22 jul. 2015

Elogio de Josep Martinell, no solo por ser "el amigo de Josep Pla"

El Ayuntamiento y la Revista de Palafrugell acaban de dedicar el último número de su colección de cuadernos Galeria de Personatges al pintor y escritor Josep Martinell, que nos dejó en 2001, con una evocación biográfica documentada y escrita por Clara Creixell Cabeza. No fue tan solo “el amigo de Josep Pla". Dudo mucho que Josep Pla tuviese amigos, en el sentido generalmente admitido de la palabra. Sin embargo una de las personas que más se aproximó a tal condición durante la segunda mitad de su vida fue sin duda Martinell, a pesar de que su nombre no aparece prácticamente en la torrencial producción escrita planiana. Sobre la cantidad de horas compartidas
durante cuatro décadas entre ambos hombres solteros que siempre se trataron de usted, Martinell extrajo los libros Josep Pla vist de prop y, más adelante, la ampliación Josep Pla vist per un amic de Palafrugell.
Contienen una parte –solo una parte— del universo que le reveló el trato con el gran tipo. Otra parte se la guardó, por discreción y por una idea convencional de respecto hacia la figura del autor de El cuaderno gris.
Pese a todo Martinell dejó pistas estratégicas en sus escritos y en las conversaciones que mantenía con quienes quisimos acercarnos al perfil de ambos personajes para ir algo más allá de las convenciones de la imagen pública, que ellos situaban a prudente distancia de la realidad del día a día. El mundo de Josep Pla tiene momentos sublimes, pero nunca fue plácido ni transparente. El mundo de Josep Martinell, tampoco. 
Las apariciones de Martinell en las páginas de Pla son contadísimas, sin proporción con la cantidad de horas compartidas entre ambos durante cuatro décadas. Josep Martinell fue uno de los sujetos de la vida real de Josep Pla, no de su producción literaria. La desproporción de este silencio resulta igualmente acusada en otros casos, como el de sus parejas femeninas. 
Tras la muerte de Pla en 1981, las visitas al domicilio de Martinell --la misma casa con patio de la calle Girona nro. 55 donde nació el 14 de octubre de 1912— me permitieron apreciar en vivo el perfume y también las espinas del localismo ilustrado del gran escritor y de su último epígono directo, “uno de los últimos representantes del cinismo ilustrado palafrugellense”, como lo calificaba Jordi Pujol i Cofan con conocimiento de causa. Josep Pla y Josep Martinell envejecieron de manera distinta pese a proceder del mismo caldo de cultivo. 
La casa de Josep Martinell, junto a la terminal de autobuses de la empresa Sarfa de entonces, era amplia, con planta baja, dos pisos y un extenso jardín posterior que había sido huerto. Vivía con su hermana Carme, igualmente soltera. Él la cuidaba de la esquizofrenia, ella le ahorraba las labores domésticas y la soledad material.
Tenía allí el estudio de pintor y, durante largas épocas, también los utensilios de decorador de antigüedades destinadas a la proliferación de masías ampurdanesas restauradas por barceloneses acomodados como segunda residencia, las villas palladianas y los cottages de la metrópolis, reorientada hacia el glamur y el artificio. “Un buen anticuario tiene que haber pasado por la cárcel”, me repetía Martinell con el rictus de la sonrisa sarcástica mientras me exhibía los últimos baúles, escritorios o armarios del supuesto siglo XVIII que acababa de envejecer con líquidos corrosivos al sol y serena del jardín y pintar con motivos de época. 
La conversación con Martinell no gravitaba forzosamente alrededor de Josep Pla. Este era uno de los temas en que se explayaba menos. Andaba con pies de plomo, ligado a una idea de fidelidad, a un voto de discreción contraído con él y renovado con los herederos, quizás ligado también a un miedo de posguerra incrustado en los repliegues de la psicología. La conversación con Martinell abrazaba un abanico de curiosidades universales, aunque solía transitar por la literatura francesa y la crítica de la actualidad local, salvo los días en que salía por la tangente, por ejemplo con su inveterada inclinación por las sátiras del poeta latino Juvenal. 
En general le gustaba ponerse al corriente de la producción literaria francesa y de los potins de la vida local vistos por un observador más joven, auscultando el grado de acuerdo o desacuerdo conmigo. Las opiniones de Martinell eran con frecuencia imprevisibles y eso formaba parte importante del interés que encerraban. 
Josep Pla y Josep Martinell fueron presentados en 1947 en la tertulia de Cal Tinyoi, el establecimiento de la calle de la Tarongeta que admitía el horario de los noctámbulos. Excepto en la “diabólica manía de escribir”, Pla era un hombre inconstante en los demás terrenos, incluido el de las relaciones humanas. Siempre alternó la soledad con la necesidad de interlocutores hacia quienes sus sentimientos afloraban con intermitencias. A Josep Martinell no le molestaba. Admiraba al escritor y se puso a remolque de su disponibilidad de cada momento. 
En paralelo a la obra pictórica, toda la producción escrita de Martinell se ciñó al articulismo, un género capaz de producir piezas culminantes o bien banalidades, igual que cualquiera de los demás géneros. Sus dos libros sobre Josep Pla y el tercero recopilatorio Escrits d’ahir están formados por artículos previamente publicados en la prensa o bien, en menor medida, inéditos. A veces, muy raramente, hacía alguna incursión en la prosa más lírica en la serie La memòria trossejada. Notes del quadern groc, que publicó mensualmente en la Revista de Palafrugell de agosto de 1997 a febrero de 2001. 
Al final de su vida Martinell escribía: “Es cierto que soy un autodidacta, me faltó alguien que me pusiera al corriente de muchas cosas que me costó descubrir. La intuición siempre es previa al conocimiento, pero con intuición no basta. Es preciso alguien que te señale el camino para no andar del todo perdido. Pero la vida me ha pasado tan apresuradamente que he llegado a viejo sin saber del todo qué quería. Si es que en realidad quería algo concreto. Quería vivir, simplemente vivir. Y he vivido, a mi modo” (Revista de Palafrugell, setiembre de 1997). 
El cuaderno que acaba de dedicarle la colección palafrugellense Galeria de Personatges me ha llevado a recordarle vivamente y echarle de menos.

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