17 jul. 2015

La decadència incomprensible, aunque visible, de las galerías Maldá

Estos días se ha hablado de nuevo en las páginas de los diarios de la decadencia incomprensible, aunque visible, de las galerías Maldá, situadas en la zona comercial más concurrida de toda Barcelona. Dicen que los propietarios del complejo dejan morir el alquiler de las tiendas, a la espera de una colosal oferta en bloque de alguna gran cadena por el conjunto del espacio. Siempre me ha llamado la atención el destino de les galerías Maldá, quizás porque mi madre nació enfrente, en la casa esquinera de la calle del Pi con la calle de la Palla, donde mis abuelos se hallaban de alquiler, frente al palacio de los barones de Maldà. Ella siempre me dijo que la cigueña se equivocó de casa en el último momento, vistos sus gustos aristocràticos insatisfechos.
Cuando de pequeño pasábamos ante el palacio de los Maldá, lo evocaba con aspavientos que me desconcertaban. Yo solamente veía unas galerías comerciales, sin rastro aparente del edificio noble al que ella aludía con insistencia. En realidad el edificio estaba y sigue estando en las plantas superiores, encubierto de cara a la calle por la promoción inmobiliaria de las pioneras galerías comerciales. 
La venta por el barón de Maldá del jardín interior de su casa permitió abrir las galerías en 1942, con varias entradas y salidas en la plaza del Pi, la calle del Pi y de la Portaferrissa. A escasa distancia, el jardín del palacio Moja de los marqueses de Comillas, asomado a la Rambla, ya fue convertido en grandes almacenes Sepu en 1935. Algunos nobles y sus descendientes descubrieron pronto la rentabilidad de la propiedad urbana parcelada. 
Cuando de joven asistía a las proyecciones del cine Maldá, inaugurado en diciembre de 1945 con La quimera del oro de Charles Chaplin, tampoco podía figurarme que aquella moderna sala se encontraba incrustada en el histórico salón del primer piso del palacio del barón. Tan solo con el paso de los años pude visualizarlo, a raíz de la apertura al público en 1999 entre las mismas paredes de un pequeño café-teatro, habilitado por el barón de Maldá para actuar con su cuarteto de boleros y rancheras. La iniciativa adoptó un cariz historicista, manteniendo los principales elementos estructurales y decorativos del antiguo dormitorio, la alcoba y saloncito de la baronesa. 
Desde los años 1950 el barón de Maldá, Alfonso de Vilallonga y Cabeza de Vaca, tocaba la guitarra y cantaba canciones latinas, sobre todo del repertorio del Trío Calaveras mexicano, con el Trío Son que formó con su esposa Concha Serra Ramoneda y Antonio de Rentería. En algunas ocasiones actuaban en público, pero en esos casos el barón siempre se negaba a cobrar. 
Posteriormente el grupo se llamó El Círculo. Incorporó al diseñador Miquel Milá y Sagnier y a la barcelonesa de origen noruego Ana Cristina Werring. El cuarteto editó en 1997 el CD “Una noche en el Círculo Maldá” en el sello barcelonés Pequeñas Cosas, financiado por Joan Manuel Serrat, con repertorio de rancheras y algunas canciones francesas. 
La evolución de usos del palacio del barón de Maldá en la calle del Pi, siempre en posesión de la misma familia en el registro de la propiedad, ha sido un fiel reflejo de la sociología de cada época. El actual barón de Maldá es desde 1998 por transmisión hereditaria Alfonso de Vilallonga y Serra, compositor y cantante de cabaret. A diferencia de sus padres, reside de nuevo en el palacio de Maldá. 
En el mismo caserón vivió el barón de Maldá más famoso de todos, Rafael de Amat de Cortada y de Sant Just (1746-1819), conocido como autor del dietario Calaix de sastre. Lo escribió a lo largo de 50 años en 71 volúmenes manuscritos y 26.000 páginas, redactadas con una regularidad envidiable de rentista sin responsabilidades. 
La importancia de su figura dentro de las letras catalanas del siglo XVIII se debe más a la cantidad de información de detalle que proporciona sobre el día a día de la Barcelona del momento que a la escasa calidad literaria. Joan Fuster apuntó: “Un mamotreto tan importante como son las redacciones del barón de Maldá solo revela que el barón de Maldá era tonto”. Y añadió: “No toda la clase dominante del Principado de la época era tan imbécil como Maldá” (Joan Fuster: Serra d’Or, desembre del 1978). Sea como sea, su Calaix de sastre ha sido copiosamente editado, estudiado, conocido y utilizado. 
Al margen de consideraciones estilísticas sobre su rococó literario, el dietario demuestra el estado vivaz y al mismo tiempo maltratado de la lengua catalana después de tres siglos de abandono, durante los que se siguió escribiendo en catalán pese a que la única lengua culta y oficial fuese el castellano. Cuando en 1792 apareció el Diario de Barcelona, decano de la prensa continental europea, el barón de Maldá pudo afirmar con razón que a partir de aquel momento ya serían dos en escribir diarios... 
El linaje del barón de Maldá procedía de su abuelo José de Amat de Planella y Despalau, primer marqués de Castellbell, participante en la defensa de Barcelona de 1697, fundador de la Academia de los Desconfiados en 1700 y partidario de Felipe V de Borbón en la Guerra de Sucesión. Este último hecho le valió el título nobiliario que estrenó en 1702, uno de los primeros concedidos por Felipe V a catalanes afectos a su causa centralizadora. La nobleza catalana siempre ha sido por definición una clase muy castellanizada y monárquica ferviente. 
Al producirse el levantamiento en favor del archiduque Carlos, el primer marqués de Castellbell tuvo que huir a la localidad de Vacarisses, donde nacieron los primeros de sus ocho hijos: José de Amat y de Junyent y Manuel de Amat y de Junyent, segundón y por lo tanto introducido en la carrera militar. Llegó a virrey del Perú, dio nombre a un barrio actual y a una estación de metro de Barcelona, al Palacio de la Virreina de la Rambla y a la Plaza de la Virreina de Gracia. 
El futuro barón de Maldá y autor de Calaix de sastre era hijo del cuarto hermano, Antonio de Amat y de Junyent. Al finalizar la Guerra de Sucesión en 1714, la familia regresó a Barcelona, donde al año siguiente murió el marqués de Castellbell. Su primer hijo cumplió el papel de heredero y transmisor del patrimonio material y honorífico de la familia, e hizo doce hijos a su esposa. El cuarto, Antonio de Amat y de Junyent, se retiró del ejército con el grado de coronel de dragones para casarse con la rica heredera de la casa de Can Cortada de Esplugues de Llobregat, María Teresa de Cortada y de Sant Just, con lo cual no necesitó trabajar nunca más. 
María Teresa de Cortada era hija de Jaume de Cortada, alguacil mayor de la Real Audiencia del Principado y primer barón de Maldá y de Maldanell. El matrimonio duró once años, hasta la muerte de María Teresa en 1756, y tuvo cinco hijos. El primero, Rafael de Amat y de Cortada, contaba apenas diez años al heredar a la muerte de su madre el título de barón de Maldá. 
Diez años más tarde se casó con su prima hermana María Esperanza de Amat y de Rocabertí, hija menor de su tío y segundo marqués de Castellbell, José de Amat y de Junyent, dentro de la política tradicional de enlaces consanguíneos destinados a favorecer la concentración del patrimonio y evitar la irrupción de elementos procedentes de capas sociales inferiores. 
Otro tío y hermano segundón sin herencia del marqués, Manuel de Amat y de Junyent, también se dedicó a la carrera militar, pero con más perseverancia o más necesidad. Primero como alférez del regimiento de Barcelona, acto seguido destinado a África, Nápoles y Ciudad Rodrigo, antes de mandar el regimiento de Dragones de Mallorca y ser promovido en 1754 a mariscal de campo, a sus 47 años. La promoción comportaba un nuevo destino de presidente de la Real Audiencia de Chile, aumentada en 1761 con el cargo de virrey del Perú. Tras los primeros ocho años a que estaba limitado el mandato de virrey colonial, se vio confirmado para un segundo, hasta 1777. 
El primer virrey catalán en la capital del pujante virreinato español del Perú había sido anteriormente Manuel de Oms y Santa Pau, marqués de Castelldosrius, enviado por Felipe V de 1705 a 1710. El segundo, Manuel de Amat y de Junyent, fue nombrado por el rey ilustrado Carlos III y protagonizó numerosas obras de modernización. En Lima el ya septuagenario virrey Amat, que hoy da nombre a un barrio de Barcelona, mantuvo una abierta relación y tuvo un hijo reconocido con la joven y atractiva actriz limeña Micaela Vargas Hurtado, conocida por la Perrichola, apelativo despectivo de “perra chola” impuesto por las damas decentes. La Perrichola fue inmortalizada en varias obras literarias, musicales y cinematográficas. 
De regreso a Barcelona sin ella, el virrey Amat se casó en 1778, a los 78 años, con la joven sobrina hacendada de 21 años y novicia del convento de la calle de Jonqueres María Francisca Fiviller y de Bru, a quien dedicó en la Rambla el nuevo Palacio de la Virreina que mandó construir con las rentas coloniales. Su residencia de verano en la villa de Gracia daría pie a la actual Plaza de la Virreina. 
Según uno de sus biógrafos más recientes, Héctor Oliva: “El palacio de la Virreina de Barcelona fue construido con el dinero de las corruptelas, las martingalas y las trampas de uno de los virreyes más chorizos de la historia de América. Es posible que ni siquiera un bloque de piedra de la fachada, el patio o los pisos nobles del palacio se financiase con dinero ganado de buena fe. Las operaciones turbias del virrey se agravaron más aun al comprar tres años más tarde una nueva propiedad en la villa de Gracia y una tercera en la calle de San Mateo de Madrid” (Héctor Oliva: Passatges a Amèrica. La vida desmesurada de cinc catalans a Ultramar. Ed. La Magrana 2007). 
El virrey Amat, tío del barón de Maldá, no ha pasado a la historia por las frías alusiones que le dedica el sobrino en el Calaix de sastre. Ha pasado mucho más por la narración La Carrosse du Sant-Sacrement, publicada en 1830 por Prosper Merimée. El escritor francés de leyendas hispanas (autor asimismo del relato sobre la fogosa cigarrera sevillana Carmen, convertida en ópera por Georges Bizet) relata que en Lima la conocida actriz Micaela Vargas regresaba una noche del teatro a su casa, con una ostentosa carroza de mantenida de lujo del virrey, cuando vio pasar a pie al humilde rector de la parroquia limeña de San Lázaro llevando el cáliz con la eucaristía para administrar el viático a un moribundo. Ofreció al cura subir al carruaje para aliviar su trayecto, pero al mismo tiempo se sintió indigna de sentarse junto a la representación divina. Arrepentida, avergonzada y redimida, la Perrichola prosiguió el trayecto a pie y al día siguiente ofreció la carroza que había transportado a la eucaristía a la parroquia de San Lázaro. 
Esta narración inspiró en 1868 al músico Jacques Offenbach la opereta La Perichole, así como en 1952 a Jean Renoir la película La carrosse d'or (protagonizada por Anna Magnani) y en 1927 la novela del norteamericano Thorton Wilder El puente de San Luis Rey (premio Pulitzer de 1928), llevada nuevamente al cine en 2004 con Robert de Niro como protagonista y Pilar López de Ayala en el papel de la Perrichola. 
La misma carroza volvió inspirar un capítulo de las memorias del escritor José Luis de Vilallonga, marqués de Castellbell y hermano del barón de Maldá. Relató con detalle cómo perdió la virginidad durante una fiesta social, a manos de una fogosa invitada de sus padres, entre las paredes discretas del histórico carruaje conservado en su casa, unas paredes tan balanceantes que le hicieron vomitar sobre la pareja (José Luis de Vilallonga: La cruda y tierna verdad. Memorias no autorizadas 1. Ed. Plaza y Janés 2000). 
Poca gente debe relacionar al barón de Maldá con José Luis de Vilallonga, aunque lo estuviesen por vía directa. El escritor utilizó este título nobiliario en algunas ocasiones, cuando el padre ostentaba el más importante de marqués de Castellbell, que acabaría recayendo en él en 1979 como primogénito. Durante sus largos años de residencia en el extranjero como play-boy, novelista y actor de cine, José Luis de Vilallonga se vio tildado en alguna ocasión de “Glande de España” por el título nobiliario que poseía con grandeza de España y por otros motivos. 
Dentro de los cuatro títulos nobiliarios en posesión de la familia, el de barón de Maldá y de Maldanell correspondió finalmente al hermano segundo, Alfonso de Vilallonga y Cabeza de Vaca. A su muerte recayó en su hijo primero, el músico y cantante de cabaret Alfonso de Vilallonga y Serra. 
La família Vilallonga siempre vivió en el palacio Maldà de la calle del Pi número 5. Tras la Guerra Civil, durante la que el palacio fue incautado y sufrió destrozos, se instalaron en la casa Falguera que el marqués poseía en Sant Feliu de Llobregat, antigua residencia de verano de su madre. El caserón, edificado el siglo XVII en estilo italiano, estaba rodeado de amplios jardines hasta el río. La família fue vendiendo partes de la finca al sector inmobiliario para la construcción de los pisos circundantes. 
Los Vilallonga pasaban el invierno al palacio barcelonés del barón de Malda de la calle del Pi, la primera parte de la primavera en su propiedad de la casa Cortada de Esplugues de Llobregat, la segunda parte de la primavera en la casa Planella de Castellterçol y el verano en la casa Falguera de Sant Feliu de Llobregat, hasta que esta última pasó a ser la de todo el año. La casa Falguera fue la residencia fija de la marquesa consorte de Castellbell hasta su muerte, cuando todavía disponía de dieciséis personas de servicio. A continuación los tres hijos la vendieron al ayuntamiento de Sant Feliu de Llobregat. 
A la muerte de Alfonso de Vilallonga y Cabeza de Vaca, el título de barón de Maldà (más exactamente barón de Maldá y de Maldanell, según el nombre completo), así como el de barón de Segur, recayó en 1998 en su primogénito, el músico y cantante Alfonso de Vilallonga y Serra, nacido en Barcelona en 1960.
El actual barón de Maldá reside de nuevo en el palacio Maldá de su propiedad (compartida con los otros tres hermanos y su tía María Antonia) en la calle del Pi. Las galerías comerciales construidas en 1942 en el antiguo jardín salen de vez en cuando en los diarios por su incomprensible, aunque visible, decadencia.





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