18 nov. 2014

Defensa sentimental de los pubs ingleses, quizás un poco tarde

La última edición de la Good Pub Guide establece que en el Reino Unido operan 49.5000 pubs, cierran 1.400 cada año y durante el próximo trienio desaparecerán 4.000 por falta de adaptación al mercado de estos abrevaderos de cerveza. En vez de alarmarse, lo celebra. Insinúa que la institución debe ponerse al día o morir. El argumento me causa una cierta desazón, porque solo recorta por abajo. El popular bar de la esquina en ciudades y pueblos ingleses constituye una tradición que creía solidísima y a la que siempre he rendido devoción, con serias dificultades iniciales. Lo primero que intenté al llegar de visita debutante a Londres en 1969 fue tomar una cerveza bitter o una ale en algún pub, la segunda visitar la tumba de Marx en el cementerio de Highgate y la tercera asomarme a los grandes almacenes Harrods. La más complicada de todas resultó ser la primera. Me llevó a entender, sorprendido y desarbolado, la diferencia cultural que nos separaba. La libra esterlina aun tenía 20 chelines y 240 peniques (no los prosaicos 100 peniques impuestos por la decimalización dos años más tarde). Las cosas se medían o se pesaban a la manera imperial en yardas, pies, pintas, onzas y
galones, dado que el sistema métrico decimal no se adoptó hasta 1995.
El autobús hasta el cementerio de Highgate funcionaba con una flema sin misterio. A Harrods conducía casi espontáneamente la corriente. Sin embargo entrar en un pub constituía entonces una aventura indescifrable para los forasteros. Cuando el establecimiento era de alcohol “licensed” no era la hora, y viceversa.
No lo habría logrado sin la ayuda samaritana de un residente, quien consiguió con comodidad pasmosa que nos sirvieran la cerveza que hasta aquel instante me había resultado inaccesible pese a mis intentos reiterados. La regulación alcohólica y los extrañísimos horarios legales de los pubs --el toque de queda impuesto por las autoridades desde la primera mundial de 1914-- se mantuvieron hasta 2005. 
Llevo algún tiempo sin acudir a Highgate, me gustan francamente más los almacenes Selfridges y los pubs que no han echado el cierre se han acostumbrado a las extravagancias de los forasteros o reconvertido en franquicias multinacionales. No dejo nunca de ir al Hog in the Pound a comer el pastel de carne, como una tradición personal iniciada en aquella primera ocasión. La última vez lo encontré cerrado y saqué la foto que acompaña este artículo. Probablemente necesitaré de nuevo la ayuda de un samaritano local para moverme en los pubs de hoy.

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