12 ene. 2015

La Revolución francesa de ayer y la que espera a mañana

El republicanismo francés, hijo de la Ilustración y la Revolución de 1789, ha consolidado un régimen en que el laicismo, la separación de la religión de los asuntos públicos, ha sido un pilar constitutivo, hoy asentado. La religión es una seña de identidad privada, no de la vida civil democrática. La libertad de expresión incluye el derecho a la irreverencia y la sátira, también la sátira impía de las distintas religiones. Algunas organizaciones islámicas francesas denunciaron ante la justicia al semanario Charlie Hebdo cuando en 2006 reprodujo las caricaturas de Mahoma publicadas por la revista danesa Jyllands-Posten. El juicio tuvo lugar al cabo de un año y el tribunal absolvió al semanario. La cuestión quedó entendida, desde un punto de vista democrático. Junto
a este hecho, Francia es por antiguas razones coloniales el país con mayor población musulmana de Europa occidental (8% del censo, 5 millones de personas). En Europa viven 44 millones de musulmanes, muchos con  la nacionalidad de su país de nacimiento o residencia. Una parte sensible de los franceses musulmanes se encuentran marginados desde tres o cuatro generaciones atrás en les extensas banlieues periféricas, los polígonos de viviendas sociales dejados de la mano de Dios y sometidos al fracaso escolar, al paro, la desigualdad, la falta de expectativas, el subdesarrollo interno, la hostilidad, la humillación, el sentimiento de exclusión y no de pertenencia. 
La diferencia no es primordialmente religiosa ni cultural, sino de oportunidades de integración social. Una de las enseñanzas más sobrecogedoras de los últimos días ha sido el tuit imaginario atribuido al policía francés musulmán Ahmed Merabet, cobardemente rematado en el suelo por los terroristas: “Soy Ahmed, policía muerto. Charlie ridiculizó a mi fe y he muerto defendiendo su derecho a hacerlo”. 
El principio que expresa ese tuit tan divulgado resulta impecable, pero silencia el problema de la manipulación islamófoba que alimenta el auge de la extrema derecha del Front National. También oculta el fracaso persistente de la de la democracia republicana ante la segregación social de sus banlieues, de donde procede el caldo de cultivo de los grupos yihadistas locales. 
Si el gran beneficiado de la conmoción provocada por los últimos actos terroristas en Francia es el progreso electoral de la xenofobia del Front National y no la revisión de la política desigualitaria de la República en sus banlieues ni la revisión de la nefasta actuación occidental en los conflictos del Próximo Oriente, entonces la victoria habrá sido de los partidarios del enfrentamiento más salvaje, cada uno con sus armas, más cafres o más sibilinas. No es una cuestión religiosa ni cultural sino política, de voluntad política de enfrentar los problemas o bien enmascararlos, de candentes oportunidades políticas aprovechadas o malgastadas.


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