10 jul. 2015

La alta dignidad, insondable y muda, de Es Cucucuruc de Cadaqués

Un islote minúsculo adquiere importancia en la bahía de Cadaqués con la alta dignidad de los modestos, insondable y muda, primaria, jubilante  e indiscutible. El cónico escollo de Es Cucurucuc de S’Arenella actúa de vigía fijo, de anagrama del municipio. La puntiaguda pirámide rocosa es una seña de identidad de los cadaquesenses. El nombre deriva con probabilidad de la forma de capucha o cucurucho. El dicho local afirma con orgullo: “Quien no ha visto Es Cucurucuc ni sa Platja Confitera ni sa nena d’en Clapés, no ha visto nada de Cadaqués”. Contemplar Es Cucurucuc desde la orilla y escuchar las voces del mar me armoniza por un rato con la naturaleza, me procura la sensación física de contacto con la belleza (en cuyo interior caben la
armonía y el caos), me despierta un irrefrenable impulso de ternura, me aleja de los días heridos de indiferencia y sangre fría, me acerca a la ausencia de preocupaciones que los viejos griegos llamaban ataraxia.
Pongo en remojo alrededor de la silueta de Es Cucurucuc algunas ideas para que se flexibilicen un poco. En esos ratos contemplativos las palabras argumentales pesan poco frente a los hechos, situados en un punto fluctuante entre las ciencias cognitivas y la pura y dura biología. Callo, aunque abstinente no signifique abstemio. Hago turismo interior, busco a dentro. 
Es Cucurucuc atesora luces según el momento y el cariz del día, con la discrecionalidad o arbitrariedad de la vida. Se alza con una pureza de tono audaz, cargada en su resolución expresiva de matices e inflexiones exactas, tal vez con escasa beligerancia inventiva en el plano argumental, poco inclinada a los contrastes psicológicos subterráneos y libre de retorcimientos de espíritu, en su concreta y estricta belleza de melancolía reducida al mínimo indispensable. 
El venerable maestro Rafael Cabrisses, que enseñó solfa a muchos futuros músicos cadaquesenses y compuso grandes sardanas como la titulada "Cap de Creus" (letra de Joaquim Gay), todavía interpretada hoy con éxito, dirigió durante la década de los años 1920 la Cobla Cucurucuc, bautizada con el nombre del islote presidencial, casi urbano. Aparece asimismo en algunos cuadros de Dalí, como el cuerno de un rinoceronte emergiendo del agua. El pintor que ha convertido con mayor frecuencia Es Cucurucuc en hilo conductor de su pintura es el japonés residente Shigeyoshi Koyama, intérprete silencioso de la tonalidad que estas rocas confieren a la insularidad de Cadaqués. 
Los incontables reflejos de la negrura de la pizarra se encarnan de manera viva y fértil en cualquier retina que lo mire con ojos ávidos y abiertos a la extraña atracción, desprovistos de toda prevención y amarra, “desnudos como los ídolos que me he negado a adorar”. 
Al poeta Carles Riba sus mecenas le obsequiaron con una casita de veraneo en Cadaqués. Y él, en el poema “Vaig entrar a la llum marina”, escribió:

Las estrellas, desnudas como los ídolos
que me he negado a adorar:
el bosque de la isla más alta
me las ha cubierto sin engaño;
ahí he hallado la inocencia
como si me durmiese del mar.

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