10 sept. 2015

A veces el culo del mundo es, más bien, el ombligo del mundo


Ayer fui a comer al restaurante El cul del món y me pareció más bien el ombligo del mundo, por la situación privilegiada en el valle de Sant Daniel de las afueras de Girona, por la amable disposición externa e interna del establecimiento habilitado en una vieja casa restaurada y por el suculento menú a un precio razonable. La foto adjunta la tomó Quim Curbet. Fui a pie, porque el valle de Sant Daniel representa una privilegiada reserva natural de la ciudad, a un cuarto de hora de camino de la plaza de la Lleona, bajo el campanario de Sant Félix. El paseo permite recorrer el umbrío valle del río Galligants, que siempre representó el inicio del camino hacia Madremanya y La Bisbal, hacia el Empordá a través del macizo de las Gavarres. Pasé por el monasterio de Sant Daniel, orgulloso del claustro restaurado en 2013 a raíz del milenario de la fundación del convento. La monja de la portería me comunicó que estaba cerrado por no sé qué razón. Se trata del único monasterio benedictino femenino de Catalunya, junto con el de Sant Pere de les Puel.les de Barcelona, que ha persistido desde la época medieval en el mismo solar donde fue fundado el siglo XI. A la entrada me entretuve en descifrar la pequeña placa que recuerda que fue creado por Ermesenda de Carcasona, la primogénita del conde de
Carcasona casada el año 991 con el conde de Barcelona, Girona y Osona, Ramón Borrell, dentro de la política de alianzas transpirenaicas que acabó miserablemente a raíz de la derrota en la batalla de Muret contra el rey de Francia.
El restaurante El cul del món se encuentra junto a uno de los viejos puentes de piedra que cabalga sobre el río Galligants, en un cruce rodeado de bosques y sembrados. Su terraza, en esta época, es de una hospitalidad inmejorable. La elección del nombre del establecimiento resulta ser un misterio total, dada su situación tan próxima, a pocos minutos a pie o en coche del Barri Vell de Girona. 
Aunque sea infundado, el nombre me gusta especialmente. Tiene el mérito de usar con buen gusto una palabra proscrita con demasiada frecuencia por el puritanismo. Soy autor de un libro titulado El cul de Napoleó o la revelació de Milà (Edicions 62, any 2000), en que expongo la fascinación ejercida por la capital lombarda a partir del detonante del culo en bronce del desnudo alegórico de Napoleón, esculpido por el célebre Antonio Canova en el centro del patio del palacio de Brera. Es la demostración más lograda de la belleza de esta región anatómica, la prueba de su protagonismo en nuestras vidas sentimentales, nuestros impulsos estéticos y algunos otros. 
Acertar la representación de las líneas rectas constituye a menudo una cuestión de dominio de la técnica, una habilidad de tiralíneas. En cambio acertar las mejores representaciones de la curva solo se encuentra al alcance de la geografía de algunas bahías, de la simplicidad del contorno de una almendra o bien de algunos --pocos-- culos humanos torneados por la insolencia de la naturaleza o modelados en bronce por algún artista en estado de gracia. 
Los dos metros de altura de la peana que sostiene al Napoleón desnudo de Canova en Milán favorece una contemplación inusual, desde una posición del observador ligeramente inferior, la cual permite valorar el porte exactísimo de las nalgas, la tensión de una redondez muscular marcada en tantas otras ocasiones por la consistencia adiposa o por la visualización des de ángulos más incómodos por demasiado alejados o bien demasiado cercanos, huidizos o mediatizados. 
La versión en mármol de la misma estatua se encuentra en la Apsley House de Londres, residencia del duque de Wellington, y también acudí a contemplarla con insistencia a cada viaje por el mismo motivo. Sin embargo el hecho de estar emplazada en el ojo de la escalera, de espaldas a la pared, hace imposible apreciar el protagonismo posterior como en Milán. 
Las idealizaciones alegóricas como ese apolíneo desnudo de Napoleón --personaje que como es sabido no tenía nada de apolíneo en la realidad-- son una constante en el arte y en la vida. No son un espejismo. A veces dan un excelente resultado material. Las idealizaciones a veces se encarnan. El único peligro es no discernir una cosa de la otra, el ideal de su eventual encarnación. Pero aun es más peligroso --y más tedioso-- no tener ideales de referencia para poder cazarlos al vuelo si, por una casualidad, pasan cerca en la vida de cada día. 
Aquel culo de Napoleón tiene de ideal su acierto real. No el del chaparro emperador, sino el del escultor Antonio Canova y del observador de hoy que extrae una idea práctica, una referencia aplicable. Una alegoría no es una mentira, sino un incentivo con algún fundamento. Un ideal no es una voluta de humo, es un modelo afortunado. Una referencia no es una invención, sino una pista. Y un culo como aquel –también como algunos otros-- es la parte más agraciada de un estado de gracia. Entre Napoleón, Canova y yo hemos acabado entretejiendo una deuda. 
Probablemente mi actitud contraviene los cánones interpretativos de la estética académica sobre el desnudo anatómico, de Descartes y Kant hasta lord Keneth Clark, su replicante feminista Lynda Neal o la revisión postmoderna de lo sublime por parte de Jean-François Lyotard. Todas las interpretaciones académicas de la pulsión artística del desnudo me dejan indiferente, lo confieso. He leído a esos autores con paciencia. Me han interesado poco. Me lo miro de otro modo. 
Ayer en el umbrío valle de Sant Daniel gerundense comprobé de nuevo, con satisfacción y sorpresa, que el culo del mundo a veces es el ombligo del mundo.

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