17 abr. 2015

Una caminata al pie del Canigó para elogiar y arreglar el mundo

A la memoria luchadora de Teresa Rebull

Ayer fuimos a caminar un par de horas de paso rumboso con el amigo Jaume Queralt para escucharnos pensar de todo y nada a la resolana de los mármoles de la edad, a la sombra de algunos laureles que no duermen, al calor de nuestras dudas metódicas y perplejidades asiduas sobre las martingalas del destino. Fuimos a rodear la lámina de agua iridiscente y amansada del lago de Vilanova de la Raó, cerca de Perpiñán, espejo trémulo del macizo del Canigó nevado cuando se refleja sobre estas aguas en líneas que parecen subrayadas con tinta china. Nuestros paseos solo pretenden entretener con chanzas al verdugo del
paso del tiempo, oponer resistencia al tedio del clasicismo estricto, levantar el trasero de la silla y la mirada de la pantalla del ordenador, aferrar un rato por el pescuezo al gusto de vivir y honrar la amistad con los dos ingredientes más sustanciosos: la generosidad y el humor.
El ejercicio físico es una excusa inocente, una concesión higiénica a la candidez teórica del umbral autorizado de ácido úrico y colesterol malo, una excusa de rosca universal, ya convencidos de que el sofá nos encoge el plexo solar, nos hace bajar la cabeza y plegarnos sobre nosotros mismos. Nuestro hábito de escribir significa dejar de tocar con los pies en el suelo durante muchas horas, castigar el trasero y los ojos de forma inclemente a cambio de una volátil pretensión literaria, puramente literaria. Ayer nos dedicamos a caminar sin contrición, con un radicalismo perceptivo de morosidad segura. 
El extenso lago, habilitado en 1977 en el antiguo terreno del Estanque de Barriá, se ha convertido en uno de los mejores equipamientos públicos al aire libre de la comarca rosellonesa. Propone todo tipo de actividades, entre las cuales rodearlo a pie es una de las más exquisitas. En verano reúne a muchos bañistas por día, sin aglomeraciones. En invierno ofrece deliciosos baños de aire. 
En estos paseos cooperativos Jaume y yo procuramos no adentrarnos en cuestiones fundamentales sobre la naturaleza ni la estructura del universo. Nuestras limitadas verdades abarcan un horizonte suficientemente amplio sin necesidad de poseerlo por completo. No solemos hablar de las pompas de la actualidad, de escritura creativa ni de editores. Hacemos el comentario fugaz de los últimos escritos incorporados a nuestros blogs respectivos (visiten por favor el suyo: http://metbarran.canalblog.com) y acto seguido pasamos rápidamente a lo que nos gusta: cotillear un poco sobre la lógica informulable de los sueños, polemizar muy de paso sobre el azar y la necesidad de las ciencias supuestamente específicas, charlar sobre la comprensión emotiva de la experiencia de cada cual o sobre las distintas formas de mirar la magnitud y la sensualidad de la curva dulce que describe la orilla mansa del lago y los rizos del agua ondulante. Es decir, de todo y nada según venga. 
La filosofía escolástica no es más que una emulsión desvirtuada de estas caminatas orales, una réplica incierta de nuestras hipótesis verificadas con los pies. La poesía no es otra cosa que el estilo elegante y conmemorativo destilado por estos pasos compartidos, por esas marchas conversadoras. 
Las cosas no siempre tienen un argumento coherente y sin embargo la erosión del curso del tiempo no nos hace desear menos la vida. Ayer salimos a hablar de la fobia que practica Jaume Queralt contra la idolatría que a otros nos despierta la visión triunfante del Canigó monumental. Él odia el mito del Canigó totémico, la leyenda de su influjo ontológico sobre el alma extasiada de quienes lo contemplamos como el halo onírico del botín de gloria abandonado por nuestros dioses menores en su huida. Le repliqué, una vez más, que se trata sobre todo del papel adversativo de la luz proyectada sobre una forma biológica de patria, del destello del tótem nevado convertido en aureola de una cosmogonía emotiva. 
No le convencí, aunque en algo le doy la razón: la visión en perspectiva del macizo del Canigó procura todavía un impacto superior desde el lago de Salses –en cuyo centro parece estar plantado, depositado--, mientras que en el lago de de Vilanova de la Raó gana la partida el perfil más cercano de la sierra de La Albera fronteriza. Ganarle la partida visual al Canigó no es nada fàcil, tan solo se encuentra al alcance de algunos tesoros poco conocidos com la sierra de La Albera. 
Pronto dejamos correr este debate, exactamente en el instante de ver emerger del agua del lago de la Vilanova de la Raó (tal vez fue de un camino adyacente) a dos ninfas de piel alabastrina (o era el color de sus camisetas) que trotaban más que nosotros. Fue un instante huidizo, una exhalación, aunque suficiente para cambiar de tema y abandonar los silogismos especulativos sobre el rendimiento improbable de la razón y regresar al pálpito de la vida. 
Desde el libro de cabecera que sigue siendo Les reveries du promeneur solitaire (Ensoñaciones del paseante solitario), de Jean-Jacques Rousseau, la filosofía derivada del hecho de caminar ha conocido una moda incesante. Produce novedades editoriales sin freno, como la última del profesor parisino Frédéric Gros, un pesimista de izquierda que declara: “Para pensar libremente debe hacerse al aire libre”. El autor promociona su libro, no cabe duda. 
Jaume y yo, lo acabo de decir, solo pretendemos palpar con los pies la pequeña parte de la armonía de las esferas que somos capaces de percibir, no resignificar la semántica de ninguna performance. Eso lo dejamos a quienes no caminan.

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