11 jun. 2015

Más biografías sobre Blasco Ibáñez, el gran escritor olvidado

Javier Varela acaba de publicar en editorial Tecnos una nueva biografía monumental sobre el novelista, periodista y político valenciano Vicente Blasco Ibáñez, el desmesurado personaje olvidado que ya disponía de media docena de biografías más. El insólito eco mundial del autor en un momento dado, la fabulosa novela de su propia vida o la espectacularidad de su legado inmobiliario (en Valencia y Menton, donde murió) no cambian nada. Blasco Ibáñez ya fue visto en vida como un “suburbial” y hoy no se le ve de ninguna manera en particular. Se ha convertido en un rastro descuidado por la ignorancia y la falta de códigos culturales
renovados frente al rodillo biológico del paso del tiempo. Blasco Ibáñez siempre se encontró desubicado en todas partes, excepto en el favor de los lectores en una época determinada.
Era una figura gigantesca, tumultuosa, exaltada, temperamental, arrebatada y exitosa, sin embargo los títulos de sus libros suenan hoy con gran vaguedad. Poquísimas personas deben leer actualmente el primer gran best-seller mundial de la literatura en castellano, una vez traducido al inglés. El conocimiento de la trayectoria de Blasco es escasísimo. El blasquismo se ha prácticamente evaporado. 
Algunos piensan que el “blaverismo” valenciano constituye una reedición del blasquismo acuñado por Don Visènt, una herencia vernácula del lerrouxismo. Tal vez sea así, pero no pasa de ser una especulación, una conjetura. Joan Fuster se pronunciaba tajantemente al respecto: “Del Blasco Ibáñez escritor se habla poco y mal. De hecho, la cita a don Vicent acostumbra a ser breve, si a eso llega, y además teñida de displicencia. Como si se tratase de un novelista de quinta fila. Y la verdad es que las letras españolas de los últimos cien año no cuentan con muchos narradores de se tamaño y empuje creador” (Joan Fuster: Recuerdos y juicio de Blasco Ibáñez en su centenario, Valencia 1998). 
De la personalidad colosal, la obra ingente y el éxito fabuloso de Blasco no quedan en la consideración general ni las cenizas. Si no fuese por la superproducción televisiva de Cañas y barro por parte de TVE en 1978 y sus reposiciones, las generaciones actuales no habrían escuchado su nombre. El péndulo lo ha barrido sin consideración, de una forma bestia y primitiva. 
Otro biógrafo reciente, Joan F. Mira, opina: “Blasco era un gigante. Después nos hemos reído mucho de él, y hemos maldecido metódicamente el blasquismo (y el españolismo feroz que formaba una parte del apoyo ideológico). Pero seguramente Blasco sí que era un gigante: un individuo de medida descomunal, un ventarrón humano, como este país ha producido muy pocos”. 
Era hijo de una familia inmigrada a Valencia desde el Bajo Aragón, pequeños comerciantes acomodados que e pudieron dar la carrera de Derecho. Comenzó escribiendo en valenciano en 1883 algunas narraciones publicadas por el almanaque Lo Rat Penat. Su vocación literaria quería reflejarse en Víctor Hugo, Alexandre Dumas, Emile Zola, Walter Scott o el entonces célebre y prolífico novelista folletinesco Manuel Fernández y González. 
Al mismo tiempo Blasco fue desde el primer día un hombre de acción y garrote, un tribuno fogoso de las luchas antimonárquicas y anticlericales que enfrentaban a las nuevas clases productivas con el viejo orden político. Durante la Restauración dinástica de Alfonso XII los conservadores de Cánovas se las tenían muy frontalmente con los liberales de Sagasta, los republicanos posibilistas de Castelar, los republicanos federales de Pi i Margall y los republicanos revolucionarios de Salmerón. Don Vicent siempre se declaró seguidor de Pi i Margall, aunque fuese a su manera. 
Se licenció en Derecho en 1888. Dos años más tarde se exiliaba por primera vez en París, perseguido por la justicia a raíz de una manifestación de calle en Valencia contra la llegada al poder de Cánovas. Durante aquellos dieciocho meses de destierro escribió la novela La araña negra, referida a los jesuitas y muy inspirada en las lecturas de Eugène Sue. 
En 1891 se casó en Valencia con María Blasco del Cacho, familiar de segunda línea, con quien tuvo cuatro hijos, antes de iniciar la siguiente relación estable en París con la dama chilena Elena Ortúzar Bulnes. Al año siguiente de la primera boda fundó el diario valenciano El Pueblo, donde publicaría en formato de folletón muchas de las novelas más conocidas, además de los inflamados manifiestos de la Unión Republicana y las diatribas sangrientas –literalmente hablando— contra la escisión local que encabezaba Rodrigo Soriano. Las peleas a bastonazos o a tiros entre blasquistas y sorianistas, los legendarios “rosarios de la aurora de Valencia”, llenaron toda una época. De aquel momento procede la conocida frase de los seguidores blasquistas, enfervorecidos tras uno de sus mitines: 
-- Don Vicent, ¡si usted lo desea quemamos Valencia! 
Prófugo de la justicia una vez más en 1895, esta vez en Italia, el indulto se vio condicionado a la obligación de fijar la residencia en Madrid. Coincidió son su primera victoria como diputado electo por la circunscripción de Valencia. Lo repetiría a lo largo de seis legislaturas, sin abandonar la producción literaria intensiva: Arroz y tartana, La barraca, Entre naranjos, Cañas y barro... El primer éxito editorial con Arroz y tartana lo alcanzó en 1894, a los 27 años. 
Consagrarse como novelista y residir a Madrid no le supuso el reconocimiento de los círculos literarios de la capital. Según el calificativo de Josep Pla, allí siempre se vio a Blasco como a un escritor “suburbial”, pese a ambientar las novelas de aquel período en Toledo, en Madrid, en el campo andaluz, en Bilbao. Fue marginado de la Generación del 98 por envidia. 
Cuando en 1902 estrenó la lujosa casa de nueva planta en el paseo marítimo de la playa valenciana de la Malva-rosa, Blasco Ibáñez ya residía primordialmente en Madrid. Convivió muy poco entre aquellas espléndidas paredes con la primera mujer y los hijos. El primer piso de la fachada asomada al mar se veía –y se sigue viendo-- totalmente ocupado por una terraza de columnas dóricas sostenidas por cariátides y una gran mesa de mármol, donde el escritor se hacía fotografiar en plenitud, en majestad. 
El talante inquieto y la segunda relación sentimental le llevaron a buscar nuevos horizontes y los halló en las antípodas. En 1909 había sido invitado por el empresario del teatro Odeón de Buenos Aires como “conferencista”, conjuntamente con Anatole France, tras la tournée anterior de Jean Jaurés y Georges Clemenceau. Aquellos ciclos de conferencias de figuras internacionales en grandes salas de teatro de la capital argentina, con entrada de pago a precio fuerte, eran la forma de importar actos sociales que diesen la pátina cultural anhelada por la próspera oligarquía porteña. 
El tribuno Blasco, de una facundia muy rodada, no tuvo ni para empezar con las conferencias programadas. Acabó pasando nueve meses seguidos en Argentina, Chile y Paraguay durante aquel primer viaje, como un nuevo descubridor. Entablaba amistades entre las clases dirigentes y vislumbraba nuevas perspectivas de vida, vinculadas la relación de pareja que había consolidado en Francia con la dama de la alta sociedad chilena Elena Ortúzar Bulnes. Para estar a la misma altura que la nueva compañera, deseaba convertirse en terrateniente del Nuevo Mundo, un oligarca de aquellas tierras vírgenes de proverbial feracidad. 
Entre enero y junio de 1910 escribió la monumental obra La Argentina y sus grandezas, que entregó personalmente al presidente del país José Figueroa Alcorta. Este le ofreció una concesión a precio ventajoso de 8.000 hectáreas de tierra en la provincia patagónica de Río Negro, si se avenía a desforestarlas, nivelarlas, parcelarlas y convertirlas en sembrados de regadío, como habían hecho otros hacendados españoles con quien Blasco se entrevistó. 
Su temperamento quijotesco, la sed de aventura y ascensión social no quedaron satisfechos con la fundación territorial que llamó Colonia Cervantes. Creó una segunda de 5.000 hectáreas en el otro extremo argentino, en la provincia norteña de Corrientes, fronteriza con Uruguay y Paraguay, bautizada Colonia Nueva Valencia. No tuvo dificultad en hacer inmigrar, con promesas de riqueza, a contingentes de labradores procedentes de sus numerosos seguidores valencianos. 
Al cabo de tres años, los tropiezos de la financiación bancaria y los resultados lentos de las cosechas le empujaron a malvender los títulos de propiedad. Abandonó el país y los labradores valencianos que había conducido hasta allí (la canalización del regadío llegó más adelante, en 1921, y hoy Cervantes sigue existiendo como municipio de 3.000 habitantes). La experiencia le supuso un rédito literario de enorme repercusión posterior, un auténtico vuelco en su vida, gracias a novelas ambientadas en aquellas latitudes como Los argonautas, La tierra de todos y, sobre todo, Los cuatro jinetes del Apocalipsis
En 1914 se instaló de nuevo con Elena Ortúzar en París, donde les sorprendió la Primera Guerra Mundial durante la que escribió Los cuatro jinetes del Apocalipsis. El argumento de la novela se basa en una familia de colonos franco-argentinos que regresan a Francia en los años de la contienda bélica. La primera parte está dedicada a una intensa descripción paisajística y humana de la pampa y del patriarca de la dinastía protagonista, el “centauro Madariaga”, que allí amasó fortuna, a diferencia del novelista. 
Sin dejar enfriar la pluma, Blasco Ibáñez escribió acto seguido las novelas Mare Nostrum y Los enemigos de la mujer. Tenían el gran éxito acostumbrado en versión original o en traducción al francés y otras lenguas europeas, aunque el gran salto vendría dado de forma inesperada por la primera traducción en Estados Unidos. La traductora Charlotte Brewster le compró los derechos para aquel país de Los cuatro jinetes del Apocalipsis a cambio de una módica suma de 300 dólares. 
Mister Ibanez y la traducción norteamericana The Four Horsemen of the Apocalypse se convirtieron en una bomba. Dos millones de ejemplares vendidos por la editorial Dutton and Co. en menos de dos años, a finales de 1924. Era una cifra de ventas desconocida hasta entonces en aquel mercado y en todos los demás, el primer best-seller de la historia moderna. La editorial se apresuró a compensarle económicamente el trato injusto pactado con la traductora, receptora legal de los derechos de autor. 
La principal compensación económica vino por otro lado, cuando la Metro Goldwin Mayer le ofreció 200.000 dólares por los derechos de adaptación a la gran pantalla. Don Vicent pensó que era otra fantasía del mundo de los grandes negocios, hasta que vio ingresada la suma en su cuenta bancaria, al cabo de cuarenta y ocho horas de firmar el acuerdo. La primera versión en la pantalla grande, todavía en cine mudo, significó en 1921 la fiebre mundial alrededor del actor protagonista, Rodolfo Valentino (una segunda versión fue dirigida en 1962 en technicolor por Vincente Minelli, con Glenn Ford e Ingrid Thulin en los primeros papeles) y la gloria mundial del escritor valenciano. 
Los años triunfales del Blasco Ibáñez residente en París culminaron en los seis últimos de su vida, instalado a la aristocrática casa estilo Belle Époque de Fontana Rosa, en la Costa Azul. Amplió la propiedad con la finca colindante y levantó nuevas construcciones de un ecléctico estilo valenciano-moresco, hasta 1.700 metros cuadrados de extensión. Incluían un pabellón habilitado como cine privado, otro como acuario, casas para los jardineros, garaje, estanques con surtidores, bancos de cerámica decorada, fuentes, pérgolas, rotondas y columnatas tapizadas de glicinas y buganvillas. Lo decoró todo con cerámica de Manises, rosales y naranjos que le enviaban de Valencia (el general Savalls ya se exilió en Niza al final de las guerras carlistas en 1876, así como Joan Antoni Güell i López, conde de Güell y marques de Comillas, en 1936). 
La casa principal de la propiedad de Blasco Ibáñez en Menton ha sido demolida, pero subsisten los jardines y varias edificaciones secundarias del recinto, al que se accede por el portal que reza “El Jardín de los Novelistas”, presidido por tres grandes retratos en cerámica valenciana de Cervantes, Dickens y Balzac. En ningún momento Blasco cejó en la dedicación encarnizada a escribir más novelas, que los últimos años dictaba en Menton a un secretario. Incluso tras el fallecimiento, sobrevenido el 28 de enero de 1928, la víspera de su 61 aniversario, en una demostración póstuma del vigor productivo aparecieron dos novelas más: El Caballero de la Virgen (Alonso de Ojeda) y En busca del Gran Kan (Cristóbal Colón)
En Valencia la casa de la Malva-rosa también se vio abandonada durante largos años, tras la muerte de los familiares directos. El ayuntamiento la rehabilitó en 1997 como casa-museo del escritor, abierta al público, como testigo del éxito fabuloso de un autor del que hoy no se recuerda casi nada, pese disponer de media docena de biografías sucesivas.

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