26 jul. 2015

La calidad de los tomates, considerada como una estructura de Estado

Los numerosos amantes de las discusiones inútiles y la frondosidad verbal dudan de si el tomate es la hortaliza más consumida en el mundo de hoy en lugar de la patata. Discuten si se trata de una fruta destronada, una hortaliza huérfana o una verdura paròdica. Los botánicos aclaran, desde el punto de vista científico, que el tomate es una fruta, dado que contiene semillas y no es ninguna hoja, tallo o raíz como las verduras. Sea como sea, el tomate era completamente desconocido aquí antes de la colonización de América, su nombre deriva de la lengua azteca y significaba fruta hinchada. La implantación en Europa fue lenta, sin adquirir protagonismo hasta el siglo XIX. Hoy se comercializan centenares de variedades, que en general son cada vez más insípidas y manipuladas. “Los peores tomates del mundo” se titulaba el magnífico artículo que el periodista y novelista gerundense Rafael Nadal dedicó a este tema el 24 de agosto de 2012 dentro de su sección de crónica política de actualidad en las páginas de Opinión del diario La Vanguardia. Puesto que además de periodista y novelista también ejerce de hortelano amateur, escribía: “En ningún otro país mediterráneo se comen unos
tomates tan infames. Es el primer fracaso de una cadena que en otros países han convertido en plataforma alimentaria activísima. A veces parece que cuanto más hablamos de Catalunya, menos valoramos sus cosas. Algunos sostienen que el alma se mide por estas cosas pequeñas. Debe ser por eso que últimamente tengo la sensación de que, a pesar de las grandes proclamas, Catalunya no cesa de retroceder en su consolidación como país”.
He pedido en repetidas ocasiones a Rafael Nadal, sin éxito, que dedique más a menudo sus crónicas de actualidad política a las auténticas estructuras de Estado que son esas cosas supuestamente pequeñas, por ejemplo la calidad alarmante de los tomates que hoy se comercializan, birrias de fingimiento, subterfugio y flaqueza, con honrosas excepciones artesanales que deben buscarse con un impulso de vitalismo, mucha dedicación sensorial, osadía casi dionisíaca, juicio despierto y sensualidad humilde pero literal hasta rozar el prodigio (la foto adjunta la he tomado en el mercado de Palafrugell). Rafael Nadal no me ha hecho mucho caso, la calidad general de los tomates sigue cayendo en picado, inconsolable.
En otra ocasión, siempre en régimen de excepción declinante, el periodista y novelista gerundense dedicó otro de los artículos de la crónica política que publica en el citado diario a una proclama personal titulada “¡Indulten a los agaves!”, con el punto de exclamación arrebatado tan poco frecuente en diarios conservadores cuando tratan algunos temas esenciales. Rafael Nadal reclamaba la repoblación urgente de agaves y chumberas, que ahora la administración pública arranca, consideradas como especies extranjeras, nocivas, políticamente incorrectas: “Las Gavarres todavía están repletas de árboles desgajados por la nevada del año pasado. Resulta algo desconcertante: ha habido dinero para arrancar los agaves de Cap de Creus y el bálsamo de la isla de Port Lligat y para matar las acacias de la Font del Ferro del Valle de Sant Daniel, en Girona, pero no lo hay per limpiar los bosques de las Gavarres y proteger del fuego a uno de los nervios centrales del paisaje de Catalunya”. 
A mi entender, la crónica política de actualidad es primordialmente esa.

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