9 ago. 2015

Algunas últimas cafeterías, vistas como auténticas basílicas

Hace pocos días ha cerrado las puertas un relicario como era el gran Café Comercial de Madrid. La noticia no ha provocado emociones conmovidas, más que nada por acostumbrada. Las grandes cafeterías clásicas de Barcelona y muchas otras ciudades europeas cerraron hace tiempo. Todos los réquiems y lamentos ya fueron escritos en su momento, sobre todo por el papel que jugaban en otra época de centros de reunión y sociabilidad. Ahora hay muchísimos bares en todas partes y pocas cafeterías. Que haya pocas no significa que no subsistan algunas, incluso a veces con una vitalidad que roza la plenitud. Cada uno debe tener presente su excepción propia y predilecta. A mi el cierre del Café Comercial madrileño me ha llevado a pensar
en el nervio y vigor que sigue presentando el Caffè dei Constanti en el centro de Arezzo, en la Toscana italiana, abierto en 1804 y reformado en 2007 con un respeto poco frecuente por la decoración original: grandes salas de espejos murales, pavimento de mosaico, bancadas de cuero y arcos ribeteados de mármol. Hoy es un punto de encuentro de autóctonos y visitantes. Su terraza constituye el atrio de facto de la basílica de San Francisco, visitadísima por el ciclo de pinturas murales realizadas al fresco por Piero della Francesca durante el siglo XV, el rutilante Quattrocento renacentista toscano.
La visita pública de las pinturas se ve sometida a unos horarios grupales y unas condiciones visuales que no facilitan el grado de emoción que desprenden. Esa emoción, en cambio, se reencuentra con toda inmediatez en la terraza o el interior del Caffè dei Constanti, situado justo enfrente. También se puede almorzar o cenar, así como probar su acreditada pastelería y heladería. El encanto, la vivacidad humana y el confort del establecimiento lo han acabado convirtiendo a mis ojos en la auténtica basílica donde entender, amar y recordar la contemplación de los frescos de Piero della Francesca. 
Algunas de las cosas que escribía Josep Pla sobre Arezzo --sobre el mundo entero-- son hoy perfectamente obsoletas, caducadas. Sin embargo su avidez perceptiva despierta una atracción de lectura bien vigente. En el volumen Les escales de Llevant, escribía: “Siempre con el Vasari bajo el brazo, hemos acudido a Arezzo. Arezzo es la patria --como quien no dice nada-- del Petrarca y de Pietro Aretino. Es una gran población agrícola, de un aire campesino muy acusado, la auténtica capital de la baja Toscana. Celebra dos grandes mercados semanales y varias importantes ferias en las que el volumen del negocio es considerable. Es la población italiana en que se come la mejor carne. El arrosto di vitello es aquí inolvidable. En las posadas, cafés y trattorie hay siempre un gran movimiento de marchantes de ganado con aquella pizca de estiércol de cuadra que el oficio pone en las fuertes suelas de los zapatos de los marchantes. La gente es muy animada, habla con jocundidad, aspirando las haches. En verano –hace mucho calor-- la vida es agradable. Al atardecer, en los cafés, hay música sentimental. Los helados, en las terrazas, son sabrosos. Las señoras tienen una vivacidad plena, una fascinación picante. Hay un gran paseo de plátanos donde, por la noche, los aretinos dicen a las aretinas palabras dulces y murmuraciones suaves. Al final hay un monumento al Padre de la Patria. Las vacas y terneros mugen un poco más allá...”. 
No habla del Cafè dei Constanti, seguramente porque no se puede hablar de todo. O quizás también para dejar algún aspecto disponible a la libertad de elección temática de quienes acudimos después de él.

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