23 feb. 2015

El Tribunal Supremo coloca a las islas Formigues en su lugar

Tras años de litigio territorial, el Tribunal Supremo acaba de dictar sentencia. Confirma la resolución del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que reconoció en 2011 que las islas Formigues pertenecen de forma compartida a Palamós y Palafrugell, en contra del recurso presentado por el primero de dichos Ayuntamientos para que le fuese adjudicada la jurisdicción sobre la totalidad del pequeño archipiélago. De entrada, las islas Formigues presiden el horizonte de Calella de Palafrugell y no se ven desde Palamós. Más secundariamente, yo me hice mayor con estas islas como referencia visual y de vez en cuando las sigo
mirando en silencio desde la playa durante una cantidad de horas que les personas de mi alrededor no entienden. Debo reconocer que la elocuencia que encontraba en la contemplación de las islas Formigues ha decaído sin la intermediación y las enseñanzas que me ofrecían el Cisco de can Palet, Joan y Tomás de can Batlle, Quimet de la Sabina, Josep Sábat, Mélio Vicens o Marcelí Simón, así como algunos otros nativos o incorporados que han dejado un vacío irreparable en el paisaje.
“Divagué un poco por aquí en mi juventud –decía Josep Pla sobre estos andurriales marineros en su Guía de la Costa Brava— y de aquellas horas que no volverán recuerdo los atardeceres sobre el golfo, la mar teñida del rosa del poniente incendiado, el azul del firmamento nimbado como por un resplandor de confitura de ciruelas claudias, la delicuescencia de las formas en el aire, la vaguedad azulada de las montañas lejanas, la neblina sutil como un halo dorado del llano en paz, el olor penetrante del mar alternando con el perfume del enebro y la genista, la ola larga que acunaba –silencio vasto— cubriendo dulcemente las rocas de la costa y un cencerro –que me ha quedado flotando en el oído— de un rebaño de vacas pastando, muy alejado...”. 
Después de Josep Pla, no sé por qué seguimos escribiendo sobre los escenarios que él dejó literariamente establecidos del modo que acabo de citar. Tal vez lo hacemos porque en Calella de Palafrugell las islas Formigues aun son un punto de referencia integrado en la retina de hoy, una silueta sin la que este horizonte cojearía de forma inimaginable, repentinamente desarbolado. 
El archipiélago de islotes que flotan como boyas roqueras en el descampado del mar no tiene sobre el terreno ninguna grandiosidad aparente, puro teatrino mineral. En cambio su presencia visual en la lejanía, contemplado desde la costa, cobra un protagonismo de piedra miliar capaz de colocar un punto de referencia en el horizonte infinito, inhumano. Este carácter es su función, su dignidad, su razón de ser. 
Las Formigues ejercen una permanente atracción de la mirada como seña secular y a la vez punto de mira cotidiano. Las virtualidades derivadas de esta visión fija, matizada por la atmósfera cambiante de cada día, eran numerosísimas entre los calellenses que me enseñaron a discernirlas con una precisión incomprensible para los forasteros. Los autóctonos llaman simplemente l’illa, la isla, al puñado de piedras graníticas que reciben el nombre de Formigues. 
La cantidad de topónimos subsistentes dentro del minúsculo archipiélago revela la antigua importancia de la frecuentación humana: la Illa Grossa (asimismo llamada Sa Trona o Formiga Gran), la Illa Plana (o Sa Planassa), los islotes de Sa Corba, s’Escuit Llagoster y Es Furió de Fora, Sa Roca Nerera, Sa Llosa del Vapor, sa Creu de l’Illa, sa Roca de la Sardana, es Concagats, Ses Lloses de Llevant y de Ponent... Es Corral de l’Illa designa un plano de agua resguardado por un circulo de escollos sumergidos, del mismo modo que Es Freu de l’Illa el paso entre ellos. 
La Illa Grossa culmina a doce metros de altitud sobre el nivel del mar. La ausencia de vegetación y de superficies practicables es completa. Desembarcar allí no ha tenido nunca el menor interés. En 1982 los responsables de la jurisdicción de costas van rompieron la silueta de esta isla con la construcción de un faro-baliza de 14 m de altura, una antorcha fea y adocenada, un accesorio sin poesía del mar mecánico y programado. También habilitaron un minúsculo embarcador para las visitas de los empleados de mantenimiento del funcionamiento automático por energía solar, unos empleados que dependen de la Autoridad Portuaria de Barcelona. El cacharro emite un grupo de tres destellos blancos cada nueve segundos, hasta una distancia de seis millas náuticas, sin ninguna convicción. 
El nombre de Sa Planassa que recibe el segundo islote en dimensiones no puede inducir a error. Pese ser ligeramente más llano, la rugosidad de la roca pelada impide cualquier actividad humana. El tono rojizo del basalto de la piedra contrasta con el gris dominante de la vecina Formiga Gran. 
El tercer islote de Sa Corba retorna a una cierta verticalidad, redondeada en el vértice superior con una forma mas curvilínea. A resguardo de este islote el inolvidable señor Manuel Juanola, hijo y continuador del inventor de las Pastillas Juanola, mandó construir al albañil calellense Tomás Moret unos fogones de obra para que todos quienes lo deseasen pudiesen freír el pescado recién cobrado, en la época en que esta pesca mañanera era tradición entre los viejos veraneantes. 
El señor Juanola, distinguido barcelonés de familia palafrugellense, sufragó asimismo de su bolsillo los embarcaderos del Port Bo y el paso d’Es Códol en Calella de Palafrugell, donde disponía de un característico chalet en el Paseo del Canadell, el barrio de los señores, con balcón sustentado por columnas de hierro forjado que todavía subsiste. Los fogones de Sa Corba, sin embargo, fueron destruidos por un temporal. 
El nombre de S’Escuit Llagoster adjudicado al cuarto islote indica la antigua abundancia de langostas, cuando los hijos de los pescadores se quejaban muchas noches con la exclamación: “¿Otra vez langosta para cenar?”. Finalmente, el solitario Furió de Fora ha sido el causante de múltiples naufragios en esta transitada ruta de cabotaje entre Barcelona, Marsella y Gènova. En 1899 naufragó el vapor francés Algier cargado de naranjas de Valencia y barriles de vino de Alicante, en 1917 el vapor noruego Ferro con carbón inglés destinado a Livorno, la Nochebuena de 1922 el vapor español cargado de carbón Paz de Epalza, en 1928 el vapor Anciola, en 1964 el buque butanero español Newton
La falta de vegetación no impide que las Formigues sean una zona predilecta de vuelo, alimentación y estancia de una variada fauna alada Los fondos eran de pesca abundantes, ahora tales capturas resultan más inciertas y sentimentales. 
El nombre de Formigues es corriente en distintos puntos del Mediterráneo para designar a un puñado de islotes dispersos. Otras Hormigas se hallan cerca del Mar Menor de Murcia, unas Isole Formiche de Grossetto frente a la ciudad italiana del mismo nombre y una Isola Formica en el archipiélago siciliano de las Égadas. Son siempre rocosidades deshabitadas, a lo sumo coronadas por un faro o una baliza. El Mediterráneo no es el mar océano, sino el mar entre tierras, el mar interior. 
No existe ningún código universal para distinguir a una isla de un islote o de un simple escollo, ningún tamaño mínimo que separa estos conceptos. Se trata de una diferencia subjetiva. Los naturalistas proponen situar la división en la existencia de flora y fauna sobre su superficie. Según este criterio, las Formigues de la Costa Brava no alcanzarían la condición de islas, aunque eso constituiría una reducción de categoría inimaginable. 
Ya dije que los nativos denominan l'illa al pequeño archipiélago de las Formigues. No lo hacen por una poética de la percepción, sino como una obviedad. Años atrás el Cisco de can Palet me instruía durante largas tardes de invierno a escrutarla tras los cristales de su bar de la playa calellense de En Calau, a ver en cada momento un elevadísimo número de informaciones variadas que él me iba desgranando. No solo el tiempo meteorológico --eso era un dato elemental--, sino incluso el precio del pescado aquella tarda en la lonja de Palamós según el garbo más o menos rumboso que mostraban los arrastreros al desfilar ante la isla, de regreso a puerto, perseguidos por huestes hambrientas de gaviotas. 
Algunas tardes más inspiradas el Cisco de can Palet era capaz de predecir la ocupación turística de la temporada siguiente --disgregada por nacionalidades, sexos y predisposición venérea-- en función de las irisaciones que la isla adoptaba. Tal vez contribuían a ello los gintónics que tomábamos a lo largo de la tarde, pero este consumo no provocaba por sí solo la percepción de los fenómenos que describía. Para él y otros nativos, la isla era una auténtica bola de cristal. De hecho los nativos ya eran muy pocos. Hoy deben poder contarse con los dedos de la mano. 
El abuelo Mélio Vicens me llevaba a las Formigues a bordo de su bote las mañanas de verano muy a primera hora para pescar cuatro pequeñeces, más exactamente para matar el rato en una atmósfera de plenitud todavía adormecida. Tal vez lo hiciese, pienso ahora, porque a esa hora mañanera no encontraba otro acompañante que saltase sobre su bote con la alegría que lo hacía yo. 
En todo el mar litoral disponible a primera hora de la mañana para nosotros dos, él se dirigía exclusivamente a sus señas particulares. Iba a "sa seua part"... Me costaba mucho que prolongase un poquito el trayecto hasta la Bañera de la Rusa, donde me gustaba tanto zambullirme en solitario y atravesar a nado el túnel natural, el brazo de agua formado por la hendidura de la roca, para balancear como un corcho la placenta del enclave rodeado de acantilados y establecer un silencioso diálogo entre la majestad de la naturaleza y el chapoteo de mis ilusiones. 
No imaginaba acabar escribiendo un par de libreo sobre la rusa de la Bañera, la esposa del ruso Nicolás Woevodsky que compró esos terrenos costeros en 1927 y construyó el castillo y jardín botánico de Cap Roig. A la señora, que en realidad era inglesa y se llamaba Dorothy Webster, le agradaba bajar por los caminos de su finca hasta el mar y bañarse --algunos aseguran que desnuda—en el bellísimo y solitario rincón que acabaría tomando su nombre. 
Cuando Mélio me llevaba yo lo ignoraba casi todo de aquella historia, salvo la resonancia que espoleaba mi curiosidad. Le pedía que me llevase con el único objetivo de bañarme en el punto predilecto de la Bañera de la Rusa, un interés que a él le resultaba estrafalario, completamente barcelonés. Los nativos no se bañaban jamás en el mar. Lo consideraban una costumbre incomprensible, turística, antinatural y peligrosa. 
Seguramente por eso Mélio aguantaba muy poco rato, con el motorcito de la barca apagado frente a la Bañera de la Rusa, mientras yo me zambullía contento como un párvulo. En seguida me reclamaba a bordo para volver a enfilar la proa a la isla y, acto seguido, virar hacia la playa calellense de En Calau. Quería desembarcar antes de que llegaran “las molestias”, los bañistas. 
El nombre de las islas Formigues ha quedado asociado a un hecho histórico destacado, aunque resulte probable que el enfrentamiento naval de la Edad Media conocido por Batalla de las Islas Formigues no tuviera lugar en este punto. Con exactitud o sin ella, designa un episodio decisivo del pasado del país. Pretender aclarar aquella exactitud por parte de los historiadores actuales ha merecido miles de páginas, sin más resultado que aumentar las dudas. 
La confusión arranca del carácter aproximativo e interesado que tenían los documentos de la época, en particular las crónicas de Bernat Desclot y Ramón Muntaner sobre las que se basó la visión romántica de la gloria medieval catalana. La historia siempre fue escrita para alabar a los reyes, sin ningún interés por el detalle de la realidad. El respeto a la verdad es un frágil impulso moderno, constantmente amenazado. 
Un primer intento de restitución de los contornos verídicos se vio protagonizado en 1951 por Miquel Coll i Alentorn en su edición de la crónica de Bernat Desclot, el Llibre del rei En Pere, en la benemérita y resistencial editorial Barcino. El historiador nacionalista y dirigente político clandestino de tendencia demócrata-cristiana alertaba sobre las lagunas de credibilidad que afectan a muchos detalles de aquella gran obra de la literatura medieval catalana y las contradicciones con las otras crónicas del mismo momento. 
Más adelante el galimatías de la batalla de les islas Formigues fue abordado con admirable paciencia estudiosa por un librito aparentemente insignificante, aunque cargado de interés estratégico, igual como el archipiélago des islotes en cuestión. El opúsculo fue editado en 1985 por el Ayuntamiento de Palafrugell, a raíz del séptimo centenario de los hechos. 
Bajo el título anodino El combat naval de les illes Formigues, los historiadores locales del Grup Empordanès de Salvaguarda i Estudi de l’Arquitectura Rural i Tradicional (GESEART) engendró un laborioso trabajo, aunque las conclusiones fuesen de una nebulosidad inevitable. La arquitectura rural no tuvo nada que ver, mas que la inicial dedicación aglutinadora del grupo, encabezado por el erudito Joan Badia i Homs e integrado por Benjamí Bofarull i Gallofré, Enric Carerras i Vigorós i Miquel Dídac Piñero i Costa. 
El reducido grosor del opúsculo contrastaba con su minucia, basada en las discutidas fuentes originarias, las crónicas medievales. Representó durante los años posteriores una obra de referencia, hasta la aparición del contraopinante siguiente. Con el historiador y filólogo romano Stefano Maria Cingolani retornamos al punto de partida, a la duda general a propósito de la batalla de las islas Formigues. El problema no ha sido nunca la falta de informaciones, sino su diversidad, la manipulación de los hechos por los cronistas medievales, los embellecimientos fantasiosos emparentados con la narrativa caballeresca. 
La solidez de la labor documental del profesor Cingolani sobre las fuentes históricas otorgó un crédito inmediato a sus libros. Sin embargo el enigma sobre las circunstancias concretas de la batalla de las islas Formigues se mantuvo incólume, consolidado. 
Si tuviese que hacer hoy una síntesis comprensible de los miles de páginas que acabo de citar, diría que probablemente la batalla de las islas Formigues tuvo lugar en dos episodios, en un punto no bien determinado del litoral entre Roses y Palamós, seguramente el 28 de julio y acto seguido el 24 o 28 de agosto del año (esto no se discute) 1285. Al menos el resultado fue clarísimo. Las galeras del rey Pedro II de Cataluña-Aragón derrotaron al rey francés Felipe III el Atrevido y tal desenlace resultó determinante en el escenario político europeo del momento y también en la literatura, sobre todo por la aparición del episodio en la Divina Comedia de Dante. 
Una vez abandonada la política de proyección territorial hacia Francia de la corona catalano-aragonesa tres la derrota de Pedro I en la batalla de Muret de 1213, los esfuerzos de su hijo se concentraron en la expansión mediterránea, empezando por la exitosa invasión de Sicilia en 1282 para desalojar al ocupante francés. Determinó como réplica la alianza del rey Felipe III el Atrevido con el papa de origen francés Martín IV, quien declaró guerra santa la invasión de Cataluña por las tropas francesas en 1285. 
El suministro de las tropas se realizaba por vía marítima, de ahí la importancia decisiva de la derrota de sus galeras en la batalla de las islas Formigues. A partir de aquel momento la invasión se vio abortada de forma definitiva, también por tierra en la batalla del Coll de Panissars, sin entrar ahora en las invasiones francesas de siglos posteriores. El desenlace de la batalla de las Formigues fue crucial para consolidar el papel de la corona catalano-aragonesa en el marco europeo, especialmente la pujante expansión mediterranea. 
En el libro del grupo GESEART, los autores defendían: “La destreza narrativa y la gracia de la prosa medieval de Ramón Muntaner se conjugan, en este caso, con su perfecto conocimiento del país donde transcurren los acontecimientos que nos explica. La trama es perfectamente lógica y creíble”. No obsta para que seis páginas más adelante los mismos autores aseguren: “Muntaner describe la batalla como si hubiese estado presente, es decir con una notable riqueza de detalles. Se trata, evidentemente, de una pura invención, aunque en todo caso fruto de su gran experiencia”. 
Aquella discutible defensa de Muntaner también fue intentada por Josep Pla, al escribir en Guía de la Costa Brava: “Las venerables y magníficas crónicas de Ramón Muntaner y Desclot, que son, sobre todo la primera, modelos inimitables”. La condescendencia de los autores hacia el compatriota ampurdanés Muntaner, hijo de Peralada, ha sido atacada de manera frontal por Cingolani. Según el especialista italiano, Muntaner es el mas inconsistente de todos los cronistas, y remata: “Algo debe quedar claro desde el principio: a Muntaner no se le tiene que crees casi nunca”. 
La crónica de Ramón Muntaner recoge precisamente uno de los hechos más inverosímiles vinculados a las islas Formigues, en el que el autor demuestra todo lo contrario de un “perfecto conocimiento del país donde transcurren los acontecimientos que nos explica”. Dice el cronista medieval que el almirante Roger de Lauria desembarcó en estos islotes, donde planeó la estrategia de la batalla y pasó la noche, algo materialmente imposible por la exigüidad de su superficie. 
També divergen las crónicas sobre el número de bajas humanas causadas por la batalla naval. Bernat Desclot habla de 5.000 bajas y 600 prisioneros entre los franceses, otros de 4.000 muertos. Bernat Desclot describe con realismo estremecedor la práctica habitual de los vencedores, por orden del almirante Roger de Lauria, de rematar a los prisioneros heridos o bien cortarles las manos y vaciarles ojos (“los tol.lien los punys e els eixorbaven”), de modo a inutilizarlos para posibles combates posteriores y demostrar ferocidad ante el enemigo. 
El poeta florentino Dante Alighier aprovechó su militancia antifrancesa, concretamente antiangevina (contraria a la ocupación de varias partes de Italia por Carlos de Anjou, primo del rey de Francia), para celebrar en verso la derrota de los franceses en la batalla de las Formigues, que se produjo cuando él tenia veinte años. El responsable del desenlace era el mismo rey catalano-aragonés que había desalojado a los angevinos de Sicília, Pedro II. El poeta le dedicó unos versos immortales: “Quel che par si membruto e che s’accorda, cantando, con colui del maschio naso, d’ogni valor portó cinta la corda”. 
En cambio el derrotado rey francés se ve tratado en la Divina Comèdia de “Nasetto” (nariz menuda) y, sobre todo, deshonrado en un verso terrible. El poeta sentenció, con las mínimas palabras y el màximo efecto de un seco latigazo: “Morí fuggendo e disfiorando il giglio”. Murió huyendo y desflorando el lirio, símbolo heráldico de la casa real francesa de los Capetos, la flor de lis. 
La batalla de las islas Formigues también dio lugar a otras frases que han pasado a la historia, en especial las que el cronista Bernat Desclot pone en boca del almirante Roger de Lauria cuando este se dirige a los mensajeros del rey francés: “Ne sol no em pens que galera ne altre vaixell gos anar sobre mar menys de guiatge del rei d’Aragó; ne encara solament galera ni lleny, mas no creu que nengu peix se gos alçar sobre mar si no porta un escut ab senyal del rei d’Aragó en la coa per mostrar guiatge d’aquell senyor rei d’Aragó”. 
Debidamente retocada como de costumbre, la expresión sobre ningún pez capaz de nadar sin las cuatro barras en el lomo hizo fortuna. Era una imagen gráfica para designar el período del dominio catalán en el Mediterráneo, sobre todo desde un punto de vista de enaltecimiento posterior de la historia nacional. 
El séptimo centenario de la batalla se celebró in situ en 1985 con el mismo fervor nacional que alimentaron siglos atrás los arrebatos de las crónicas medievales y las interpretaciones románticas posteriores. El president Jordi Pujol, siguiendo los pasos supuestos del almirante Roger de Lauria, puso el pie en la Formiga Gran, al frente de una flota de embarcaciones de veraneantes, a fin de descubrir oficialmente la placa conmemorativa. La crònica del momento, firmada por el periodista Antoni Plaja i Mateu en las páginas del diario El Correo Catalán del 1 de septiembre de 1985, seguía a pies juntillas el estilo de Ramón Muntaner siete siglos después, al servicio de la gloria de su señor: “El President llegó ante las islas Formigues embarcado en un yate procedente del puerto de Palamós. A su llegada, las sirenas del centenar de embarcaciones adornadas que le esperaban sonaron al unísono, al mismo tiempo que se escuchaban gritos de ‘¡President, President!’ y ‘¡Jordi, Jordi!’. 
Veinte años después de aquella conmemoración del séptimo centenario, la batalla de las Formigues se produjo nuevamente, de forma más pacífica, entre los ayuntamientos de Palafrugell y Palamós por la jurisdicción territorial sobre los islotes. El título de los diarios fue prácticamente unánime, con mínimas variantes: “Palamós y Palafrugell reemprenden la batalla de las islas Formigues”... 
La propiedad de los islotes pertenece por ley al Estado, cuando no han sido consolidados en el registro de la propiedad por algún titular privado. Lo que se discutía de nuevo era dentro de qué límites municipales se hallaban. Un acuerdo o concordia de 1717 establecía el derecho de uso compartido de las Formigues para los pescadores de Palamós y Palafrugell, considerando que el archipiélago se encuentra en la divisoria entre ambos municipios. En la revisión de límites municipales efectuada en 1924 no se habló de las Formigues. 
El 28 de febrero de 2007 el Diario Oficial de la Generalitat publicó un acuerdo de límites de términos municipales establecido entre los municipios de Palamós y Montrás, por el que reconocían a las islas Formigues como integrantes del territorio del primero. Levantó la protesta de Palafrugell, quien no había sido consultado ni avisado. La conselleria de Gobernación aclaró que la publicación del acuerdo entre los dos primeros municipios no significaba la aprobación definitiva por parte del gobierno autonómico y podía ser recurrida legalmente. Ahora el Tribunal Supremo acaba de dejar a las Formigues donde han estado siempre.

0 comentarios:

Publicar un comentario