22 jun. 2015

La última biografía sobre Josep Pijoan, para recordar un debate pendiente

La nueva biografía sobre Josep Pijoan recién publicada por Pol Pijoan y Pere Maragall en la editorial Galerada proporciona datos de detalle sobre el personaje y al mismo tiempo la incómoda sensación que se desprende del grado de ignorancia en que ha caído hoy una figura esencial de la Cataluña del siglo XX. “La gloria de un país son sus autores”, sentenció el poeta y ensayista inglés fundamental, Samuel Johnson, para acabar de rematar el desagradable presagio que acabo de apuntar. Josep Pijoan, entre muchas otras cosas, fue cofundador del Institut d’Estudis Catalans, recuperador de las pinturas románicas del Pirineo, ministro de Cultura sin cartera de Prat de la Riba y autor de la enciclopédica historia del arte Summa Artis. El título de la última biografía, Josep Pijoan: la vida errant d’un català universal, responde de entrada al estilo muy convencional del libro. No importa, permite recordar el perfil preciso de un bandeado constructor de “estructuras de Estado” en el momento de la Mancomunitat. Es probable que se hayan
acercado a él con capacidad de interpretación más aguda o más socarrona otros autores de su misma época que dejaron descripciones brillantes, como Josep Pla, Josep M. de Sagarra o Gaziel. El mérito de esta última biografía radica más en los detalles informativos que en la contextualización del debate que provocó la partida del país de Pijoan, como lo haría también Eugenio d’Ors por motivos distintos aunque relacionados, enfrentados sin remedio a Puig i Cadafalch, sucesor de Prat de la Riba al frente de la Mancomunitat.
En el caso de Pijoan se sumó un “asunto de costumbres” que los puritanos y los envidiosos no podían perdonar: se marchó en 1910 con una de las jóvenes mujeres casadas más atractivas del país, Teresa Baladia née Mestre, inmortalizada antes de los hechos por tres retratos del pintor Ramón Casas y considerada como modelo de la Bien Plantada. Las peripecias de la pareja a lo largo de varios países durante los años sucesivos, el reconocimiento internacional como tratadista de arte y el retiro final a Suiza, a donde Josep Pla fue a reencontrarle en 1958 para trazar un acerado retrato literario e ideológico, encubren la cuestión de fondo todavía pendiente, incluso después del modestísimo eco de las celebraciones recientes del centenario de la Mancomunidad: el papel de los intelectuales independientes en las “estructuras de Estado” que han contribuido a levantar. 
Hoy Josep Pijoan tiene un calle dedicada en Barcelona, detrás la plaza del Teatre y la Escola Superior de Disseny Elisava, junto a la Rambla. Bajo su nombre y el año de nacimiento y defunción, reza: “Historiador y poeta”. La descripción se queda muy corta, más le correspondería que hubieran puesto: “Sólido agitador cultural licuado por la avara povertà dei catalani”.

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