15 abr. 2015

Mi bandoneón: de Buenos Aires hasta aquí pasando por Alemania

Durante años seguidos me fascinó el rutilante escaparate de la tienda Casa América, especializada en artículos musicales en la Avenida de Mayo nro. 959 de Buenos Aires, hoy desaparecida. Exhibía bandoneones de ocasión a la venta que me guiñaban el ojo con sus incrustaciones nacaradas. Un día entré para hacer la compra más loca de mi vida, en una época en que aquel establecimiento debía vender un bandoneón al contado y en dólares cada dos o tres años. Añadí la funda de viaje del instrumento y el Método para bandoneón, de Pedro Maffia, editado por el sello Ricordi. Aquel bandoneón me ha acompañado desde entonces. Ayer, 25 años después, lo doné a Guillermo Carrizo, músico y luthier argentino residente en
Barcelona, para que le sirva en su tarea.
Es difícil aprender a tocar de mayor un instrumento de 32 botones en la caja lateral izquierda y 38 en la otra de la derecha, que emite una nota distinta por cada botón según se abran los pliegues del fuelle o se cierren (por eso es un instrumento diatónico). Fue inventado por alemanes y adoptado por argentinos con mucho tiempo disponible para hacerlo rezongar. 
Al cerrar la fábrica alemana Arnold en 1971, hacía tiempo que la gran mayoría de bandoneones en circulación procedían de la reventa de segunda, tercera o cuarta mano. La especialidad argentina siempre ha sido restaurar los bandoneones de fabricación alemana y, sobre todo, enriquecerlos al momento de la reventa con mucha historia oral sobre las proezas del anterior propietario y de aquel ejemplar en particular. 
El invento alemán no arraigó en el país de origen. Se convirtió en la otra punta de mundo en protagonista de la musicalidad del tango por caminos inmigratorios que siguen siendo un misterio. Lo inventó hacia 1835 Heinrich Band como órgano o armónium colgado al cuello para que aquellas pequeñas iglesias alemanas que no pudiesen pagarse uno de verdad acompañasen los oficios, procesiones o fiestas. La llegada a Argentina y la conversión en elemento característico de la musicalidad del tango forma parte del magma de aluvión de gente e influencias en un país donde la mayoría de habitantes no proceden de linajes autóctonos. Como es bien sabido, los argentinos “descienden del barco”. 
Heinrich Band falleció en 1860 y el negocio fue mantenido por los hijos. Otro fabricante alemán, Carl Friedrich Zimmermann, traspasó su taller de fabricación de bandoneones de la ciudad de Carlsfeld a Ernst Louis Arnold. La mítica marca “Doble A” lleva las iniciales de uno de los hijos, Alfred Arnold. Ahora se fabrica de nuevo el modelo “Doble A” en la fábrica alemana de Klingenthal. 
En 1926 Arturo Bernstein publicó en Argentina el primer método de estudio del bandoneón, cuando el instrumento ya se encontraba plenamente implantado. Los primeros maestros reconocidos, consagrados dentro de la orquesta de Julio de Caro, fueron los dos Pedros sobre los que también se fundó una iglesia: Pedro Maffia y Pedro Laurenz. La renovación musical posterior del bandoneonista Astor Piazzolla tuvo que vencer muchas incomprensiones iniciales. 
Ahora, en Barcelona, el músico argentino Guillermo Carrizo ha empezado a construir un modelo de bandoneón de nueva generación en su taller compartido del Poblenou. Me ha parecido que era preciso apoyarle.

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