatista, que el autor relacionaba por analogía poética con el macizo del Montseny por el manto arbustivo violáceo que forman las landas secas del brezo, era una de las gemas cardinales, junto con el diamante, el zafiro y la esmeralda. Luego se descubrieron grandes yacimientos de amatista, sobre todo en Brasil, y ahora se suele vender como simple mineral. 
La montaña de amatistas del poeta Guerau de Liost es lo más aproximado que tenemos al countryside de Jane Austen, nuestro Hampshire de orgullo y prejuicio, de sentido y sensibilidad. La montaña de amatistas es en la actualidad un calificativo difuso y romántico, pero el calificativo perdura, al menos en la medida que perdura la resonancia de la poesía en la sociedad actual.
El color morado que atribuye al Montseny la visión alejada de su masa vegetal y mineral no es muy distinto al de muchos otros macizos mirados con el mismo afecto, aunque este posea una virtud específica: su proximidad a la conurbación de Barcelona, el uso asentado como lugar de villegiatura de la burguesía urbana. Alfonso XIII firmó en 1928 el primer decreto-ley de protección del Montseny, preludio de su actual condición de parque natural. El observatorio meteorológico del Turó de l’Home se abrió en 1932.
Tuve el primer atisbo directo de esas “amatistas” cuando gocé de la hospitalidad de Llorenç Gomis y Roser Bofill en Can Balet del municipio de Viladrau, en el corazón del Montseny más literario. Roser Bofill formaba parte activa del linaje del poeta Guerau de Liost y su entusiasmo contrastaba –al mismo tiempo que encajaba admirablemente— con la circunspección de Llorenç, que yo había tenido de profesor en la Escuela de Periodismo cuando todavía se llamaba Lorenzo, igual como conocí a Roser de estudiante en aquellas aulas. Llorenç Gomis había adoptado el viejo noucentisme señorial del Montseny. Poseía unos ojillos vivos que lo observaban todo con recóndita avidez. Llevava la sonrisa siempre puesta. Se abstenía de opinar, más aun de juzgar en voz alta. Era un hombre reflexivo, contemporizador y respetuoso, apoyado en la viveza de su compañera y el ajetreo generacional de las cuatro hijas. Ostentaba desde joven una calvicie senatorial y una pulcra barba tipo collier, sin bigote, más elegante si cabe que la de Josep M. Castellet, suponiendo que eso sea imaginable.
Para pasar el rato íbamos a coger moras, frambuesas y arándanos, que las señoras de la casa destinaban a preparar confituras, jaleas y elixires con visible dominio. Se requería un cierto criterio para cogerlas de los distintos tipos de arbustos, un criterio que ellas poseían con discernimiento heredado, dinástico, casi heráldico. Me llevaron a visitar Ca l’Herbolari, la casa solariega de los Bofill, como si se tratase del templo de un pasado que no alcancé a adivinar. El lugar era húmedo, sombrío y triste, aunque revestido de majestad en sus palabras. No las entendí. Ahora las entiendo algo más y escribo sobre el Montseny en otoño con aquel punto devoto de orgullo y prejuicio, de sensibilidad y sentimiento.

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