13 abr. 2015

El privilegio incrédulo de acariciar en secreto a la Venus de Siracusa

Si se expusiera en el Louvre sería más famosa que la Venus de Milo, pero se encuentra en el museo de Siracusa, una ciudad siciliana sin aeropuerto (se llega desde el de Catania) ni aglomeraciones. La Venus Anadiomena (significa surgida de las aguas) o Venus Landolina (por el nombre del arqueólogo que la descubrió en 1804, Saverio Landolina) es una excepcional pieza helenística de la escuela de Praxíteles, considerada capaz de convencer a los espíritus más reticentes sobre la concupiscencia que puede despertar un trozo de mármol descabezado y manco. Emite sensualidad sin lugar a dudas, atribuible a la elocuencia de formas corporales que adopta la figura
femenina en el instante de salir del agua, así como al gesto de sostener con la mano, frente al pubis, la ropa drapeada que le cae alrededor de las piernas, describiendo con los pliegues una concha que enmarca la mitad inferior sin ocultar la parte trasera, igualmente proporcionada de modo eminente (el mismo recurso de la pétrea concha fue utilizado por Botticelli en la pintura de la Venus Urania que las masas de visitantes contemplan en la Galería de los Uffizzi de Florencia).
La pieza está muy bien colocada en un cruce de pasillos del renovado museo siciliano y permite ser rodeada a sus anchas por el observador. El hecho de encontrarse en Siracusa y no en el Louvre aun permite algo más decisivo: acariciarla discretamente cuando nadie del escaso público lo ve. Todas las Venus son la corporización de un sueño, pero algunas anhelan ser tocadas con suavidad. La de Siracusa establece a su alrededor un campo magnético perceptible, unas líneas de deseo, un pequeño mapa sinuoso del flujo linfático del cuerpo y el alma de la obra de arte. Acariciarla secretamente lo demuestra. 
Los adjetivos desbordantes que le dedicó Guy de Maupassant en La vie errante me predisponían poco, tal vez por demasiado fáciles y evidentes. No concedí mucho crédito su arrebatada descripción , escarmentado por las fascinaciones incontenibles de determinados autores, a menudo tributarias de un estado de ánimo inflamado.
Actualmente, después de contemplarla de cerca, admito que Maupassant no exageraba al escribir: "Es una de las Venus más bellas del mundo. No tiene cabeza y le falta un brazo, sin embargo nunca tuve ante mi un cuerpo más admirable y emotivo. No es la mujer presentida, idealizada, la mujer divina o majestuosa al estilo de la Venus de Milo; es la mujer tal como es, tal como despierta nuestro amor y nuestro deseo, tal como la deseamos para abrazarla. Es una Venus carnal que soñamos tumbada al verla en pie. Con el brazo ausente se tapa el pecho, con la mano que le queda sostiene un drapeado y oculta, en un gesto adorable, sus encantos más secretos. Todo el cuerpo está modelado, concebido, concentrado en este movimiento, todas las líneas tienden hacia él, todo el pensamiento se enfoca en este sentido. La Venus de Siracusa es una mujer y a la vez el símbolo de la carne". 
En las páginas de El pont de la mar blava --uno de los poquísimos intentos durante el último siglo de exponer de forma inteligible el rastro de la expansión catalana en el Mediterráneo--, Lluís Nicolau d'Olwer quiso comprobar en Siracusa el debate suscitado por esta Venus, como hemos hecho los visitantes posteriores. Nicolau d’Olwer apuntó: "Reconozco, dando la razón a sus detractores, que es una tardía derivación helenística de la escuela praxitélica, emparentada con la [Venus] Capitolina y la Medicea; admito que sus formas son demasiado robustas; incluso acepto que carece de idealismo (lo que es mucho decir tratándose de una estatua acéfala). Aun le confesaré más defectos, si así se desea. Sin embargo mírenla bien, les digo ahora: contemplen esta soberbia factura anatómica, observen la morbidez de estas carnes en que la mano haría presa; reparen en el ligero temblor de este hombro, como si acabase de herirlo un viento frío; fíjense en la vida que toma todo su cuerpo de las vetas apenas visibles del mármol: diríase venas azuladas bajo una piel inmaculada. ¿No quieren que sea la diosa que nace de las olas? Bien: es una mujer saliendo del baño. Es la mujer en la plenitud seductora de sus gracias. ¿No tiene cabeza? Mejor. Sobre el cuerpo turbador y admirable pónganle la cabeza soñada, la de los ojos en que amen reflejarse, la de los labios que les resulten más dulces".
Josep Pla, por su lado, escribió en Las islas a propósoito de la pieza: "Pese a los veinticuatro siglos que lleva de existencia, uno queda ante ella fascinado, deslumbrado por las formas radiantes de su presencia. Fue sacada del mar, que es como si la hubiesen recogido del fondo de los siglos. A juzgar por la escandalosa frecuencia con que los griegos naufragaban y el horror que el mar les producía, debe haber bajo el agua, en el Mediterráneo central y oriental, una enome cantidad de belleza".
Más o menos predispuesto por el testimonio de los ilustres predecesores en la visita a la Venus de Siracusa, a mi me pareció que esta suma a las demás el raro privilegio de poder acariciar discretamente su tibieza, cuando nadie mira, para añadir la percepción del sentido del tacto a la turbación de los incrédulos.

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