21 jul. 2015

La envidiable sencillez aparente de Simenon, el belga que no quiso ser francés

La editorial barcelonesa Acantilado acaba de poner en las librerías con un “ligero” retraso de sesenta años la primera traducción al castellano de las memorias de infancia que Georges Simenon publicó en francés en 1957 bajo el título Pedigrí. Seamos positivos, el tiempo transcurrido entre la edición original y la traducción debe indicar la prodigiosa vigencia de un autor que supera con creces el encasillado de novela policíaca al que algunos quisieran limitarlo. El escritor en lengua francesa más divulgado en todo el mundo (500 millones de ejemplares vendidos de 500 títulos distintos) no es
francés, sino belga. No quiso nunca abandonar la nacionalidad y naturalizarse francés, pese a que vivía en Francia desde los 18 años, antes de hacerlo en Estados Unidos durante una década y en Suiza los 25 últimos años.
Declaraba Simenon: “No todo el mundo tiene la suerte de haber nacido en Liechtenstein o en Mónaco; entonces prefiero ser belga, faute de mieux (a falta de nada mejor), porque no significa nada”. Así sentenció en pocas palabras la gran virtud de ese pequeño Estado-tampón, nacido apenas en 1830 con una mitad de habitantes que forman parte histórica y lingüística del país vecino del sur latino y otra mitad que derivan del país vecino del norte germánico.
Lo lograron sin grandes ilusiones, con una especie de ascesis nacional que resigue el perfil de la realidad, luchando contra los clichés y énfasis de algunos vecinos de gran tamaño, en su grandeza. En Francia se burlan de que en francés de Bélgica digan “setenta” y “noventa”, en vez de “setenta-diez” y “ochenta-diez”, que consideran la única manera inteligente. 
Del supuesto “malestar belga” el flamenco Hugo Claus extrajo el título de su libro más leído, La pena de Bélgica, una novela “provinciana y universal” de 700 páginas sin cesar de reirse. Y manifestó con motivo de la aparición del libro en castellano: "La pena de Bélgica está ligada a la noción de no existencia. Porque Bélgica no existe. Tan solo sobre el papel, desde 1830, cuando ingleses, alemanes y franceses la crearon como territorio neutro. Estamos acostumbrados a sobrevivir. Deriva de ello una forma de ser especial”. 
El país ha producido otras figuras de la talla de Maurice Maeterlinck, Henri Michaux, René Magritte, Paul Delvaux, Marguerite Yourcenar, Django Reinhardt, Claude Lévi-Strauss, Maurice Béjart, José Van Dam, Hergé o Folon. También es cierto que la mayoría de ellos lo abandonaron a la primera ocasión. El belga Jacques Brel clamaba: "El hecho de ser belga no se explica. Es como las fresas. ¡Explíqueme las fresas! No son un melón, simplemente. Belga? Bélgica es una noción geográfica”. 
Los belgas han alcanzado antes que nadie una cierta pureza del vacío, la ataraxia del llano país en aquella llanura afótica del alma. El aire conmiserativo con que se suele considerar a Bèlgica por su infortunado clima atlántico, por la corta y tortuosa historia o el encajonamiento entre países de imagen más agraciada, esconde en realidad la envidia que provoca su confort utilitario, desprovisto de la losa de las grandes potencias y los grandes designios. Todo allí es simple, aparentemente, como en la literatura de Simenon. 
Pertenecer a un país que no representa nada en especial puede llegar a constituir el estadio supremo de la condición de ciudadano libre, la soñada ingravidez del Estado como pura entidad administrativa. Aquel país convierte la imagen llana, el carácter llano, en una comodidad. La persistente sensación de extrañeza ante muchas manifestaciones del carácter belga tan solo aparece cuando no se entiende el valor del perfil, el despojamiento del esquema desprovisto de elevaciones y presunciones dictadas por el deslumbramiento de la complejidad. Como en la gran obra balzaquiana de Simenon. 
Lo mismo ocurre con su condición originaria de periodista. Debutó a los 16 años en La Gazette de Lieja, su ciudad natal, tildada de capital de la francofonía por ser el municipo de mayores dimensiones del área walona del país. En Lieja escribió asimismo el primero de sus 500 títulos, la novela Le pont des Arches, antes de poder soñar con que su literatura fuese traducida a un sinfín de idiomas y vendiese 500 millones de ejemplares, cifra que alcanzaba ya a su muerte en 1989.
Como aprendiz imberbe en el diario de Lieja, redactó desde el principio toda clase de artículos y reportajes cotidianos. En adelante escribió siempre a velocidad periodística. Tal vez no fue más que un gran reportero de la sociedad de su tiempo y de sí mismo, agazapado un poco en cada novela. 
Para Simenon la definición de periodista era tajante y definitiva. La expresó con palabras a las que yo mismo no pude dejar de suscribir cuando ejercía el oficio en su país natal o incluso mucho después: “Un periodista es un hombre capaz de practicar una vida solitaria entre la multitud sin sucumbir a su sugestión, un hombre que tiene el coraje de asistir a aburridos vodeviles y dramas en veinte cuadros, un hombre conocedor de la ciencia de dar con un elogio relativamente honesto para cada uno de los histriones ricos de todas las artes, un hombre que se mantiene despierto en los mitines políticos, un hombre que conoce la lengua de los poetas y la de los tahúres, que se sienta del mismo modo en la mesa cubierta de flores como en la que tambalea, un hombre que por encima de todo escribe una o dos columnas sobre un tema del que ignora hasta la primera palabra”. 
Todo en Simenon fue siempre directo, apabullante en su aparente, solo aparente sencillez.

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