20 ene. 2015

Elogio breve y convencido de un día de color gris

Ayer hizo un día gris y pensé que este color tiene mala reputación por alguna razón infundada. Se emplea como sinónimo de monotonía o mediocridad, como si este tono de la gama cromática equivaliese al blanco sucio, al medio luto, a un tono apesadumbrado, sordo, átono, indeciso, macilento, desalentado, lívido y plomizo. Todo eso es un error vulgar. No valorar la riqueza del gris es un problema de materia gris. Representa uno de los colores de mayor plenitud, el de los matices más sutiles y elegantes. Valorar el espectro del gris significa un arte mayor: del gris perla casi translúcido y el exquisito gris plateado hasta el acharolado, el gris humo, el gris asfalto, el gris metálico y reluciente del estaño... Es el color majestuoso de los
olivos y de la ciudad de París. Con eso está todo dicho y debería ser suficiente para rebatir la leyenda infundada.
Leí en el diario que precisamente ayer, además de lloviznar, era el “Blue Monday”, el día considerado por algunos psicólogos estrafalarios como el más triste del año per una fórmula matemática que combina variables como la finalización de las fiestas, la llegada del frío y la “cuesta de enero” económica. En el mundo conviven respetables gustos y teorías para todo, naturalmente, sobre todo entre aquellos que confirman el refrán de “Quien no tiene nada que hacer, peina al gato”. Ayer debía ser un bellísimo y ronroneante gato persa de pelo gris, tan sedoso.

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