26 jun. 2015

Unas copas de malbec, para entrever la luz, la fuerza y la franqueza de los Andes

Ayer compartí una botella de vino tinto malbec argentino y su sabor y aroma me hicieron entrever de nuevo con cierta ilusión la luz del viñedo privilegiado que crece al pie de la cordillera de los Andes. La calidad y la moda de los malbec argentinos han llevado a creer que el fruto de esta cepa francesa constituye un invento y una especialidad de aquel país austral. No es exactamente así, hay otros buenos malbecs en otras partes, pero Argentina ostenta sin lugar a dudas la mayor superficie plantada del mundo de esta variedad (30.000 hectáreas, sobre todo en la provincia de Mendoza) y a mi lo que me emociona es asociarlo con la luz, la fuerza y la franqueza de la cordillera de los Andes, que de vez en cuando extraño. La ciudad interior de Mendoza fue
fundada por los conquistadores españoles en 1561 en el piemonte fronterizo con Chile, una región árida que los indios huarpes ya habían convertido en oasis agrícolas gracias al sistema de regadío aprendido de los incas y los ríos de deshielo que descienden de la cordillera, en particular el río Mendoza.
Los colonizadores dominaron de modo expeditivo a las comunidades indígenas e impusieron una reorientación productiva: cereales y forraje para el ganado que exportaban a pie hacia Chile, vino y alcohol. La viña no existía en América. La llevaron los españoles, promovida en primera instancia por los curas que la precisaban para abastecerse de vino de misa y de paso robustecer la fe. 
Hoy Mendoza es la séptima provincia de Argentina por extensión (148.827 km2) y la quinta por población (1’7 millones de habitantes), a una distancia de 1.200 km de Buenos Aires. Junto con las provincias limítrofes de San Juan, San Luis y desde 1988 la Rioja argentina, forman la región geográfica e histórica del Cuyo, que en lengua huarpe significa “tierra arenisca” o “país de los desiertos”.
La vieja expresión de encontrarse "entre San Juan y Mendoza" indica andar un poco entonado. Da nombre asimismo a una cueca que se sigue cantando (y bailando), popularizada por Antonio Tormo, con letra de Hernán Videla Flores y música de Carlos Montbrún Ocampo.
La viña goza aquí de las favorables condiciones de un clima continental semiárido, con 300 días de sol anuales y un fecundo humus pedregoso para nutrir los viñedos de altitud que se encaraman a los flancos del macizo andino. La muralla de los Andes domina a todos los efectos este “desierto fecundo”, corta el paso al clima húmedo del Pacífico y genera el zonda, el viento seco local. Los súbitos cambios de temperatura entre capas atmosféricas de diferente altura provocan la maldición del granizo, contra la que algunos viñedos de pie alto se protegen con mallas. 
Centenares de bodegas producen en la región de Mendoza 220 millones de litros al año. Las dimensiones mendocinas concuerdan con la inmensidad del paisaje, con las magnitudes del Nuevo Mundo. Argentina es el octavo país más extenso del planeta. 
La red de familias españolas o mestizas dio pie desde finales del siglo XVII a la oligarquía local, reforzada por la independencia de 1816. La llegada a Mendoza en 1850 del agrónomo francés Michel Aimé Pouget introdujo variedades de cepas francesas como el malbec, el chardonnay (aquí llamado pinot blanco), cabernet-sauvignon, merlot, syrah, la española tempranillo, la italiana bonarda. 
La construcción del ferrocarril en 1885 y el inicio de la exportación internacional masiva de la producción argentina forzaron la especialización: carne y cereales en las extensas provincias de la pampa húmeda, viticultura a gran escala en Mendoza. 
Las necesidades de mano de obra se cubrieron con nueva inmigración española, italiana y en menor medida francesa. En 1910 el 77% de los propietarios de las principales bodegas de Mendoza eran extranjeros (44% italianos, 13,6% españoles, 6% franceses). El minifundio generó una clase media rural diferenciada de los grandes estancieros ganaderos o cerealeros de la pampa húmeda. 
En 1980 acometieron la reconversión neoliberal del modelo productivo. Consistía en arrancar las viñas viejas y plantar nuevas de pie alto, emparradas en espaldera, más expuestas al sol, adaptadas a les técnicas de control de irrigación y cosecha mecanizada. Argentina empezó a exportar vinos de calidad a escala respetable en 2000. En 2007 ya lo hacía por valor de 600 millones de dólares, con fuerte tendencia al alza. 
Nicolás Catena Zapata también arrancó les viñas viejas de la finca del abuelo originario de Italia. Aplicó las técnicas californianas del valle de Napa a las bodegas Catena de Agrelo (Mendoza), inauguradas en 2001 y consideradas entre las más modernas del mundo. El edificio central adopta la forma de una futurista pirámide maya, a la sombra del cerro más alto de América, el Aconcagua (6.900 metros). Se trata de uno de los últimos propietarios familiares de una gran empresa vinícola, conjuntamente con Bianchi y los Arizu de la bodega Luigi Biosca. El 75 % de las empresas argentinas de vinos de calidad se encuentran en manos extranjeras. 
Las cepas, las técnicas de vinificación y las redes comerciales se orientaron a la exportación de calidad a mercados de alto poder adquisitivo, es decir vender a menos compradores y cobrarles más caro. Una parte importante de los productores no dispusieron de los medios para reconvertirse, sustituidos por nuevos inversores internacionales en alianza con algunas empresas locales. Los pequeños o medianos de la Federación de Cooperativas Vitivinícolas Argentinas (Fecovita) hicieron el esfuerzo de comprar en 1989 las instalaciones de la empresa estatal Bodegas y Viñedos Giol, centrada en el vino a granel, que sigue siendo mayoritario en volumen y facturación, aunque menos rentable y de futuro más incierto. 
La desregulación o liberalización favorable a los capitales extranjeros de la época del presidente Carlos Menem (1989-1999) favoreció la compra de tierras y la inversión internacional directa. Lo llamaban “importación de bienes de capital con arancel cero”. Supuso una notable ampliación el viñedo de Mendoza, en particular en el alto piemonte del Valle del Uco, más aun tras de la devaluación de la moneda argentina en 2002. Flamantes hileras de viñas de cosecha mecanizada empezaron a convivir con viñas viejas que se degradan por falta de inversión. 
Comprar tierra en Argentina por parte de capitales extranjeros se convirtió en un negocio fácil. Los autores del libro Tierras S.A., crónicas de un país rematado, Andrés Kilpphan y Daniel Enz, lo resumen con la frase: “En Santiago del Estero y el Chaco la hectárea cuesta lo que vale una hamburguesa”. Añaden que con el equivalente del precio de un piso en cualquier ciudad europea se pueden adquirir en la pampa fértil de la provincia de Buenos Aires 200 hectáreas, en Mendoza 20 hectáreas de viñedo, en Catamarca 33.000 hectáreas áridas para a ganadería y olivos, en la Patagonia 17.500 hectáreas de pasto. Un estudio de la Federación Agraria Argentina citado en este libro apunta que el 10 % del territorio del país se halla en manos de propietarios extranjeros, que pudieron comprar 1’7 millones de hectáreas durante la década menemista. 
Uno de los primeros productores extranjeros en aprovechar la ganga fue Codorniu en 1999. Con una inversión de 14 millones de euros, compró 306 hectáreas en Agrelo (Mendoza) y construyó la nueva bodega Séptima, de 4.500 m2 edificados. Elabora en Agrelo el cava María de Codorniu y siete marcas de vino. Las tres cuartas partes de la producción se destinan a Estados Unidos y Canadá, aprovechando la gran disparidad entre el dólar y el peso. 
Freixenet se decidió en 2003, con una inversión de 2 millones de euros y la compra de 371 hectáreas en Tupungato (Mendoza), de donde procede su marca argentina de vino Viento Sur, también como trampolín hacia el mercado norteamericano. En 2001 llegaron los franceses, con una inversión de 50 millones de euros para comprar 850 hectáreas en la provincia de Mendoza y levantar la bodega Monteviejo, de 5.000 m2. 
Argentina se convirtió en el séptimo productor mundial de vino, más del 70% producido en la región de Mendoza. De 2002 a 2008 el 80% de las explotaciones vitivinícolas de la demarcación eran inferiores a 10 hectáreas, pero las mayores de 100 hectáreas aumentaron en un 28% durante aquel mismo período. La supervivencia de las fincas menores no se encuentra garantizada en el actual contexto, dado que el dinamismo inversor y la capacidad de innovación se concentra en las nuevas bodegas impulsadas por capitales frescos.
A pesar de todos los pesares, de vez en cuando comparto un malbec argentino, lo descorcho lentamente, lo huelo, lo beso, lo bebo con relativa moderación y entreveo de nuevo, "entre San Juan y Mendoza", la luz, la fuerza y la franqueza de los Andes, que es de lo que se trata.Y la conversación, claro está.

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