5 dic. 2014

El prodigio de la ascensión retorna a la “zona cero” de Nueva York

Trece años después del 11-S, este mes de noviembre ha abierto las puertas el nuevo rascacielos de 104 pisos que ocupa el lugar de las Torres Gemelas en Nueva York, en las que murieron 2.700 personas. No se realizó ningún acto inaugural, no se cortó ninguna cinta. Se trata del rascacielos más alto del hemisferio occidental, aunque no creo que ese sea su principal mérito. El edificio quiere simbolizar la capacidad de superar la barbarie del terrorismo, un retorno a la normalidad, una mirada al futuro. Nueva York se caracteriza por haber sabido convertirse en capital del mundo al precia que sea, capital del capital y capital de capitales. La habitaban apenas 300 años atrás una tribu de indios en taparrabos cuando las otras metrópolis encauzaban
ya la revolución industrial. Hoy lo lidera casi todo desde la cima de un Olimpo compacto de edificios que se definen por la pretensión de tocar el cielo, más concretamente rascarlo.
La nueva Babel reta a las magnitudes para desafiar no se sabe bien a quién, para superar no se sabe bien a qué, para engrandecerse no se sabe bien cómo, para forzar los límites, acumular e intentar rascar el cielo. Las tres cuartas partes de la población se sale con la suya de una forma u otra. La última cuarta parte vive por debajo del umbral de pobreza. La proporción se considera globalmente positiva. 
Recuerdo con precisión a las desaparecidas Torres Gemelas por la escena milagrosa de la ascensión de los oficinistas que yo acudía a contemplar a primera hora de la mañana. Trenes de cercanías y metro descargaban a miles de commuters a la vez en la estación existente bajo las torres donde trabajaban 50.000 empleados. El alud de oficinistas al galope se desataba cada mañana a hora fija, a lo largo de la corta distancia comprendida entre los andenes de la estación subterránea y las respectivas mesas de despacho, en alguno de los 110 pisos de cada una de ambas torres. La estimación numérica me parecía quedarse muy corta ante lo que yo presenciaba en vivo, un espectáculo de evolución de masas como ya no mueve ningún ejército ni ningún productor de cine (salvo, tal vez, los efectos 3D de los peplums de Ridley Scott). 
Aquel espectáculo reservaba un instante prodigioso: los quince segundos durante los que el magma humano se peinaba en orden perfecto sobre las diez escaleras mecánicas paralelas que comunicaban a los andenes inferiores con el primer vestíbulo distribuidor del edificio. Al acceder a los peldaños automáticos, las miles de unidades humanas individuales en frenético movimiento se inmovilizaban de golpe, por unos pocos instantes, en minuciosa formación de diez de frente. Se inmovilizaban pero no se detenían. Se abandonaban a otro tipo de movimiento, a un nuevo milagro de la ascensión desde la cripta de la tierra hasta las cimas que pretenden rascar el cielo. 
Los miles de empleados adquirían durante aquellos segundos una levitación majestuosa y sosegada, prevista y automática. En el momento de abandonar las escaleras mecánicas, retornaban al hormigueo caótico de la nueva Babel, gobernado en realidad por la férrea brújula del reloj de fichar en el trabajo. Cada punto infinitesimal del océano de cabezas, corbatas y medias negras sabía dónde iba con una exactitud sin fisura. Les esperaba una silla concreta en un lugar estrictamente delimitado y a una hora precisa. Inmersos en la sopa de gente, me costaba imaginar que cada oficinista era un mundo, cada persona un destino. 
Muchas mañanas a primera hora iba a ensimismarme ante aquel espectáculo de la ascensión de los oficinistas, acodado en la barandilla del vestíbulo superior. Hasta que un día derribaron ambas torres y sepultaron a sus habitantes. Ahora los oficinistas ya han regresado.

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