22 abr. 2015

Reivindicación de la honradez de vino de garrafón, a granel, barato

La reciente alarma comercial –puramente comercial-- causada por el informe del Observatorio Español del Mercado del Vino sobre los excedentes de la última cosecha (52,5 millones de hectolitros) en el conjunto de España pone de relieve un hecho consolidado: es el país con mayor extensión de viña plantada (1,1 millones de hectáreas), el primer productor y exportador mundial de vino barato, a granel, con escaso margen de beneficio, aunque no por ello de mala calidad. España exporta cada año la mitad de su producción (20 de los más de 40 millones de hectolitros anuales en promedio) a países europeos que lo mezclan con los suyos o lo envasan y revenden con sello propio más o menos
fantasioso. Ocurre exactamente lo mismo con el aceite de oliva.
La confusión malintencionada consiste en asociar el vino a granel de bajo precio con mala calidad, con falta de renovación técnica y de punch comercial. Eso no siempre es cierto. Responde más bien a la tendencia a producir menos para vender más caro gracias al prestigio de marca, a la cotización incrementada por la publicidad más que por la calidad en sí misma. 
El tono menor de la fibra íntima de algunos vinos ennoblecidos por la modestia del precio (la modestia és una virtud, no una pusilanimidad) proporcionan a veces al alma y al cuerpo una satisfacción voluptuosa. Lo hacen con autoridad natural, una lógica obstinada, un espíritu crepitante y la simpatía viva de una fluencia inagotable. En su carga emocional aletea una rima de fondo. Tienen la empatía, la capacidad de conectar con el perfume y la inocencia de la vida al natural, a la cual elevan el tono y el estilo mediante la destreza de los pequeños gestos, con los elementos avivados y concisos que contiene el aire y la tierra. 
En su sencillez argumental esos vinos modestos están a veces dotados de grandeza resolutiva y un admirable dominio de la sugestión a través de los hechos reales que solo algunos consideran vulgares. Saben calcular las propias fuerzas de modo aproximadamente correcto, con el grado de incertidumbre, riesgo, complejidad y conflicto inherente a la realidad, y precisamente por ello son capaces de replantearse. En cambio otros vinos colocados en el pedestal por la pirotecnia comercial recurren a un decorativismo complicadísimo, un misterio vago y oblicuo, una contextura enfática y una clave psicológica fumosa, con irrefrenable tendencia a parecer inaccesibles a la comprensión general y marcarse como finalidad el talonario de los poderosos o la belleza anticuaria del museo. 
La sobreproducción española de vino en comparación con el consumo interno menguante (el consumo de vino ha caído en el conjunto de España desde 2000 de 34,9 a 19,9 litros anuales per capita, igual que en otros países europeos) implica un efecto beneficioso para el ciudadano. Es el país donde se pueden encontrar magníficos vinos de calidad por debajo de los 8 € la botella, lo que en resto de Europa resulta más difícil. Los descreídos pretenden que los milagros y las meigas no existen, sin embargo “haberlas, haylas, y hay que saber besarlas”. 
El desprestigio injusto del vino a granel, su desviación hacia la exportación para mezclas y manipulaciones ha significado la desaparición del buen vino de tonel, comprado en los bodegones de barrio a litros por el consumidor local. Años atrás el vino de tonel de las bodegas de barrio era de una honestidad manifiesta sin necesidad de etiquetas vistosas, sustentado únicamente por una denominación de procedencia.
Luego apareció el marketing, con el resultado positivo de la renovación de los procesos de vinificación y el negativo de la sofisticación snob a costa de precios encaramados al mástil de la cucaña especulativa. La calificación de vino de mesa pasó a ser como un estigma. Para mi son parte integrante de mi formación sentimental y todavía incitan mi ilusión, el tránsito vital entre la realidad y los sueños, en doble dirección. 
El vino es uno de los cultivos más antiguos de la humanidad y su consumo ha conocido una estabilidad de largos siglos, hasta que eso empezó a cambiar. La media española de consumo por habitante ha pasado de 70 a 26 litros durante las últimas tres décadas y tan solo el 33 % corresponde a denominaciones de origen. 
Los vinos a granel no son las lágrimas negras de la viña. Se han visto condenados por los negociantes a una mala imagen injustificada, demasiado apartada de la compañía de los justos e inclinada a las burbujas de los especuladores. Algunos vinos de precio astronómico son indudablemente buenísimos, algunos vinos baratos son arriesgadamente buenos. 
El vino a granel solo indica una forma de transporte, no un baremo de calidad. Sin el esfuerzo de entender mínimamente el por qué de las cosas no hay libertad de elegir. La incomprensión es una forma tóxica de complicidad. Renunciar a las ganas de sorprenderse es la muerte en vida. Reivindicar la calidad, la honradez y la imagen del vino barato es una forma de seguir siendo un país del buen vino a precios democráticos.

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